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domingo, 26 de diciembre de 2010

La familia escuela de humanismo y semillero de santidad a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret


Eclesiástico, 3, 2-6.12-14;

Sal. 127;

Col. 3, 12-21;

Mt. 2, 13-15.19-23

‘Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’. Así escuchábamos ayer en el evangelio. Así lo encontrarán los Magos de Oriente, como escucharemos en unos días. Y en el evangelio hemos escuchado hoy que nos habla de aquella sagrada familia de José, María y Jesús con sus dificultades que le harán emigrar a Egipto y luego finalmente establecerse en Nazaret.

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. En medio de este ambiente navideño que por otra parte tiene también tan hermosas resonancias familiares, la liturgia nos invita en este primer domingo después de la celebración del Nacimiento del Señor a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, imagen en quien mirarse y modelo que imitar para todas nuestras familias.

El Dios amor no podía encontrar mejor realidad humana a la hora de encarnarse y hacerse presente en medio de nosotros para nuestra salvación que la familia. Cuna de amor donde se hace realidad viva esas variadas situaciones de nuestro amor humano. ‘Una realidad con los cuatro rostros del amor humano: paternidad, filiación, hermandad y nupcialidad’ (Puebla 1979).

En la familia llega a la más hermosa plenitud el amor matrimonial y esponsal de un hombre y una mujer que forman matrimonio; en la familia se vive con toda intensidad todo lo que es el amor de una paternidad y una maternidad en esa donación de amor tan hermosa que hacen los padres para con sus hijos; y es en la familia donde se vive esa hermosa relación filial que ya no es solo recibir amor sino también ofrenda de amor de unos hijos para con sus padres; y es también en la familia donde se tiene la rica experiencia de esa hermosisima relación fraternal del amor de los hermanos que caminan juntos, que crecen y maduran juntos alimentados en el amor de los padres, y donde se aprenderá todo el sentido del amor al otro para vivir siempre en esa donación de si a favor de los demás. Es por eso por lo que decimos también que ‘la familia es la célula primera y vital de la sociedad y la primera escuela de virtudes sociales’, como nos enseña el concilio Vaticano II.

La familia, pues, escuela de la más rica y hermosa humanidad, como el mejor caldo de cultivo para la realización de sí mismo y el mejor semillero de un crecimiento espiritual. ‘Escuela del más rico humanismo’, que nos dice la Gaudium et spes del Concilio. En la familia no vivimos unas relaciones interesadas ni nuestro trato desde un mercantilismo del doy para que me des o me das para que yo te dé. No son las cosas materiales las que nos unen, sino son otros lazos más íntimos y sutiles nacidos del amor más puro los que crean y mantienen esa comunidad de vida y amor que es la familia.

Es la familia, entonces, escuela también escuela de espiritualidad de tal manera que como cristianos la podemos llamar también Iglesia doméstica. Es ahí donde mejor poder aprender a conocer a Dios, donde primero se nos habla de Dios y se nos descubre su misterio de amor aprendiendo a llamarlo Padre; pero será ahí en la familia donde aprenderemos a relacionarnos con Dios – en la familia deberíamos aprender las primeras oraciones – y donde hemos de saber hacer Iglesia que escucha y ora al Señor, que le alaba y la de gracias en las distintas situaciones de la vida, y donde también aprenderá a contar con la ayuda y la fuerza de Dios en las diversas necesidades de la vida.

Como familias cristianas hemos de saber poner el centro de nuestra vida en Jesús al tiempo que de El y su Palabra recibir la luz que nos guíe, nos ilumine en los caminos de la vida y nos de la fuerza que necesitamos. Si supiéramos hacerlo que distinta sería la realidad en comparación con tantas familias rotas y con dificultades de todo tipo que contemplamos a nuestro alrededor. Lástima que nuestras familias cristianas no sepan aprovechar y beneficiarse, por decirlo de alguna manera, de toda esa riqueza de gracia que Cristo nos deja en el sacramento del matrimonio.

Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y en ella podemos ver reflejadas todas esas virtudes y valores que hemos de cultivar en el seno de nuestras familias. Precisamente la realidad en que se nos presenta en concreto en el texto hoy escuchado no es una situación fácil. La huída a Egipto como unos emigrantes o unos desplazados de la sociedad, como tantas situaciones difíciles que contemplamos a nuestro alrededor. Pero allí está la entereza de una familia unida, de un matrimonio de creyentes que se dejan conducir por el Señor, de una fortaleza humana y espiritual que les hace afrontar esas situaciones difíciles de una manera distinta.

Es por eso por lo que tenemos que aprender a entrenarnos y hacer ese crecimiento de nuestra vida interior, de una espiritualidad profunda que nos dé sentido y fortaleza porque en verdad nos dejemos guiar por el Espíritu del Señor y en El siempre encontremos la fortaleza de la gracia. Es la gracia del sacramento que un matrimonio cristiano recibe cuando se casa en el Señor, cuando vive en verdad su matrimonio como sacramento. Que distinta sería la solución de tantos problemas que afectan al matrimonio y a la familia si se supiera contar con la gracia y la fuerza del Sacramento, que es la gracia y la fuerza del Señor.

Muchas reflexiones podríamos seguir haciéndonos en torno a esta realidad de la familia. Mucho tendríamos que aprender de aquel hogar bendito de Nazaret. Pero hoy en nuestra celebración vamos a pedir con toda intensidad por la familia, que en la sociedad en la que vivimos se ve hasta bombardeada por tantas cosas que quieren destruirla. Para nosotros es un valor fundamental que no podemos dejar desaparecer de ninguna manera.

Pidamos al Señor por nuestras familias y pidamos por todas las familias que se encuentran con problemas. Pueden ser problemas de subsistencia para muchos en estos momentos de crisis económica y social, pero pueden ser también otros problemas sociales y humanos los que puedan poner en peligro su estabilidad. Pidamos al Señor por esos matrimonios rotos y esas familias destrozadas donde falta la paz, porque quizá se haya enfriado el amor.

El texto de la Carta a los Colosenses nos da hermosas pistas de esas virtudes que hemos de cultivar: miseriordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón y aceptación mutua, unidad, amor. Y todo iluminado por la Palabra del Señor y alimentado con la oración y la alabanza al Señor.

Pidamos hoy a la Sagrada Familia de Nazaret que se derramen abundantes bendiciones del Señor sobre nuestras familias y se pueda seguir dando ese hermoso testimonio del amor y sigan siendo esas escuelas de humanidad, de espiritualidad, como antes decíamos, y verdaderos semilleros donde cultivemos cada día la santidad de nuestra vida.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre


Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre

Caminaba ayer en la mañana por la calle ensimismado en mis pensamientos cuando detrás de mi escuché la angelical voz de un niño que iba cantando con mucha alegría ‘cumpleaños feliz’. Curioso me volví y miré a su madre con una sonrisa y espontáneamente me dijo, es su cumpleaños pero él se lo va cantando a todos.

Ese detalle tan bonito de aquel niño me hizo pensar. Estamos nosotros también celebrando un cumpleaños; es el cumpleaños de Jesús, celebramos su nacimiento hoy. Tendríamos que cantarle nosotros a El el cumpleaños feliz – lo queremos hacer con nuestros cantos y con toda nuestra fiesta -, pero resulta que es Jesús el que quiere cantarnos a nosotros - sí, El a nosotros – el cumpleaños feliz. Nosotros nos alegramos y nos felicitamos porque estamos celebrando el nacimiento de Jesús. Y con mucha y honda alegría tenemos que celebrarlo.

Hoy es un día grande porque el que tenemos que felicitarnos, es cierto. Pero nos felicitamos no sólo porque ahora todo el mundo tiene buenos deseos los unos para con los otros. Eso está bien y así cada día tendríamos que saber hacernos felices los unos a los otros. Pero nos felicitamos porque tenemos a Jesús, porque celebramos su nacimiento, con todo lo que eso significa para nosotros, y para nuestro mundo. Y de ahí es de donde tiene que brotar toda nuestra alegría; eso es lo que tiene que producir en nuestros corazones todos esos buenos deseos que hoy nos tenemos.

Anoche nos sentimos sorprendidos con su nacimiento y con el anuncio de los ángeles de que entre nosotros teníamos ya un Salvador. Como aquellos pastores de Belén corríamos anoche hasta el portal, corremos ahora en esta mañana de pascua, venimos aquí para ver, para contemplar eso que el Señor nos ha anunciado por medio del ángel.

Hoy toda la Iglesia se congrega en torno a este Niño nacido en Belén que bien sabemos que es el Emmanuel, que es Dios con nosotros, que es nuestro Salvador que viene a liberarnos de las tinieblas y a inundarnos de su luz. Con gozo grande, con alegría profunda queremos celebrar con la mayor sencillez al tiempo que con la solemnidad que se merece el Señor la Eucaristía en este día de Pascua.

Bueno será que nos detengamos un poco a considerar el misterio grande que celebramos. Maravilla del amor de Dios, locura de amor. ‘En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo; el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para ssumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado’.

Así lo expresa maravillosamente la liturgia de este día en uno de los prefacios de la Navidad. Presente en medio de nosotros, lo contemplamos asumiendo nuestra naturaleza pero para darnos vida, para elevarnos, para limpiarnos y purificarnos de nuestro pecado, para regalarnos su vida. Toma nuestra vida y nos regala su vida. Cargará con nuestro pecado para llenarnos de gracia.

Todo eso hemos de contemplar al mirar a este Niño recien nacido en Belén. No nos quedamos en un niño aunque ahora lo contemplemos en el misterio de su nacimiento. Es Dios verdadero en medio nuestro al hacerse también verdadero hombre. Se hace así nuestra salvación, nuestra vida. No podemos separarlo nunca del misterio pascual. Pensemos que estamos celebrando hoy su nacimiento y lo hacemos celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección que es lo que celebramos y proclamamos siempre en la Eucaristía.

Necesitamos, sí, penetrar con fe profunda en el misterio que estamos celebrando y así nos llenaremos de inmensa alegría. Una alegría que nace de toda esta consideración que nos hacemos del amor que el Señor nos tiene y alegría que vivimos hondamente en la medida en que queremos comenzar a vivir esa nueva vida de amor a la que El nos llama. Por eso nos desbordamos en estos días en gestos de amor para con los demás; parecería que todos somos más buenos; parece que la paz es más posible, y la armonía entre todos; hoy nos sentimos más impulsados a buscar lo bueno para con los demás y a hacernos felices los unos a los otros.

Pero todo eso tiene que nacer de Jesús, de su amor, de ese regalo grande que Dios nos ha hecho cuando nos ha dado a Jesús, cuando se ha hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Sí así lo hacemos lo podremos vivir con mayor profundidad y hondura. No será un deseo fugaz o una palabra que se lleva el viento, o la alegría que surja por estímulos artificiales.

Cuando comenzamos al revés, y digo al revés en el sentido de que lo hacemos buscando cosas externas que nos estimulen a esa alegría y a esa fiesta, todo se quedará en nada, en unos días de fiesta pasajera, pasarán esos momentos de euforia y seguiremos luego con las mismas batallitas de todos los días y con las mismas negruras en nuestras relaciones. Qué lástima que para muchos la navidad se quede en eso nada más.

Pero cuando arrancamos de verdad de ese amor tan grande de Dios que se nos manifiesta en Cristo, entonces sí que estaremos comenzando un mundo nuevo de auténtico amor y verdadera fraternidad. Los que vivimos inmersos en la luz de la Palabra hecha carne hemos de hacer resplandecer en obras y en obras de amor esa fe que tenemos en nuestro corazón. Es una de las peticiones que hacemos en las oraciones de la liturgia de este día.

Que resplandezca con el nacimiento de Jesús nuestra fe; que resplandezca nuestro amor. Nos llenamos de alegría y queremos contargiar de esa alegría verdadera al mundo. Que con la presencia de Cristo en nuestra vida, dejándolo que penetre profundamente en nuestro corazón, desaparezcan para siempre esas superficialidades y vanalidades.

En en el Niño Dios que contemplamos nacer hoy en Belén tenemos toda la fuerza que puede transformar nuestro mundo. ‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor al hombre…’ nos decía el apóstol en una de las lecturas de esta fiesta. Tenemos el amor que es el que en verdad lo transformará; el amor que hará que nuestro mundo sea mejor cuando nos amemos más entre nosotros, seamos capaces de compartir y ser solidarios los unos con los otros, el amor que nos hace hermanos y nos hará vivir en paz y en bonita armonía. Pidamos esa gracia del Señor.

El evangelio del nacimiento nos dice que después que los pastores llegaron al lugar del nacimiento, contemplando ‘a María y a José, y al niño acostado en el pesebre… se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído, todo como les habían dicho’. Es como nosotros tenemos que prolongar nuestra celebración más allá de los muros de la iglesia en que lo celebremos, porque daremos gloria y alabanza a Dios contando a todos lo que es nuestra fe, lo que hoy hemos contemplado y celebrado. Cuando nos felicitemos, pues, los unos a los otros en este día de Navidad hemos de hacerlo haciendo referencia a Jesús porque esa es, tiene que ser la verdadera Navidad que celebramos y que vivimos.

Es navidad fiesta de gozo y salvación


Es navidad fiesta de gozo y salvación


Tenemos que repetir el anuncio sin cansarnos. Hoy es un día de alegría desbordante. ‘Fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante’, ya decíamos hace días en nuestras oraciones y para eso nos preparábamos. ‘Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Los pastores, aunque con gran temor cuando los envolvió la gloria del Señor con su claridad, creyeron el anuncio de los ángeles y corrieron hasta Belén.
Nuestra noche también se ha llenado de claridad y resplandor en el nacimiento de Jesús. Desaparecen las tinieblas y todo se llena de luz no porque pongamos unas lucecitas tintineantes, sino porque la luz que brota del portal de Belén es la verdadera luz que nos ilumina y nos trasforma, es la luz que nos llena de gracia y nos hace contemplar a Dios. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… una luz les brilló…’ que decía el profeta. Así nosotros también en esta noche que se convierte en noche de luz y de vida.
Hemos venido nosotros también hasta Belén. Hemos escuchado ese anuncio y nosotros también queremos comunicárselo a los demás. En la ciudad de David, en Belén, nos ha nacido el Salvador; es el Señor. Es Jesús, el hijo de María pero que es nuestro salvador. Así le dijo el ángel que había que llamarlo. Su nombre nos viene del cielo. Es el Hijo del Altísimo que le anunció el ángel a María, porque es el Hijo de Dios. El Señor está con nosotros. Es el Emmanuel anunciado por los profetas. Dios está aquí. Dios está en medio de nosotros.
Así lo contemplamos en el relato sencillo y a la vez asombroso que nos hace Lucas del nacimiento de Jesús. Sencillo porque podría parecer simplemente el nacimiento de un niño de unos padres pobres y emigrantes, como tantos que podemos ver a nuestro lado, que no tienen donde guarecerse y se tienen que acomodar en la pobreza de una cueva o un estable. Pero es al mismo tiempo impresionante lo que estamos contemplando porque quien nace allí de María es Dios que se ha hecho hombre. El que viene a asumir nuestra naturaleza y condición mortal y lo hace en la más extrema pobreza es el mismo Dios que será nuestro Salvador. Cuántas cosas nos podría enseñar esta escena maravillosa que contemplamos.
Lo esperábamos, lo buscábamos. Queríamos llenar nuestro corazón de esperanza, y de esperanza de la verdadera. Había ansias de cosas grandes en nuestro corazón; presentíamos que tenía que haber algo que diera hondura a nuestra vida, que saciara nuestras aspiraciones más hondas, o que elevara nuestro espíritu a algo más alto o más espiritual. Buscábamos una salvación que nos diera nueva vida. Estábamos buscando a Dios quizá sin saberlo y Dios nos ha salido al encuentro, ha venido a estar con nosotros, se ha encarnado en el seno de María para hacerse hombre como nosotros pero para ser también Emmanuel, Dios con nosotros. Deseado de las naciones, esperanza de los hombres, consuelo de los afligidos, vida y luz para los que estamos en las tinieblas de la muerte del pecado, Buena Noticia para los pobres y los que sufren.
Queríamos encontrarnos con la Salvación y la Salvación ha llegado, ha llegado el Salvador. Tenemos que alegrarnos, tenemos que hacer fiesta, tenemos que gozarnos desde lo más hondo, porque ha llegado lo más grande y más hermoso que podíamos esperar. Nos ha llegado Dios. Por eso para los cristianos hoy es un día de fiesta especial. La celebración de esta fiesta cristiana ha contagiado al mundo a través de la historia, aunque quizá hoy siga habiendo gente que celebre la Navidad sin saber bien lo que es la Navidad. ¿Necesitará unos nuevos ángeles que lo anuncien para que todos los sepan de verdad? ¿No tendríamos que hacer ese anuncio los cristianos dándole un verdadero sentido a la Navidad?
Nosotros no podemos olvidar ese auténtico sentido de la Navidad. Nada ni nadie podrá apagarnos esa alegría. Nadá tedrá que apartarnos de lo que es el centro de la Navidad, el nacimiento del Salvador. Nuestra alegría no se puede desvirtuar. No podemos distraernos con otras cosas. Todo esto, mejor aún, Cristo Jesús tiene que ser en verdad el centro de nuestra celebración de la navidad como es el centro de nuestra vida.
Ahora sí que decimos Jesús con el más profundo amor y con el más verdadero sentido. Lo hemos visto, está con nosotros. Diremos Jesús porque con su salvación ha comenzado algo nuevo en nuestra vida. Es el tronco viejo lleno de pecado que ha reverdecido para hacer brotar una flor nueva, una vida nueva. Recordemos el tronco de Jesé anunciado por el profeta. En la fría y oscura noche de nuestras dudas y de las tinieblas de nuestras infidelidades ha brotado una primavera llena de flores nuevas prometedoras de buenas frutos. Cristo que nace en nuestra vida y en nuestro corazón hará surgir esa nueva primavera para el mundo con el testimonio de nuestras obras de amor.
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres…’ nos decía el apóstol. Hemos visto aparecer la gracia Dios en el niño recién nacido en Belén porque es Dios que viene a nosotros y con El todo es gracia, todo es vida, todo es regalo de Dios, todo es amor y salvación.
Ha aparecido la gracia de Dios…’ Es la vida de la gracia en la que nos sentimos tan amados que ya nos sentimos y somos hijos en el Hijo que nos regala su vida divina. Es la vida nueva de la gracia que, porque nos sentimos amados, aprendemos de verdad lo que es el amor y ahora sí que comenzamos a amarnos con un amor nuevo y de verdad. Es la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos hermanos y se ha creado una comunión nueva y paz y armonía entre todos nosotros.
Con el nacimiento de Jesús florecen ya en nuestro corazón esos valores tan hermosos que nos hacen más solidarios y más generosos, que nos llevan a compartir y a ser capaces de amar de corazón, que nos comprometen a hacer un mundo más justo y más lleno de paz, que llenan nuestro corazón de misericordia y de compasión. Era lo que pedíamos de corazón en este camino que hemos seguido de preparación y en lo que hemos ido ejercitándonos; y ya lo tenemos aquí. Cristo está con nosotros y ya vivimos una vida nueva. Es lo que con la navidad tiene que resplandecer en nosotros.
Esta noche santa y preciosa del nacimiento del Señor parece que nos amamos más, todos nos deseamos mucha felicidad y mucha paz, todos hacemos lo posible por encontrarnos con los seres queridos para hacerlos felices, con los amigos para compatir y parece que ya vamos derramando amor sobre todos los que nos encontramos.
Que desborde nuestra alegría y contagiemos a los demás. Nadie puede estar triste a nuestro lado sin que le ofrezcamos nuestro consuelo. Nadie se puede sentir solo porque ahí estamos nosotros para ofrecerle nuestra compañía y nuestro cariño que alivie soledades. Repartamos sonrisas de amor y alegremos el corazón de los que están tristes o sufren por cualquier motivo.
Es lo que queremos hacer para que sea verdadera navidad, para no quedarnos en cosas superficiales, sino para con nuestro amor hacer presente de verdad a Jesús en nuestro mundo, en ese mundo en el que vivimos, empezando por el ámbito familiar o donde realizamos nuestra convivencia. Será así como vivamos verdadera navidad.
‘Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor’, proclamaba todo el coro celestial alabando a Dios. Que nuestra navidad, esta celebración que ahora estamos viviendo pero todo lo que va a ser nuestra fiesta navideña sea en verdad para la gloria de Dios y para hacer llegar la paz a todos los hombres, porque todos somos amados de Dios.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Salgamos al encuentro del Señor que viene con nuestras lámparas encendidas

Salgamos al encuentro del Señor que viene con nuestras lámparas encendidas

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79

‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’. Así cantaba al Señor Zacaría proféticamente inspirado por el Espíritu Santo.

Bendito sea Dios, repetimos nosotros una y otra vez. Es un momento para detenernos y quedarnos como extasiados en la espera del Señor que viene cuando estamos ya a las puertas de la Navidad. No es momento para decir muchas cosas. Silencio para contemplar, para esperar, para avivar el fuego de nuestro corazón. ¿No aprendimos a hacer silencio como san José ante todo el misterio que ante El estaba sucediendo?

En la vida muchas veces nos sucede. Nos anuncian que vamos a recibir la visita de alguien que nosotros consideramos importante y enseguida nos ponemos a preparar todo lo necesario, con intensidad limpiamos, ponemos en orden, queremos tenerlo todo a punto. Y cuando se va acercando el momento y más o menos lo tenemos todo preparado nos quedamos como sin saber qué hacer quizá, simplemente esperando, mirando la hora, asomándonos a ver si llega.

Quiero pensar que ese es el momento en que nos encontramos hoy. Estamos en las visperas de la navidad y ya no hacemos otra cosa que esperar la hora. Hagamos ese silencio en nuestro corazón; no un silencio pasivo, sino un silencio de espera, de atención, en el que vamos musitando en nuestro interior una oración, ‘ven, Señor, ven pronto, Señor’. Es el tensar el espíritu para que esté pronto y atento.

Hemos venido contemplando en estos dias esos momentos que nos narra el evangelio del anuncio del ángel a Zacarías en el templo, a María en Nazaret, la visita a su prima Isabel con todas las cosas hermosas que sucedieron en aquel encuentro, el nacimiento de Juan y su circuncisión. Ahora nos quedamos con Zacarías bendiciendo y alabando a Dios. ‘Bendito sea Dios…’ que nos visita, que llega a nosotros con su gracia y su salvación.

Queremos que llegue la luz, que brille el sol que nace de lo alto, que desaparezcan nuestras tinieblas. Esta noche vamos a escuchar que al pueblo que caminaba en tinieblas una luz les brilló. Brilla para nosotros una luz nueva, un sol que no es simplemente el astro que camina por nuestro firmamento. Llega a nosotros Jesús; llega a nosotros su luz. Dejémonos iluminar.

Como un signo hemos ido encendiendo las luces de nuestra corona de Adviento en ese bello rito que se ha ido introduciendo en nuestras celebraciones. Ya están todas las luces encendidas, estamos preparados para que llegue el Señor. Que no se nos apaguen. Recordemos la parábola que nos pondrá Jesús. Que podamos salir al encuentro del Señor con nuestras lámparas encendidas, de nuestra vigilancia y espera, de nuestra fe y nuestro amor.

Bendito sea Dios que ha visitado y redimido a su pueblo y nos ha traido la salvación.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Dios se ha compadecido y llega Juan


Malaquías, 3, 1-4; 4, 5-6;

Sal. 24;

Lc. 1, 57-66

‘Mirad y levantad vuestras cabezas: se acerca vuestra redención’. Es el grito que hemos escuchado en el salmo y que luego hemos ido repitiendo una y otra vez, rumiándolo en nosotros, gozándonos en la cercanía de la navidad, auto-convenciéndonos de que el Señor está cerca y con él viene la salvación, la redención.

Varias palabras se han ido repitiendo también en la palabra proclamada y que tendríamos que resaltar. Alegría, misericordia, asombro y preguntas en el interior buscando respuestas. Alegría de las gentes de la montaña donde vivían Zacarías e Isabel por el nacimiento de aquel niño. Misericordia, misericordia del Señor que palpaban en el acontecimiento del nacimiento de aquel niño de unos padres ya mayores y que parecían no poder tener descendencia.

Asombro ante los acontecimientos que se iban desarrollando, por una parte la mudez de Zacarías desde que había vuelto del templo hacia ya nueve meses y el que ahora, por otra parte, prorrumpiera a hablar para decir que el nombre del niño sería Juan y no Zacarías como hubiera correspondido en un hijo primogénito. Será Juan porque en él se está manifestando la misericordia del Señor. Su mismo nombre lo significa: ‘Dios se ha compadecido’. Como el Señor cuando allá en el Horeb escuchó el clamor de su pueblo desde Egipto, el Señor escucha nuestro clamor y se compadece de nosotros. Juan es el anuncio de que la salvación está ya para llegar. Juan nos ayudará a preparar los caminos, los corazones para el Señor.

Por eso se preguntaban sobrecogidos por tantos hechos extraordinarios: ‘¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba sobre él’. Claro que podían preguntarse por el sentido de aquel niño que parecía estar recibiendo una especial gracia del Señor. Todo parecía indicar que una misión importante iba a tener, aunque desconocieran concretamente lo dicho por el ángel del Señor en el templo a Zacarías y lo que había sucedido en el encuentro de su madre Isabel con María, la prima venida de la lejana Nazaret, que se quedaría en el secreto de ambas.

‘Yo envío mi mensajero, para que prepare el camino ante mí’, había dicho el Señor por boca del profeta Malaquías. Isaías también tenía anuncios semejantes. ‘Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero; se sentará como fundidor que refina la plata, como a plata y oro refinará a los hijos de Leví y presentarán al Señor la ofrenda como es debido…’

Era la misión de Juan el Bautista, el precursor del Mesías, el que allá en la orilla del Jordán en el desierto invitaba al pueblo a purificarse, a manifestar su conversión al Señor sumergiéndose en las aguas del Jordán para que Juan los purificase. Será el profeta que ‘convertirá los corazones de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres…’

Se acerca nuestra liberación, nuestra salvación. Ya está ahí. Ya llega el precursor y su mismo nacimiento es en sí mismo una llamada a descubrir las maravillas del Señor. Es lo que estamos haciendo, queriendo hacer con toda intensidad en estos días. Es para lo que nos preparamos. Queremos sentir la misericordia del Señor sobre nosotros. Dios se ha compadecido y ya no es Juan sino que será Jesús, el Dios que nos salva, el Salvador a quien nos disponemos a recibir. ‘Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación’.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

María nos enseña a asombrarnos ante las maravillas del Señor


Sam. 1, 24-28;

Sal. 1Sam. 1, 4-8;

Lc. 1, 46-56


María no salía de asombro en asombro. Anonadada se había quedado con el anuncio del ángel y las maravillas que Dios le anunciaba que en ella se iban a realizar –se había turbado ante las palabras del ángel y se preguntaba qué saludo era aquel y qué era lo que el Señor le quería manifestar y al final no había sabido decir sino que era la esclava del Señor y que se hiciese y cumpliese en ella lo que su palabra le decía. Su admiración y asombro era una admiración y asombro de fe.

Ahora que había caminado hasta la montaña a casa de su prima Isabel porque el ángel le había dicho que el Señor le había hecho la misericordia de concederle el don de la maternidad – asombro también en esa misericordia de Dios para con su prima – pero se había encontrado que lo que en ella había sucedido era motivo también para que Isabel la llenara de bendiciones y alabara y bendijera también al Señor. No salía de su asombro pero era, como decíamos el asombro y la admiración de la fe que le haría prorrumpir a ella también en cánticos de alabanza al Señor.

No puede menos que hacerlo. Se regocija en el Señor, le canta agradecida, su corazón se llena de la más inmensa alegría, proclama las maravillas del Señor. ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador’. También el Señor ha vuelto su rostro misericordioso hacia ella y se ha fijado en su humildad. Aunque reconoce las grandezas del Señor que en ella se están manifestando, sigue sintiéndose anonada y pequeña, se sigue sintiendo la humilde esclava del Señor.

El cántico de María es ese cántico alborozado y lleno de gratitud por cuanto Dios se ha fijado en ella como un día Ana, la madre de Samuel, también habia cantado al Señor que en ella también había manifestado su misericordia y le había concedido el don de la maternidad. Es lo que hemos escuchado en la primera lectura y el cántico que hemos proclamado en el salmo de gran semejanza con el cántico de María.

María canta al Señor reconociendo las obras grandes que el Señor ha hecho en ella y todo es alabanza para el Señor; ‘su nombre es santo’, proclama casi como anunciándonos lo que Jesús nos va a decir cuando nos enseñe a orar y nos proponga el modelo de oración del padrenuestro, ‘santificado sea tu nombre’. Se regocija María porque si bien todas las generaciones la alabarán y felicitarán eso será motivo para que todos también alaben el nombre del Señor.

Pero María no está cantando al Señor sólo por ella misma, sino que en cierto modo es el cántico de los redimidos, es el cántico de todos los que han sentido sobre sí la misericordia del Señor, es el cántico de los hombres nuevos del Reino de Dios que en Jesús se va a establecer. Son todos los pequeños y los humildes que son enaltecidos; son todos los que han sido elevados a una vida y dignidad nueva con la gracia del Señor que en su misericordia quiere derramar sobre todos los hombres.

Se cumplen las promesas del Señor, las que hizo a Abrahán y su descendencia, de las que ahora todos somos beneficiarios. El Señor manifiesta su poder y su gloria, el Señor nos ofrece la salvación, hemos de dar gracias a Dios, hemos de cantar continuamente la gloria del Señor.

Estamos a las puertas de la Navidad. El Señor viene y viene con su salvación. La misericordia eterna del Señor se va a manifestar sobre nuestra vida. sepamos asombrarnos como María ante tanta maravilla de amor en su nacimiento en Belén. No perdamos la capacidad de asombro y que se despierte nuestra fe como María para alabar y bendecir al Señor. De María aprendamos a cantar la alabanza del Señor. Haciendo nuestro el cántico y la oración de María preparémonos nosotros debidamente para hacer que Dios nazca de verdad en nuestro corazón y en nuestro mundo.

martes, 21 de diciembre de 2010

María bendecida del Señor nos llena de bendiciones

Cantar de los Cantares, 2, 8-14;

Sal. 32;

Lc. 1, 39-45

De lo que desborda el corazón canta la lengua, canta la vida. Lo hermoso que llevamos dentro de nosotros no lo podemos ocultar. Cuando el amor inunda nuestro corazón se desborda y desparrama queriendo llenar de amor y de gracia todo lo que toca.

Así podemos decir que se sentía María. La llena de gracia, la inundada por la gracia del Señor. Había encontrado gracia ante los ojos de Dios y Dios la había bendecido con tanta gracia y hermosura que en sus entrañas se encarnó para dársenos a todos los hombres, para ser Dios con nosotros, Emmanuel, como hemos repetido una y otra vez estos días; para ser Jesús porque quería ser el Salvador de todos los hombres.

Y María sale de sí y corre por los caminos porque tiene que llegar a la montaña, a casa de su prima Isabel. Conoce ella por boca del ángel cómo la misericordia del Señor la había visitado y le había concedido el don de ser madre. Y María, inundada por el amor de Dios, corre a llevar amor, y gracia, y bendición, y santificación. María llena del Espíritu Santo hará que allá donde vaya también todos se llenen de ese mismo Espíritu y de toda bendición.

‘Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel… y se llenó Isabel del Espíritu Santo’ y comenzaría a profetizar, a hablar por la fuerza y la gracia del Espíritu Santo. Y todo serán bendiciones para María, la que con ella llevaba las bendiciones del Señor. Por eso, ‘en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó de alegría la criatura en su vientre’, y Juan también alcanzaría las bendiciones de Dios que iban con María.

El que habia de preparar los caminos del Señor porque como su Precursor había venido, ahora ya con la llegada de Jesús con la presencia de María ya comienza a alcanzar esa gracia que el Salvador venía a traer. Si María fue preservada de todo pecado en virtud de los méritos de Cristo porque iba a ser la Madre del Señor, Juan, que iba a ser su precursor que preparase los caminos, era ahora santificado. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y ¿cómo no iba a saltar de alegría si asi era santificado, si así ya desde el seno de su madre estaba contemplando cómo se cumplían las promesas mesiánicas y tendría fruto el anuncio que él tendría que hacer?

Es un diálogo hermoso de bendiciones el que se cruza entre María e Isabel en pocos momentos. ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Era María, su prima venida desde la lejana Nazaret, pero ella sabia muy bien, porque estaba inspirada en su corazón por el Espíritu Santo, que allí está la madre del Señor, la Madre de Dios. ‘¡Dichosa tu que has creido! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.

Contemplamos nosotros esta escena en las vísperas de la celebración del nacimiento de Jesús. ¿Cómo no llenarnos nosotros de gozo también? ¿Cómo no desear acercarnos nosotros a María para llenarnos de esas bendiciones de Dios que ella va repartiendo con su presencia? Acerquémonos nosotros a María y que con ella seamos santificados nosotros también y podamos sentir también esa alegría en lo hondo de nosotros al recibir a Jesús en nuestra vida.

Que María nos ayude a prepararnos, a crecer en la gracia y en el amor, a crecer en la fe y en la santidad de nuestra vida.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Feliz Navidad 2010! :-) Regala Revaloria (Madrid)

Maravilla, milagro y locura de amor la Encarnación de Dios en las entrañas de María


Is. 7, 10-14;

Sal. 23;

Lc. 1, 26-38

Para lo inmenso e impresionante que se estaba realizando, el escenario y las circunstancias donde y cómo se desarrollaba era insólitamente sencillo y humilde. En el salmo hemos diccho ‘viene el Señor, es el Rey de la gloria’. Podríamos pensar y si es el Rey, ¿dónde lo podemos encontrar? Pero no lo vamos a encontrar en palacios.

Un pueblo pequeño e insignificante que podía llegar a ser el chascarrillo de los vecinos de otros pueblos, porque qué podía salir importante de semejante aldea como dirían los convencinos de Caná, cercana a Nazaret.

Una humilde casita que era poco más que una oquedad en la roca arreglada con alguna pequeña habitación que servía para todo; cuando uno se acerca hoy a la inmensa basílica de la Anunciación en Nazaret queda impresionado porque allá como en el subsuelo de tan impresonante edificación una semiderruidas paredes delante de una pequeña cueva en la roca nos señalan lo que era la casita de María de Nazaret y se siente uno deslumbrado por el misterio grande que allí se realizó, la Encarnación del Hijo de Dios en las puras entrañas de aquella humilde y sencilla doncella de Nazaret. Confieso que la visita a Nazaret y la casa de María ha sido una de las experiencias más hermosas de mi vida y que recordaré siempre.

Es lo que trata de describirnos el evangelio hoy. Una humilde doncella desposada con un pobre carpintero o artesano ante la que llega la embajada angélica para comunicarle los misteriosos y admirables designios divinos de querer hacerse hombre y encarnarse en las entrañas de María. No termina uno de comprender tal maravilla, tal milagro y tal locura de amor. Es como para quedarse extasiado ante la escena para no hacer otra cosa que cantar la alabanza del Señor para siempre.

Cuando nos estamos acercando a la Navidad es bueno que nos detengamos en silencio ante tal misterio y locura de amor. Tanto amó Dios al mundo, tanto nos ama Dios que ha querido hacerse hombre, ha querido hacerse Emmanuel para ser para siempre Dios con nosotros, y ha querido hacerse Jesús porque será para siempre también nuestro Salvador.

Nos viene bien recordarlo, meditarlo una y otra vez, rumiarlo allá desde lo más hondo de nosotros mismos para que lo tengamos tan presente que nada ni nadie nos lo haga olvidar; que nada pueda impedir que celebremos con gozo, pero desde lo más hondo de nuestra vida la Navidad que es Dios que está con nosotros porque por nosotros y por nuestra salvación se ha hecho hombre para ser nuestra redentor y salvador.

Creo que tal amor no lo podemos olvidar de ninguna manera y tal amor hemos de sentirle presente y en nosotros cada día de nuestra vida. Miramos y contemplamos ese misterio de Dios. Nos acercamos temblorosos quizá por tanto misterio y tanta grandeza porque no podemos olvidar lo grande que es Dios, pero al mismo tiempo con la confianza del amor porque de tal manera nos sentimos amados que en ese amor nos sentimos grandes nosotros que somos pequeños, nos sentimos hijos los que vamos a ser rescatados del pecado, nos sentimos impulsados a la santidad los que vamos a ser purificados de nuestro pecado por la sangre redentora de su Cruz.

Pero de nuevo miramos a María, la que se siente la última, la esclava, la pequeña pero que reconoce las cosas grandes que Dios hace en ella. Miramos a María y contemplamos su disponibilidad y su amor, la apertura de su corazón a Dios, y la alabanza y la acción de gracias a Dios con la que le canta desde un corazón agradecido y engrandecido porque reconoce que el Poderoso ha hecho obras grandes en ella.

Aprendamos de María, copiemos a María en nuestra vida reflejando sus virtudes y sus actitudes profundas, queriendo cada día parecernos más a ella por cuando se nos ha dejado como madre, y los hijos siempre imitan a la madre.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Como José descubrir el designio de Dios y la colaboración que nos pide


Is. 7, 10-14;

Sal. 23;

Rm. 1, 1-7;

Mt. 1, 18-24

La navidad está cerca. Se cumplen las promesas. Nos sentimos seguros y firmes en nuestra esperanza. Queremos abrirnos a Dios que llega a nuestra vida y lo queremos hacer hoy como lo hizo María, como lo hizo José.

En este cuarto domingo de Adviento miramos a María, pero nos aparece como en contrapunto la figura de José y de él también tenemos que aprender para abrirnos al misterio de Dios que llega a nosotros, para tener unos ojos sensibles a lo divino como los tuvo José y aprender a descubrir también ese misterio de Dios, esos planes de Dios y prestar también la colaboración que Dios nos pide como lo hizo él.

Como lo hizo con María a quien Dios envía un ángel del cielo para comunicarle la maravilla de amor y de gracia que en ella se iba a realizar esperando también su sí, lo hizo también con José. Si María se sintió turbada ante las palabras del ángel que le manifetaban tanta grandeza de Dios para con ella, para José fueron momentos duros y difíciles hasta que no descubrió los designios de Dios, pues no entendía lo que pasaba en María. Fueron momentos de prueba en los que José manifestó la entereza de su vida y la reciumbre de su fe.

Era bueno. Las tinieblas de la duda le rodeaban pero en su bondad no quería hacer daño. Prefería quizá pasar por un doloroso silencio en su corazón, pero a él también Dios se le manifiesta y podíamos decir que también su corazón estaba lleno de gracia, del amor del Señor que quería contar con El.

‘No temas, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criartura que hay en su vientre viene del Espíritu Santo’. Las tinieblas se transforman en luz. También se siente tocado por la mano de Dios y él ha de colaborar igualmente en los planes de Dios. ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Ponerle el nombre era la función del padre. Ahí tiene José que ocupar el lugar que Dios tenía reservado para él en la obra de la salvación.

‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho Dios por el profeta…’ Lo hemos escuchado en la primera lectura. Es la señal que Dios nos da y que tenemos que saber descubrir. ‘El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros’.

María diría como respuesta al anuncio del ángel: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’. José, en silencio como lo hacía siempre, también aceptaba el plan de Dios. ‘Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a su casa a su mujer’. José había entrado también en el plan de Dios, en los designios divinos para nuestra salvación. Llamará al niño Jesús como le había dicho el ángel ‘porque El salvará a su pueblo de los pecados’.

¿No es hermosa la lección de José? Fidelidad y obediencia; silencio y obediencia; docilidad, humildad, servicio. Pocas pinceladas más nos dan los evangelistas de la vida de José, pero ese será el estilo del recorrido de su vida. Apertura a los designios de Dios en todo momento y obediencia; la obediencia de la fe, silenciosamente, siempre dispuesto a servir. Caminará a Belén cuando las circunstancias históricas se lo pidan, aunque también fueran momentos difíciles y llenos de carencias, pero ahí está viendo la voluntad del Señor. Marchará a Egipto para no poner en peligro la vida del niño y regresará más tarde a Nazaret en lugar de quedarse en Judea, porque en todo lo que va aconteciendo él descubre los designios de Dios para él.

Es la lección que tenemos que aprender y el camino que nos tiene que llevar a descubrir todo lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en esta navidad. Con fidelidad y esperanza también tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a Dios y a su presencia maravillosa para descubrir también sus designios de amor para nosotros y para nuestro mundo. Tener unos ojos sensibles a lo divino y a lo sobrenatural como decíamos que había tenido José. Necesitamos esa sensibilidad para que se despierte nuestra fe, para que seamos capaces de admirarnos ante las maravillas que Dios quiere realizar en nosotros y a través de nosotros en los demás, en nuestro mundo.

José colaboró fielmente en ese designio de Dios que era designio de amor y salvación para la humanidad. Si nosotros llegamos a ser capaces de vivir esta navidad de una manera distinta dejándonos inundar por todo el misterio de Dios que llega a nosotros al encarnarse para nuestra salvación, no nos podemos quedar sólo para nosotros tantas maravillas de Dios sino que será algo que hemos de trasmitir, contagiar a los que nos rodean. No es sólo para nosotros; como nos decía san Pablo ‘por El hemos recibido ese don y esa misión: hacer que todos respondan a la fe, para gloria de su nombre’. Que todos puedan responder a la fe es tarea en la que hemos de empeñarnos y comprometernos.

Ya hemos dicho en otro momento de nuestro camino de adviento que el mundo necesita señales para descubrir a Dios y su plan de salvación para nosotros, y decíamos también que nosotros hemos de ser esos signos vivos del amor y de la presencia de Dios en medio del mundo. Es la colaboración que nos pide el Señor como a José. Nuestra vida quizá callada como la de José, sin embargo ha de ser un grito que despierte a los demás, una semilla que haga brotar y florecer la fe en muchos a nuestro lado.

‘Le puso por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo…’ Con nuestra vida, con nuestro testimonio vamos nosotros diciendo también Jesús a cuantos nos rodean para que a todos llegue también esa salvación que viene a traernos. Diremos Jesús cuando hagamos ver que navidad no son sólo bonitas palabras y buenos deseos, que navidad no son sólo unos regalos que nos podamos hacer porque nos los trae papá Noel o los Reyes Magos, que navidad no son sólo unas luces parpadeantes que pongamos como adorno, que navidad no son unas simples fiestas para comer bien o mucho, sino que Navidad es el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.

Y diremos Jesús porque El sí es el gran regalo de Dios para nosotros porque nos está mostrando todo el amor que Dios nos tiene, que nos perdona y nos salva, que nos llena de vida y nos hace hijos, que nos pone en un camino de amor para que todos nos amemos y sintamos hermanos, y que nos llena de felicidad, pero no una felicidad externa y de jolgorio, sino una felicidad grande en lo más hondo de nosotros mismos porque nos llenamos de Dios, de su vida y de su gracia.

Aprendemos de José, aprendemos de María a abrirnos a Dios que llega a nosotros. Fidelidad y obediencia de fe, escucha de Dios y silencio como José, docilidad, humildad y servicialidad son actitudes que tenemos que poner en nosotros y así nos prepararemos de la mejor manera a vivir la próxima navidad.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Los ojos sensibles de José para descubrir el misterio de Dios


Jer. 23, 5-8;

Sal. 71;

Mt. 1, 18-24

Los contratiempos que vamos teniendo en la vida por los problemas que tenemos o nos afectan, los momentos duros o difíciles por los que podamos pasar en una enfermedad, por ejemplo, las dificultades por un motivo u otro que nos vamos encontrando en el camino de la vida, algunas veces pueden llenarnos de callos el corazón o cegar los ojos de la vida para endurecernos o no ver salidas a lo que nos sucede.

Es ahí, quizá, donde se tiene que manifestar la madurez de nuestra vida y también la fortaleza de nuestra fe para saber afrontar todo eso que nos sucede y ser capaces de ver más allá de lo que aparentemente parece que está primero. No es fácil a veces. Creo que hace falta una sensibilidad espiritual especial en la que debiéramos irnos entrenando en la vida, preparándonos, para cuando nos sucedan esas cosas.

¿Por qué y para qué hago esta introducción? Creo que por ahí va la lección que nos da san José en lo que hemos escuchado en el evangelio. No fueron momentos fáciles para él. Como nos dice el evangelio ‘la madre de Jesús estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo…’ Esto es lo que estaba contemplando José que le sucedía.

¿Cuál fue su reacción, su manera de actuar? Ya lo hemos escuchado en el evangelio. ‘Era bueno y no quería denunciarla…’ No se cegó, no endureció el corazón. Nos manifiesta una entereza y una madurez grande en la bondad de su vida y como veremos en su fe.

Dios no lo deja solo. Se le manifiesta en sueños por un ángel del Señor que le habla y le descubre todo el misterio de Dios que estaba sucediendo y con el que venía la salvación para todos. ‘El salvará a su pueblo de los pecados’, le dice el ángel refiriéndose a aquella criatura que llevaba María en su seno y a quien había de llamar Jesús.

Cualquiera podría pensar que sólo era un sueño o una ilusión. Pero para José no fue un sueño más, sino que El supo escuchar la voz de Dios. Era la sensibilidad para la fe que había en el corazón de José. Eran los ojos sensibles que tenía para ver las cosas de Dios; unos ojos sensibles para descubrir el misterio de Dios.

Necesitamos nosotros esa sensibilidad espiritual, esos ojos de fe, ese espíritu sensible y abierto a las cosas grandes. No son sólo los contratiempos que padecemos en la vida, en nuestras debilidades o sufrimientos, sino que es también este mundo materialista que nos rodea lo que nos puede cegar, hacer perder la sensibilidad, endurecer el corazón. Es a lo que hemos de estar atentos. Como decía antes, hemos de saber entrenarnos para estar preparados, hemos de cultivar esa finura espiritual que nos haga mirar con ojos distintos la vida, lo que nos sucede, que nos haga mirar con ojos de fe para descubrir lo bueno, para sentir ese amor de Dios en nosotros que se manifiesta de tantas maneras.

Que no nos falte esa finura espiritual en toda nuestra vida, pero que ahora en estos días que vamos a vivir la resaltemos de manera especial, para que no nos dejemos arrastrar por tantas cosas que no son tan importantes, para que no vivamos con superficialidad la celebración del nacimiento del Señor. Que nos llenemos del Espiritu de Dios para comprender y vivir profundamente todo el misterio que celebramos. Que así nos veamos iluminados por la Luz de Jesús y nos veamos liberados de tantas cosas que nos esclavizan con el mal y el pecado. Que brille en nosotros esa bondad y esa hondura de corazón que contemplamos hoy en José.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Alégrate tierra porque viene el Señor


Gen. 49, 2.8-10;

Sal. 71;

Mt. 1, 1-17

Caminamos ya como en una recta final hasta la celebración de la navidad. Estos ocho días la liturgia nos va a ofrecer textos muy específicos que nos ayuden a intensificar nuestra preparación para la celebración del nacimiento del Señor. Es el adviento que toma mayor intensidad y tiene que ser nuestro corazón el que se abra más plenamente al Señor que llega en todo ese sentido profundo que tiene la navidad y sobre lo que hemos reflexionado una y otra vez.

La liturgia nos invita también a alegrarnos porque el Señor está cerca. ‘Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados’, decíamos en la antífona de entrada de esta fiesta. Nos alegramos con gozo grande pero eso nos invitará a intensificar más nuestra preparación. Una preparación que ha de ir por dejarnos trasnformar día a día más por la gracia del Señor.

Comienza la liturgia ofreciéndonos hoy en el evangelio de san Mateo la ‘genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán’. El Hijo de Dios que vemos encarnarse en el seno de María – como decimos en la oración litúrgica – se hace hombre y nace en un pueblo concreto que es el pueblo de Israel con su historia de salvación concreta desde que Dios en el paraíso prometiera un salvador. Es el hijo de David, es el hijo de Abrahán. Aquel en quien se van a cumplir todas las promesas del Antiguo Testamento para ser nuestro Salvador.

Por eso en la primera lectura hemos escuchado este texto del Génesis donde Jacob hace a Judá depositario de las promesas. ‘No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando entre sus rodillas, hasta que le traigan tributos y le rindan homenaje los pueblos’. La tradición judía y cristiana han entendido siempre este oráculo en sentido mesiánico. De la tribu de Judá será el rey David y como le anuncia el ángel a María ‘el Señor Dios le dará el trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’.

Y en ese sentido nos dirá san Lucas cuando nos narre el nacimiento de Jesús que ‘también José, por ser de la estirpe y de la familia de David, subió desde Galilea a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén para inscribirse con María que estaba en cinta’ en cumplimiento del mandato de Quirino, Gobernador de Siria.

Iremos pidiendo al Señor en estos con las hermosas antífonas que la liturgia nos ofrece que nos llenemos de la Sabiduría de Dios, que nos veamos liberados de la cautividad del pecado y de las tinieblas de la muerte, que nos veamos iluminados por su luz. Y pediremos con insistencia que venga pronto el Señor con su salvación. Ven pronto, Señor, no tardes, le diremos una y otra vez.

La gente estos días se afana con muchas cosas; son muchos los preparativos, pero que se quedan muchas veces en cosas materiales con la mejor buena voluntad. Es hermosa toda la ornamentación que hagamos como un signo de nuestra alegría y como una señal clara de lo que estamos celebrando. Son hermosos esos deseos de paz y de felicidad que nos expresaremos mutuamente y que las familias hagan sus preparativos para ese bonito encuentro en el hogar de todos. Pero no olvidemos preparar nuestro corazón, limpiarlo de la suciedad del pecado buscando la gracia que el Señor nos ofrece en los sacramentos, y en especial en el sacramento de la penitencia. Que los otros preparativos no nos hagan olvidar el que es más importante para que en verdad Dios pueda nacer en nosotros.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Yo envío mi mensajero delante de ti…


Is. 54, 1-10;

Sal. 29;

Lc. 7, 24-30

‘Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti’. Era lo anunciado por los profetas que el evangelista recuerda a partir de las palabras de Jesús que habla de Juan de alguien que es más que profeta.

Lo podemos considerar como el último de los profetas del Antiguo Testamento, pero hemos de reconocer que está como con un pie ya en el Nuevo Testamento porque es el que viene inmediatamente antes que el Mesías. Por eso lo llamamos el Precursor, el que viene antes y viene señalando. Así lo señalará a los que van a ser los primeros discípulos de Jesús: ‘Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.

Pero Jesús dirá más, porque ‘entre los nacidos de mujer os digo que nadie es más grande que Juan’. Hermosa alabanza, como hermoso es el testimonio que nos ofrece de su humildad para desaparecer y para dar paso a aquel a quien El anuncia.

Hermosa alabanza, sí, a quien veremos desaparecer cuando señala el camino. El no es el camino sino quien ha venido a preparar los caminos. Cuando viene una embajada de Jerusalén preguntando si es el Mesías, si es un profeta, por qué bautiza si no es Elías ni el profeta ni el Mesias, él responderá: ‘Yo soy la voz del que clama en el desierto; allanad el camino del Señor’.

No es sino la voz que señala donde está verdaderamente la Palabra. ‘La Palabra es la luz verdadera que con su venida al mundo ilumina a todo hombre’. No es Juan la luz sino el que viene a dar testimonio de la luz. ‘Vino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan, nos dice el principio del evangelio de Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran en él. No era él la luz sino testigo de la luz’.

Es el testigo pero que se siente pequeño, porque su misión no es crecer sino anunciar y dar paso. ‘Yo no soy el Mesías, dirá, sino que he sido enviado como Precursor… El amigo del esposo que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oir la voz del esposo, por eso mi alegría se ha hecho plena. El debe crecer, ser más importante, yo debo menguar…’

Por eso nos dirá: ‘detrás de mi viene uno que ha sido colocado delante de mí, porque existía antes que yo. Yo mismo no lo conocía; pero la razón de mi bautismo era que El se manifestara a Israel… no soy digno de llevarle las sandalias’, terminará diciendo en su humildad. Por eso nos dirá: ‘Yo bautizo con agua pero El os bautizará con Espíritu Santo y fuego…’

¡Qué hermosa la humildad del Bautista! ¡Qué manera más hermosa nos está dando para que preparemos nosotros los caminos del Señor! Caminos de humildad, caminos de sencillez, caminos de servicio. Será lo que luego nos enseñe Jesús en el Evangelio.

Muchas más cosas podríamos decir de la Palabra hoy proclamada, porque es hermoso también lo que nos dice Isaías con esa llamada a la conversión y ese recuerdo que nos hace la misericordia del Señor dispuesto siempre a perdonarnos porque nos ama. ‘Con misericordia eterna te quiero, dice el Señor, tu redentor… Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia, ni mi alianza de paz vacilará, dice el Señor que te quiere’.

Acerquémonos a Jesús para conocerle

Is. 45, 6-8.18.21-26;

Sal. 84;

Lc. 7, 19-23

Volvemos a escuchar la pregunta de los discípulos de Juan a Jesús, ahora en el relato de san Lucas. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de buscar a otro?’ ¿Quién eres tú?

Es la pregunta que planea por todo el evangelio. ¿Quién eres tú? ¿Quién es este hombre que habla con tal autoridad? ¿Quién es este hombre que realiza tales maravillas? ¿Quién es este hombre que se manifiesta con tal poder hasta para perdonar pecados? ¿Quién es? ¿Un profeta? ¿El Mesías anunciado y esperado? ¿El caudillo que liberara a Israel de la opresión de pueblos extranjeros? ¿Un hombre como los demás o Dios venido a estar en medio de nosotros?

No rehuye la pregunta Jesús porque realmente quiere que nos lo preguntemos y lleguemos a conocerlo, pero ahora más que con palabras responde con hechos, con signos, con milagros que quieren significar mucho, con su manera de estar y de acercarse a nosotros. ‘El que pasó haciendo el bien’ como un día Pedro proclamara.

Tenemos que acercanos a Jesús para conocerle. Es importante. Está en juego nuestra salvación. Miremos sus obras y escuchemos sus palabras. Dejemos que su Espíritu llegue a nuestro corazón y dejémonos conducir por El para llegar al conocimiento pleno. Caminemos tras sus pasos y dejémonos inundar por su vida. Contemplemos sus obras de amor y dejémonos cautivar por su amor.

‘Id a anunciar a Juan lo que habéis visto y oído’. Da vista a los ciegos pero para que todos podamos contemplar su luz, porque El es la luz del mundo.

Levanta y hace caminar al paralítico para que nos pongamos en camino, su camino y lleguemos a encontrar su verdad, quien nos dice que es el Camino y la verdad y la vida.

Limpia de la suciedad de la lepra al leproso porque no quiere ningun signo de muerte o de mal en nosotros y para eso nos perdona los pecados, lavándonos con su sangre derramada en la Cruz.

Abre los oídos a los sordos para recordarnos cómo tenemos que escuchar su Palabra, escucharle a El, que es Palabra de salvación y de vida.

Hace resucitar a los muertos porque no quiere que permanezcamos en la soledad y la hondura del sepulcro y de la muerte sino que tengamos vida para siempre.

A todos se nos anuncia una buena noticia, una noticia de alegría y de esperanza porque comienza un mundo nuevo, porque podemos tener una vida nueva donde desaparezca para siempre el luto y el dolor, porque ha comenzado el Reino de Dios, porque todos nos sentimos amados por un Dios que es nuestro Padre y nos ama con locura de amor.

Es Jesús, nuestra luz, nuestra vida, nuestra salvación; es Jesús el que nos reconcilia con el Padre y nos otorga para siempre el perdón de nuestros pecados; es Jesús nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida que no podemos nunca abandonar; es Jesús que el rostro más hermoso de Dios que podemos contemplar; es Jesús, el Hijo de Dios, a quien ahora vamos a contemplar nacer niño en Belén, pero a quien contemplaremos dando su vida por nosotros para que tengamos vida para siempre, para darnos la salvación, para hacernos hijos de Dios.

‘Cielos, destilad vuestro rocío, rezamos con Isaías; nubes, derramad la victoria, destilad al justo; ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia…’ Que llegue Jesús a nuestra vida; que nos llegue la gracia y la salvación; que se abra de verdad nuestro corazón para vivir a Dios.

martes, 14 de diciembre de 2010

El hijo que hizo de verdad lo que quería el padre aunque pareciera rebelde


Sof. 3, 1-2.9-13;

Sal. 33;

Mt. 21, 28-32

‘¿Quién de los dos hijos hizo lo que quería el padre?’ Tantos dicen pero no hacen. Es cierto que el primero parecía a primera vista rebelde y desobediente. Su primera reacción fue decir ‘no’, pero se arrepintió e hizo lo que el padre pedía. Ya vemos el otro, de entrada buenas palabras, pero en la realidad fue el desobediente. Un arrepentimiento a tiempo es importante.

Jesús quiere destacar la actuación del Bautista, que fue capaz de mover a la conversión a los que se consideraba los peores pecadores mientras que los que se consideraban justos no hicieron nada para acercarse al Reino de Dios que Juan anunciaba que era inminente. ‘Vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creístes; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y asún después de ver esto, vosotros no os arrepentísteis ni le creísteis’.

El profeta Sofonías nos hablaba en nombre del Señor: ‘Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora. No obedecía a la voz, no aceptaba la instrucción, no confiaba en el Señor, no se acercaba a Dios’. Una descripción del pecado: huída de Dios, desobediencia, desconfianza, falta de fe, rebeldía, hipocresía, mentira… De ello nos habla la profecía. Es lo que tenemos que reconocer que hacemos tantas veces. Estamos diciendo no a Dios, como aquel hijo del que habla la parábola.

Pero viene el Señor que nos purifica porque nos perdona – ‘daré a los pueblos labios puros’ – y podemos y tenemos que invocar el nombre del Señor. Reconocemos nuestro pecado y el Señor transformará nuestro corazón soberbio y orgulloso que incluso pretendía ocupar el lugar de Dios. Reconoceremos finalmente que El es nuestro único Dios y Señor.

‘Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, que confiará en el nombre del Señor…’ Pueblo pobre y humilde que busca la justicia y la santidad; pueblo pobre y humilde que se goza con los mandamientos del Señor; pueblo pobre y humilde que se confía en el Señor y vive siempre alabando el nombre del Señor.

Pueblo pobre y humilde, como nos enseñará Jesús en el evangelio, que será el preferido del Señor; pueblo pobre y humilde que será dichoso porque ‘de ellos es el Reino de los cielos’ como proclamará Jesús en las Bienaventuranzas.

En nuestro camino de Adviento, escuchando la voz del Bautista que viene a preparar los caminos del Señor, nuestro primer paso ha de ser el querer convertirnos al Señor. Ver ese ‘no’ que tantas veces le hemos dado al Señor de nuestra vida con nuestro pecado para darle la vuelta y convertirlo en un ‘sí’ de querer escuchar a Dios, seguir su camino, cumplir los mandamientos del Señor.

Mirémonos con sinceridad y no nos creamos ya justificados. Esa palabra que el Señor nos dirige es una palabra dicha directamente a nosotros, a nuestra vida y espera una respuesta: la conversión, la vuelta al Señor, porque en no todo somos fieles y nuestra vida está llena de flaquezas y debilidades. Con la gracia del Señor podremos seguir sus caminos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

La autoridad de Jesús, el Hijo de Dios y nuestro verdadero Salvador

Núm. 24, 2-7.15-17; Sal. 24; Mt. 21, 23-27

En el evangelio vemos continuamente que la gente se preguntaba por Jesús al tiempo que se sentía admirada por los milagros que Jesús hacía o su doctrina. Muchos se entusiasman con El y quieren seguirle por todas partes. Sin embargo hay otros a los que les cuesta aceptar lo que hace Jesús y sus enseñanzas. Ya hemos escuchado en ocasiones su malicia para ver hasta el maligno detrás de las cosas que hace Jesús, sus milagros.

Hoy en el evangelio contemplamos cómo ‘mientras Jesús enseñaba en el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: ¿con qué autoridad haces esto?’ Jesús no era un letrado reconocido como Maestro de la Ley por los judíos porque no habría pasado por sus escuelas rabínicas. Sin embargo enseñaba en el templo como en esta ocasión, en las sinagogas como le vemos muchas veces, o al pueblo allí donde se congregara. ‘¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ le preguntan.

Jesús está viendo la malicia de su corazón porque no le aceptan, porque no quieren reconocer su mensaje ni que Dios está actuando en sus obras. Pero Jesús, por decirlo así, les quiere coger en sus propias palabras. De ahí esa pregunta por el sentido del Bautismo de Juan. Sabe Jesús que no le van a responder porque se verían cogidos por un lado o por otro, respondieran una cosa u otra, porque el pueblo admiraba a Juan y lo había tenido como un profeta.

Jesús tampoco les responderá a su pregunta. La autoridad de Jesús está bien por encima de todo lo que ellos pudieran hacer o pensar. Su autoridad no le venía dada por ningun poder humano. El Espíritu del Señor estaba sobre El y lo había ungido y lo había enviado a anuncar la buena noticia de salvación, de liberación porque con El venía la amnistía, el perdón, el año de gracia del Señor.

Nosotros sí reconocemos la autoridad de Jesús porque nosotros sí lo reconocemos como el Hijo de Dios y como nuestro Salvador. Para nosotros su Palabra sí que es una Palabra de vida y de salvación que queremos escuchar, que queremos llevar a lo hondo de nuestra vida para plantarla profundamente en nosotros y que dé fruto.

‘Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas, haz que camine con lealtad, enséñame porque tu eres mi Dios y mi salvador… tú que enseñas el camino a los pecadores, haces caminar a los humildes con rectitud, enseñas el camino a los humildes’. Así hemos rezado en el salmo; así reconocemos el valor de la Palabra del Señor en nuestra vida; así queremos caminar por sus caminos, no queremos abandonar sus sendas que nos llevan a la vida y a la salvación.

Decir por otra parte que este texto del evangelio hace referencia al bautismo de Juan, a su figura y a su misión; propio de este tiempo del Adviento donde tenemos como referencia la figura del Bautista como Precursor del Mesías y como aquel que venía a preparar los caminos del Señor. Nosotros también queremos escuchar el mensaje de Juan mientras nos preparamos para la celebración de la navidad.

Los oráculos de Balaán que hemos escuchado en la primera lectura son también un anuncio mesiánico en la referencia a la estrella de Jacob y al cetro de Israel, signos del Reino de David, de cuya descendencia había de nacer el Mesías. Recordemos las palabras del anuncio del ángel a María. ‘El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin’. Quien había sido llamado para que maldijera al pueblo peregrino por el desierto, impulsado por el Espíritu del Señor profetizará anunciando el nacimiento del Mesías precisamente en aquel pueblo que ahora peregrinaba hacia la tierra prometida.

domingo, 12 de diciembre de 2010

¿Es Cristo en verdad la salvación que todos esperamos?

Is. 35, 1-6.10;

Sal. 145;

Sant. 5, 7-10;

Mt. 11, 2-11

‘Estas viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo’, decíamos en la oración de este tercer domingo de Adviento.

Y ya se nos va adelantando la alegría de la Navidad que llega. No pienso sólo en ese ambiente consumista y demasiado comercial que nos rodea a pesar de los momentos difíciles por los que pasa nuestra sociedad, sino pienso en la alegría honda de los cristianos que llenos de esperanza nos preparamos a celebrar con el mejor sentido el nacimiento del Señor.

Este tercer domingo tiene ya esos aires se alegría que se nos manifiestan en las antífonas y los diferentes textos de la liturgia. Una alegría nacida de la esperanza de salvación que nos anima y una alegría en los pasos de conversión y purificación que vamos dando.

La liturgia vuelve a presentarnos al Bautista. Pero en esta ocasión, escuchamos en el evangelio, está encarcelado por Herodes y desde allí envía a sus discípulos a preguntar a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?’ Por muchas razones podemos entender esta pregunta de Juan, quien lo había señalado allá en el Jordán como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ porque había visto la gloria del Señor manifestarse sobre El después del Bautismo.

Quizá para que sus discípulos entendieran también que Jesús era el Mesias esperando porque en El se cumplían las Escrituras, como un día lo habían entendido Andrés y Juan que sí se habían ido con Jesús. Quizá porque a él mismo le entraban dudas al ver la forma distinta de actuar de Jesús de lo que había pensado e incluso anunciado. En la respuesta de Jesús, más que con palabras con signos, podemos entenderlo. ‘Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído?’, les responde Jesús.

Quizá también, es posible, porque esa pregunta es de alguna manera una pregunta que nosotros hoy, nuestro mundo hoy se pueda seguir haciendo. ¿Tenemos que seguir esperando hoy un salvador o ya no lo necesitamos? Una pregunta o interrogante muy serio y yo diría importante. ¿Qué salvación espera el mundo de hoy, esperan los hombres de hoy? En la confusión de las gentes en los tiempos de Jesús quizá esperaban caudillos que le dieron libertad e independencia al pueblo de Israel frente a pueblos extranjeros. Es posible que en nuestro mundo tan materializado en el que vivimos lo que esperamos – al menos para muchos - es simplemente solución a esos problemas económicos o sociales que nos afectan.

Pero ¿cuál sería esa salvación? Porque a pesar de todo hay otras ansias más hondas en el corazón del hombre que muchas veces se ven acalladas y silenciadas en nuestros temores o en nuestros agobios. Quizá se buscan señales de algo nuevo y distinto que nos dé hondura a la vida, que sacie aspiraciones hondas, o que eleve nuestro espíritu en búsqueda de algo más alto o más espiritual. En el fondo pudiera ser que el hombre tuviera hambre de Dios sin saberlo reconocer y necesite unos signos o unos testigos que nos eleven o que nos hagan soñar en algo mucho más hermoso.

Creo que en lo que dice Jesús a los enviados de Juan podemos vislumbrar una respuesta. Jesús se había puesto a curar a los enfermos, a dar vista a los ciegos, a hacer caminar a los inválidos, a limpiar a los leprosos, había dado la vida a los muertos y se les anunciaba una buena noticia a los pobres. ‘Id y decir a Juan lo que habéis visto y oído’, les dice Jesús a los enviados.

A la pregunta sobre la vida y la felicidad, que en fin de cuentas es la pregunta por una salvación que se espera, Jesús había respondido ofreciéndonos la posibilidad de hacer un mundo distinto: un mundo de amor donde nos sentiríamos hermanos, un mundo de perdón y de vida donde predomina la misericordia y la compasión, un mundo donde aprendiéramos a valorar lo que es verdaderamente importante para el hombre, un mundo de vida y no de muerte, un mundo que construiríamos en la paz verdadera alejando toda violencia, un mundo de acogida y de generosidad, un mundo de esperanza porque nos sentimos amados y seremos capaces de amar de verdad, un mundo en que nos sentiríamos también perdonados, un mundo que llamaríamos Reino de Dios porque en verdad tuviéramos a Dios como centro, como Rey y como Señor verdadero de nuestra vida. Por ahí camina la verdadera salvación que hemos de buscar y que Jesús nos ofrece.

Los discípulos de Juan podrían comprender la respuesta que habían de llevar al Bautista porque habían visto los signos de esa salvación en lo que Jesús hacía. Pues, os digo una cosa, el mundo que nos rodea podrá llegar a comprender la respuesta de esa salvación si ve en nosotros los cristianos esos signos reflejados en nuestra vida y en nuestras actitudes, en lo que hacemos y en lo que vivimos. Decíamos antes que el mundo busca señales y testigos. Nosotros con nuestro actuar, con nuestra forma de vivir nuestra fe, con la forma con que le vamos a dar sentido hondo a nuestra navidad, tenemos que ser esas señales, esos signos, estos testigos para el mundo que nos rodea.

Esas imágenes que nos ofrecía el profeta Isaías en la primera lectura son una hermosa descripción de ese mundo nuevo que en Cristo podemos construir. Todo se siente transformado. Y nos habla de la naturaleza que se transforma, pero nos habla también de esa transformación que se produce en el corazón del hombre; una fortaleza nueva y una alegría profunda llenan la vida del hombre porque viene el Señor, se manifiesta la gloria del Señor. Saltan todas las limitaciones que pueden mermar la vida del hombre, y todo sufrimiento se ha de mitigar. ‘Vendrán al Señor con cánticos, en cabeza, alegría perpetua, siguiéndolos gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán’.

Y dos cosas, por una parte en nuestro camino de Adviento y preparación para la navidad es por ahí por donde tenemos que caminar. Y si ponemos cada día un poquito más de vida en nuestro mundo porque nos amamos más, porque somos capaces de perdonarnos y ser misericordiosos los unos con los otros, porque compartimos más lo que tenemos para que nadie sufre a nuestro lado, si buscamos el bien y la verdad con la autenticidad de nuestra vida, podremos llegar a vivir una honda navidad.

Y por otra parte pidamos al Señor que se nos abran los ojos a nosotros y se abran los ojos a los que nos rodean, para que sean capaces de ver esas señales, esos signos que se dan de muchas maneras a nuestro alrededor, en tantas personas entregadas, en toda la acción que por el amor y la justicia realiza la Iglesia – cuantos cristianos comprometidos por los demás trabajando en tantas acciones como cáritas, los enfermos, los necesitados o los que sufren de alguna manera -. La gente se fija más en un mal ejemplo o en un mal testimonio que pueda surgir por aquí o por allá, pero no son capaces de ver cuánta gente sacrificada y llena de amor hay en la Iglesia trabajando por los demás.

Que en verdad nos sigamos preparando en este camino que estamos haciendo; y nos preparamos dando nosotros señales con nuestra vida de ese mundo nuevo que en Jesús podemos realizar para poder responder a esa pregunta de nuestro mundo que con Jesús viene en verdad la salvación y la vida nueva; y nos preparamos también purificándonos de todo pecado, como pedimos en las oraciones litúrgicas, para que lleguemos a celebrar la navidad , fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante.