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viernes, 18 de abril de 2025

Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

 


Nos acogemos a la sombra de la cruz porque en ella contemplamos lo que es el amor

Isaías,  52, 13-53,12; Sal, 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Juan 18, 1-19, 42

Todos ansiamos encontrar una sombra que son su brisa refrescante alivie los ardores del camino; hay lugares que nos pueden resultar más agradables y estaremos ansiosos por llegar a ellos para nuestro descanso y para recuperar las fuerzas que necesitamos para continuar hasta la meta que nos hayamos propuesto, sin embargo puede haber algunos que evitamos, que nos repugnan quizás porque nos pueden traer recuerdos de sufrimientos y dolores que no son siempre agradables.

Hoy queremos acogernos bajo una sombra especial porque sí sabemos que ahí vamos a encontrar esa vida que ansiamos y no la vamos a rehuir aunque nos recuerde lo dura y dolorosa que puede resultarnos muchas veces la vida, pero es que esa sombra para nosotros se convierte en luz que nos guía en nuestro sendero pero que además nos ilumina la mente y el corazón para comprender el verdadero sentido de la vida. Hoy nos queremos acoger bajo la sombra de la cruz.

Es una cruz muy especial que aunque su madera tenga la dureza del dolor y del sufrimiento, del sacrificio e incluso el aroma de la muerte, está regada de vida en la sangre de quien por amor en ella dio su vida por nosotros. Hoy queremos no solo contemplar sino también abrazar ese madero de la cruz que nos habla de entrega hasta la muerte, pero que nos habla de amor y nos llena de vida.

Miramos a lo alto para contemplar como en el espejo de los sufrimientos de la pasión y muerte de Jesús nuestra vida y nuestros sufrimientos, nuestras luchas y nuestros sacrificios, nuestros desánimos y cansancios tantas veces en ese camino de la vida que vamos haciendo y que no siempre nos resulta tan agradable, esos momentos oscuros por los que todos pasamos, pero mirando al que muere clavado en una cruz encontramos un sentido y una fuerza porque nos estamos encontrando el amor.

Es el amor que se convierte en brisa refrescante en ese ardor del camino, es el amor el que nos da sentido a nuestras luchas y a nuestros sufrimientos, es el amor que nos impulsa a seguir adelante en nuestras responsabilidades y en nuestras tareas, es el amor que viene a suavizar esas tensiones que pueden aparecer en las incomprensiones de nuestras relaciones, es el amor que viene a sanar las heridas del corazón que tantas molestias nos proporcionan, es el amor que va a poner dulzura en nuestra vida para dejar a un lado tantas amarguras, es el amor que fortalece nuestro animo y nuestro corazón para seguir amando y seguir dándonos por los demás, es el amor que nos llena de vida y nos hace sentir la satisfacción de lo bueno que vamos realizando para hacer que nuestro mundo sea mejor, es el amor que pone amplios horizontes en nuestra vida y nos hace caminar aunque ahora el camino nos parezca difícil y que nos hace encontrar salidas aun cuando todo nos parezca perdido, es el amor que nos hace llegar el perdón para tantos errores y tantas caídas que tenemos en el camino, es el amor que nos hace vivir de verdad.

Nos puede parecer que la cruz está envuelta por las sombras porque nos recuerda el dolor y el sufrimiento, pero la cruz es el rayo más luminoso que puede llegar a nuestra vida porque en ella encontramos a Jesús, porque en ella encontramos a Dios, porque en ella hemos encontrado la vida, por en ella encontramos el camino del perdón y de la reconciliación, porque de ella se desborda el amor, porque ella nos regala la paz. 

Es lo que contemplamos de manera especial en este día del Viernes Santo, que ya no puede ser para nosotros un día de luto y de tristeza. Leamos detenidamente hoy la lectura de la pasión de Jesús, pero más que leerla contemplémosla desde el corazón. Podemos, es cierto, sentirnos ensombrecidos por la muerte que siempre produce desgarros en el alma, pero como sabemos que detrás brilla el amor y la vida nuestro canto se llena de alegría, porque es un canto de triunfo; la muerte y el pecado han sido vencidos por el amor, vislumbrados detrás de la cruz las resplandores de la resurrección y de la vida. No temamos apoyarnos en la cruz porque de ella fluye la energía de la vida, ella desprende los ardores del amor.

jueves, 17 de abril de 2025

Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

 




Aprendiendo con Jesús a ceñirnos para ponernos a lavar los pies del mundo de los que nos rodean, secándolos con el paño del amor

Éxodo, 12, 1-8. 11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jun. 13, 1-15

‘No tengo palabras para agradecer, no tengo con que pagarte todo lo que has hecho por mi’, es la expresión agradecido con que alguna vez quizás nos hemos expresado ante lo que alguien ha hecho por nosotros. Recordaremos siempre agradecidos lo que han hecho por nosotros y cuando los traemos a la memoria los revivimos con tal intensidad como si en aquel momento estuvieran sucediendo.

De alguna manera pueden ser los sentimientos con que nosotros hoy nos podemos disponer a celebrar este día del Jueves Santo con el que comenzamos las celebraciones del triduo pascual. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?, diremos con el salmista en la celebración de este día. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

Son recuerdo pero es algo tan intenso que lo hacemos de nuevo vida en nosotros. No es como recordar hechos pasados sino que es algo que seguimos viviendo, seguimos sintiéndolo presente en nosotros, haciéndose vida nuestra. Hoy san Pablo en la Palabra de Dios proclamada recuerda aquella tradición recibida del Señor y lo hace de tal manera que la describe con todo detalle, como nosotros haremos hoy, pero como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía. Algo que no podremos quitar de nuestra vida, ese Cuerpo entregado por nosotros que por nosotros se hace pan y alimento de nuestra vida, esa Sangre derramada que sentimos seguir cayendo sobre nosotros para ser nuestra redención y nuestra salvación.

Será para nosotros ya para siempre el signo de la Alianza de amor de Dios con nosotros. No lo podremos olvidar, lo proclamamos como nuestro misterio de fe, nos hará sentir para siempre esa presencia de Dios con nosotros. Sentiremos para siempre la emoción del momento, nos sentiremos sobrecogidos ante el misterio, pero rebosaremos con la alegría nueva que nace en nosotros  en la seguridad de la presencia del Señor.

Por eso tiene tan emotivo significado la celebración del Jueves Santo para los cristianos, estamos celebrando la Cena del Señor, no estamos haciendo un recuerdo, lo estamos viviendo ahora misteriosamente como si fuéramos alguno de aquellos discípulos del Señor que en aquella noche estuvieron en aquella cena pascual. Es lo bonito de nuestra fe porque nos introducimos en el misterio, dejamos que nos envuelva ese misterio de Dios, dejamos que se inunde nuestro corazón de esa presencia de Dios.

Pero en ese recuerdo y en esa vivencia están los gestos y los signos con los que Jesús quiso comenzar aquella cena y que nosotros también tenemos que estar realizando. Antes de comenzar aquella cena pascual que tanto había deseado Jesús, consciente del momento, consciente de que había llegado la Hora, se despojó de su manto, se ciñó un paño a su cintura y se puso a lavar los pies a cada uno de los presentes, y  nos dice también el evangelista, secándoselos con el paño que se había ceñido.

Es bien significativo. Pedro porfiará que no se dejará lavar los pies porque eso no es tarea del Maestro sino de los servidores. Pero Jesús les lavará los pies a todos y cada uno sin diferencia ni distinción. ‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le dice a Pedro. Se ciñe el que se dispone a trabajar para que sus vestiduras no le sean un tropiezo en la tarea que va a realizar. Jesús se ciñe que no es solo para ese momento significativo de lavarles los pies sino por lo grande que va a realizar.

Está emprendiendo el camino que le llevará a la cruz, que tendrá que cargar sobre sus hombros hasta el Calvario. Está señalándonos también lo que tiene que ser el camino de nuestra vida y nosotros por la fe sí queremos tener parte con El. Por eso nos dirá que si El, el Maestro y el Señor, se ha ceñido para lavarles los pies, es lo que nosotros también tenemos que hacer. Luego nos dirá que se mandamiento es el del amor. Ahora nos está enseñando a ceñirnos nosotros para cumplir ese mandamiento, porque también tenemos que ir lavando los pies, porque también con ese paño que llevamos ceñido tenemos que irlos secando como lo hizo Jesús.

Que no fue solo de aquella noche, es lo que le hemos venido viendo hacer en cada página del Evangelio. ¿No era Jesús el que se acercaba al paralítico que se sentía abandonado en la piscina, o se detenía junto al camino para poner el barro amasado con su saliva al ciego que mandaba a Siloé a lavarse? ¿No era el que dejaba que le rompieran el techo de la casa para que llegara a sus pies el paralítico o tocaba con su mano al leproso que se acercaba a El para curarse? ¿No era El quien se ponía en camino a casa de Jairo o quería ir a la casa del centurión, o se dejaba tocar la orla del manto por la mujer llena de impureza por sus hemorragias? ¿No era el que sentaba tanto a la mesa de Simón el fariseo como comía también con los publicanos y las prostitutas?

Eso que he hecho con vosotros, para que vosotros también lo hagáis. ‘¿Cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?’ también como Pedro hoy le vamos a decir ‘no solo los pies… lávanos, Señor’, que lo necesitamos porque tantas veces nos cuesta ceñirnos para ponernos en tu camino. No es cualquier cosa lo que hoy Jueves Santo celebramos. Hoy es un día especial del Amor que tenemos que hacer vivo y presente en el día a día de nuestra vida. ‘Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor’.

miércoles, 16 de abril de 2025

Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

 


Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Hay momentos que son de preparativos; es un acontecimiento que se avecina y al que queremos darle la importancia que juzgamos que ha de tener y allá nos creamos comisiones de trabajo para que todo este a punto, para que lo tengamos todo preparado, nos trazamos planes, vemos las cosas que son necesarias, lo que no nos puede faltar lo buscamos por donde sea, nos hacemos listas de las cosas que necesitamos; pero es la madre que prepara la comida para sus hijos que se reúnen y quiere ofrecerles lo mejor y allá anda afanada con las comidas, con los adornos de la casa, la preparación de la mesa y no sé cuantas cosas más; es un viaje que vamos a emprender y reunimos todo aquello que creemos necesitar aunque no nos quepa en las maletas, hacemos previsiones de todo tipo, pero queremos tenerlo todo preparado y que no nos falle nada.

¿Preparativos de qué? ¿Preparativos de las cosas que creemos necesitar para ese acto? ¿Cuál tendría que ser lo importante que preparemos? Quizás sea bueno hacernos estas preguntas pero no solo para cosas como hemos querido reflejar en unos ejemplos anteriormente sino en este momento presente que vivimos como cristianos. También llega la hora de los preparativos ahora que estamos en semana santa en vísperas ya de celebrar la pascua. En otros tiempos nuestras madres nos preparaban la ropa de la semana santa que además quizás había la costumbre de estrenar algo. ¿En qué andamos afanados? ¿Será lo más importante lo que nos ocupa en la preparación de estos días?

El evangelio hoy nos ayuda. Se acercaba el día de celebrar la cena de pascua, están por Jerusalén lejos de sus viviendas habituales, y es la pregunta que le hacen al Maestro. ‘¿Dónde quieres que te prepararemos la Pascua?’ Jesús les da instrucciones muy concisas de cómo llegar a la persona que les ofrecería el sitio para la cena pascual. Los discípulos encontraron todo como les había dicho Jesús y allí lo prepararon.

Pero el evangelio nos dice algo más de esos preparativos. Ya Judas Iscariote se había dejado ver con los pontífices para ver en lo que quedaban para entregarle; las gestiones estaban hechas. Al comienzo de la cena Jesús manifiesta la congoja que lleva en el alma. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Como hemos comentado en otra ocasión la inquietud queda sembrada en todos los presentes. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ todos se preguntan y le preguntan. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Pero todos estaban comiendo del mismo plato, porque eran las costumbres y era la forma de comer el cordero pascual. ¿Estaban todos provocando esa entrega? Una buena pregunta para que nos miremos por dentro, como les estaba sucediendo en aquel momento al grupo de los apóstoles sentados a la mesa con Jesús.

Conocemos la conclusión del relato del evangelio, pero nosotros nos tenemos que quedar con esas preguntas que han ido siendo base y carril por donde va discurriendo esta reflexión que nos tenemos que hacer en estos momentos en que también nosotros nos disponemos a celebrar la Pascua.

La pregunta que nos hacemos más que en donde es decirnos como vamos a celebrar la Pascua y también como yo soy actor de esa Pascua. Ni nos podemos quedar fuera contemplando a los otros ni nos podemos quedar en las cosas que hemos de preparar. Demasiado tiempo le dedicamos estos días a las cosas, a los preparativos de las cosas y quizás no estemos pensando en cómo hemos de prepararnos nosotros. Soy yo también actor en esa Pascua, pero no como una representación a la manera de teatro que tengamos que hacer sino en la medida en que con Cristo nosotros también vamos a subir al Calvario, a la cruz, a pasar por la muerte. Si no lo hacemos así no llegaremos a la Pascua, seguiremos siendo unos espectadores o unos tramoyistas que preparan cosas para que otros contemplen o vivan.

¿Estaré dispuesto de verdad a vivir toda la Pascua con Jesús pasando de la muerte a la vida, asumiendo la cruz en todo su sentido clavada a nuestra vida para poder llegar a la resurrección de una nueva vida? Muchas cosas, algunas veces inesperadas o no deseadas van apareciendo en nuestra vida que tienen que convertirse en Pascua en nosotros.

martes, 15 de abril de 2025

A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 


A pesar de nuestras oscuridades, negaciones y traiciones, tenemos que recordar que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros

 Isaías 49, 1-6; Salmo 70; Juan 13, 21-33. 36-38

El camino de la vida no es siempre fácil; aparecen los cansancios y los desánimos, momentos de dificultad y de sufrimiento ante los problemas que no nos faltan, ante la situaciones de enfermedad que van surgiendo, en los encontronazos que vamos teniendo en la vida porque la convivencia no es fácil, porque no siempre nos entendemos, porque afloran resentimientos y orgullos mal curados; nos sentimos débiles, nos sentimos solos en ocasiones, no nos parece que seamos escuchados en nuestras suplicas, y nuestro corazón se llena de tormento y de desesperanza. Nos preguntamos muchas cosas, muchos por qué que no entendemos, y tenemos el peligro de verlo todo sin sentido y la tentación incluso de tirar la toalla.

El cántico del siervo de Yahvé que se nos ofrece en la primera lectura es ese cántico atormentado por el que nosotros a veces pasamos en la vida. Sin embargo aquel siervo de Yahvé se siente llamado desde las entrañas de su madre a una misión que Dios le va a confiar, se sabe elegido y amado de Dios, aunque ahora no entienda por lo que está pasando y por eso se hace muchas preguntas.

Como nosotros tantas veces en la vida, porque lo sabemos, que Dios nos ama y que también nuestro lugar en la vida tiene un sentido y una misión, aunque muchas veces nos sintamos envueltos en esas tinieblas de duda y de tentación. Es de donde tenemos que levantarnos sin perder la fe y la esperanza, porque Dios ha puesto una luz en nuestro corazón con la que también tenemos que alumbrar a los demás. Es momento de reavivar nuestra fe, de sacar a flote nuestra esperanza, de continuar firmes nuestros pasos en el camino para cumplir nuestra misión en la tierra.

¿Pasaría Jesús por esos momentos de oscuridad antes de comenzar su pasión? Lo que hoy nos relata el evangelio son partes de lo acaecido aquella noche en la cena pascual. Podíamos decir que hay un momento de desahogo de Jesús. Lleva tiempo con aquellos discípulos a quienes ha querido constituir apóstoles porque van a ser sus enviados, a ellos les va a confiar una misión. ¿Cómo andan los ánimos de los discípulos ahora que barruntan que algo especial va a suceder, porque no entienden a pesar de lo claro que Jesús les ha hablado tantas veces?

Nos dice el evangelista que ‘estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar…’ De alguna manera también los discípulos se quedan desconcertados. ‘Se miraron unos a otro perplejos porque no sabían lo que decía’. Se cruzan las miradas llenas de perplejidad e interrogantes, como las señas que le hará Pedro a Juan que estaba más cerca de Jesús, casi recostado sobre su pecho. ‘Señor, ¿quién es?’ Dolor, sentimiento de traición, desilusión, fracaso, frustración, abandono… ¿será un adelanto de lo que va a ser su oración en Getsemaní?

Jesús solamente tomará un trozo de pan untado que se lo da Judas diciéndole ‘lo que tienes que hacer hazlo pronto’. Judas se marchará a la noche, significativa imagen de la noche de la traición en la que se había sumergido, pero los discípulos siguen sin entender. Pedro, como siempre en su fervor por Jesús, porfiará que está dispuesto a dar la vida por Jesús, que sin embargo le anunciará que antes que el gallo cante – el canto de la madrugada antes de que amanezca de nuevo la luz del día, cosa bien significativa – le habrá negado tres veces.

Pero Jesús habla de que ha llegado la hora de la glorificación. ‘Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará’. Lo que parece que pudieran ser momentos de sombras y de tinieblas es sin embargo donde va a manifestarse la gloria de Dios. En el Tabor, en aquel momento sublime en que se manifestaba en su transfiguración la gloria del Señor, sin embargo Jesús con Moisés y Elías hablaban de la pasión que Jesús iba a sufrir. Y en aquel momento se escucharía la voz desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Y ahora se va a manifestar lo que es ese amor de Dios, que tanto nos ama que nos entrega a su Hijo para nuestra salvación. Es su misión, la misión del enviado del Padre, manifestarnos el rostro amoroso de Dios.

A pesar de nuestras oscuridades, a pesar de los sinsabores a los que tenemos que enfrentarnos en la vida ¿no tendríamos que recordar también que somos hijos amados de Dios y que la gloria del Señor está también en nosotros? ¿No será esa la fuerza que nos hará levantarnos de nuestros cansancios y nuestros desánimos?

lunes, 14 de abril de 2025

Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

 


Detente en tu camino y mira a quienes están al borde y con quienes nadie habla o a quienes nadie escucha, cuánto perfume podemos derramar

Isaías 42, 1-7; Salmo 26;  Juan 12, 1-11

Cuando a nuestro lado alguien hace algo que no cae dentro de nuestros esquemas tenemos la tentación de minimizar aquello que haya hecho o incluso a la persona que lo ha hecho, porque nos puede parecer que son cosas de gente simple, gente que no consideramos a nuestra altura o pensamos que haciéndolo a nuestra manera o si lo hacemos nosotros sí tendría valor o podría ser significativo; es como si solo nosotros sabemos hacer las cosas bien y que tienen su valor. Descartamos lo que pudieran hacer los que no piensan como nosotros y si estuviera en nuestras manos lo destruiríamos; así vamos por la vida destruyendo en lugar de construir, arrimando a un lado lo que es obra de nuestros oponentes en lugar de aprovechar lo bueno que siempre podemos encontrar; siempre vemos torcidas intenciones en lo que hacen los otros cuando quizás seamos nosotros los que tenemos el corazón retorcido.

El hecho que nos narra hoy el evangelio sucedió después de lo del episodio de la resurrección de Lázaro; la familia le ofrece una comida a Jesús y a sus discípulos; ¿una forma de mostrar su gratitud por las maravillas que Dios obró en ellos a través de la acción de Jesús? La hermana de Lázaro que en otras ocasiones que había quedado postrada a los pies de Jesús para no dejar de escucharle, es ahora la que de nuevo se postra a sus pies pero para ungírselos con un caro perfume.

Podríamos pensar en una forma de realizar el gesto de la hospitalidad de ofrecer agua y perfumes a los huéspedes recibidos en casa, como eran tan propio de las gentes de aquel tiempo. Pero aquel perfume era tan intenso, lo que significaría lo costoso que podría haber resultado, que los envolvió a todos en la sala y de ahí surgirían los comentarios como suele suceder.

Pero el comentario que podría hacer más daño fue el de Judas Iscariote. Aquello parecía un derroche de dinero innecesario; cuántas cosas buenas se podían hacer con el precio de aquel perfume, a cuántos pobres se podría alimentar. Pero ya el evangelista hace un apunte a estas palabras del Iscariote ‘Esto lo dijo no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como tenía la bolsa, se llevaba de lo que iban echando’. Es también lo que en principio habíamos comentado, cuando las cosas de los demás no van en consonancia con nosotros qué prontos estamos para desprestigiar, para quitar valor, para restarle importancia a los gestos que entonces para nosotros nos pueden parecer innecesarios.

Pero importantes son las palabras de Jesús. ‘Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis’. Jesus sí valora el gesto de aquella mujer como un día también había valorado el gesto de la mujer pecadora que también le había no solo lavado los pies con sus lágrimas sino que también se los había ungido. Valoraba el valor de aquella mujer que se sentía pecadora pero que ahora envolvía su vida con el manto del amor. Había amado mucho, como ahora también María de Betania.

Algunas veces se interpretan estas palabras de Jesús para gastarnos dineros y esfuerzos en vanas ostentaciones, en la riqueza de unos ornamentos o en los gastos en flores que hagamos por ostentaciones y vanidad en nuestras iglesias en muchas ocasiones. Lo mejor para el Señor, decimos. Y está bien, pero ¿qué es lo mejor y lo más valioso?

¿No nos estará señalando la Palabra de Dios escuchada a los pobres a los que tendríamos que ungir? Es cierto que recordamos aquello otro del evangelio de que vendamos lo que tengamos para repartirlo entre los pobres para tener un tesoro en el cielo, pero algo más que dinero podemos y tenemos que ofrecer que muchas veces nos pueda resultar más costoso. Quizás damos una limosna pero no miramos a los ojos del aquel con quien compartimos. ¿Será esa la forma de hacerlo? Detente más en el camino de la vida y ponte a hablar con el caminante o con aquel que está al borde de ese camino. Si fuéramos más atentos por la vida nos daríamos cuenta de la cantidad de personas que están al borde del camino con quienes nadie se detiene, con quienes nadie habla, por quienes nadie muestra interés. Cuántas soledades podemos encontrar, cuantos desahogos que escuchar, cuántas palabras buenas que podemos decir, cuántos silencios podemos compartir, cuánto perfume tenemos que derramar.

domingo, 13 de abril de 2025

Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

 


Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

¿Podríamos decir que estamos contemplando un mosaico? Aunque de forma ordinaria y popular llamamos mosaicos a las piezas con que adornamos o alicatamos nuestros pisos y paredes, sabemos bien que un mosaico esta formado por diferentes piezas de variados colores con los que realizamos la composición de una imagen con sus luces y con sus sombras de una forma, diríamos, artística y de gran belleza. Pues bien, así quiero pesar cuando escuchamos este relato que hoy nos ofrece la liturgia en este domingo de Ramos en la pasión, pero un mosaico donde podemos entremezclar, vamos intercalando las piezas de nuestra vida con esos momentos de la pasión que en este texto del evangelio de san Lucas se nos relata.

Hay como una serie de contraposiciones en este texto que bien van reflejando lo que es el camino de nuestra vida en contraste con el evangelio de Jesús. Momentos de tragedia como momentos de entusiasmo y euforia, momentos grandiosos de luz que contrastan con otros momentos de sombra como lo es la vida misma, una solemnidad por el momento trascendental que se vive contrapuesto con esos pasos renqueantes que vamos dando tanta veces cuando nos dejamos adormilar por la vida o cuando no somos valientes para afrontar con decisión el momento en que hemos de dar la cara, testimonio que nos ofrecen los que menos podrían parecer proclives a estar en el lado de Jesús, mientras los que nos decimos que seriamos capaces de dar la vida por Jesús nos escondemos o negamos que estamos del lado de Jesús.

Comienza el relato diciéndonos Jesús cuanto ha deseado llegar a este momento de la Pascua que es como una primera invitación que nos hace para que nos dispongamos en este comienzo de la semana de pasión a desear vivir y celebrar también con intensidad esta Pascua, en concreto la de nuestra vida y en este año. Y es Jesús quien nos deja la forma de vivirla y celebrarla, en su Cuerpo entregado que se hace Pan de vida para nosotros y en su Sangre derramada como signo de esa entrega que nosotros hemos de vivir. Es el estilo del servicio que Jesús nos ofrece como sentido de vida, de la suya y de la nuestra. ‘Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’. Por eso nos dirá que ‘el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve’, como tantas veces nos había enseñado a lo largo del evangelio.

Es fácil en un momento de fervor hacer propósitos y promesas. Tras lo que iban viviendo en aquella cena pascual y los anuncios y las palabras de Jesús estamos prontos para los buenos propósitos. ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte’, son las palabras de Pedro, pero pronto será el primero que se duerme en Getsemaní en los momentos de la oración de Jesús - ¿no le había sucedido algo así también en el Tabor cuando Jesús los llevó para orar en lo alto de la montaña? – y cuando llegue el momento de dar la cara negará incluso el conocer a Jesús. ¿No nos dice nada de nuestros altos y bajos, de los momentos de entusiasmo cuando parece que todas las cosas marchan bien y de los momentos de decaimiento y zozobra cuando aparece la oscuridad del sufrimiento?

Podríamos seguir haciendo así una lectura detallada en confrontación con nuestra vida de cada uno de los momentos de la pasión de Jesús. Nos daría para abundantes y profundas reflexiones. Vamos a fijarnos brevemente en algunos de los momentos de Jesús en la cruz y en sus palabras. Quien cuando había proclamado en las Bienaventuranzas la meta ideal del que es su discípulo y le sigue señalándonos que los misericordiosos alcanzarán misericordia y casi como una primera consecuencia el que tenemos que ser misericordiosos con los demás amando incluso a los enemigos, ahora mientras lo crucifican pide al Padre perdón y misericordia para quienes lo están clavando al madero ‘porque no saben lo que hacen’. Es la piedra preciosa del mosaico que nos manifiesta lo que es el rostro misericordioso de Dios frente a nuestro corazón endurecido que de tantos abismos de rencores y resentimientos vamos llenando la vida.

Otra pieza brillante de ese mosaico aunque nos pueda parecer contradictorio la encontramos en uno de aquellos malhechores que eran crucificados junto a Jesús. Aquel corazón que podríamos contemplar endurecido por la maldad que le había llevado a aquella condena ¿qué pudo contemplar en quien con ellos estaba crucificado incongruentemente como rey de los judíos para pedir estar con El en su Reino? Los caminos de Dios son inescrutables hemos escuchado muchas veces y los caminos de la gracia estaban regando el corazón de aquel malhechor. ¿No había dicho Jesús que el médico no era para los que se creían sanos sino para los que sentían enfermos? ‘Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, porque así de pronta es la misericordia del Señor. Y nosotros que le damos tantas vueltas al paso de perdonar y de restablecer el amor y la amistad.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, fueron las últimas palabras de Jesús. Un día había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Nos había enseñado para nuestra oración que fuéramos capaces de pedir que se hiciera siempre la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Aunque había pedido en Getsemaní que pasara de El aquel cáliz había permanecido en su deseo de que por encima de todo estuviera siempre lo que era la voluntad de Dios. Quien se pone en las manos de Dios sabe que nunca se podrá sentir abandonado porque Dios es siempre nuestra fortaleza y nuestro refugio. ¿Qué podía decir Jesús en este momento supremo de su muerte? Encomendarse a las manos del Padre.

El claroscuro de nuestra vida está en nuestras angustias y desesperanzas cuando nos llegan de una manera u otra los momentos oscuros de la vida donde todo lo vemos turbio, donde nos parece que el túnel al final se queda sin luz, donde no somos capaces de ver más allá de ese momento de tormento esa luz que pone paz en el corazón, ser capaces de ver los resplandores de bien y de bondad que podemos encontrar en los que están a nuestro lado. En aquella tarde de tormento el centurión supo descubrir el actuar de Dios porque confesaría ante la muerte de Jesús que era un justo.

Dejémonos invitar, como decíamos antes, por Jesús para comer esta Pascua con El. Ha de ser una Pascua especial, en ese mosaico tenemos que saber descubrir el verdadero colorido de la vida que solo en Jesús podemos encontrar. Estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua.

sábado, 12 de abril de 2025

Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

 


Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

Ezequiel 37, 21-28; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

También nosotros nos preguntamos muchas veces ¿es que no hay nadie que haga nada? Cuando somos conscientes de la problemática que vive nuestro mundo, cuando nos sentimos confundidos con tantas cosas que vemos que no marchan a nuestro gusto y que mucha gente anda descontenta, nos hacemos la pregunta. Y se trata de lo que es la vida social ordinaria que vivimos en la cercanía a nosotros con tantas violencias, con tanta corrupción, con el desorden moral que estamos contemplando como va en crecida, con la gente desilusionada por tantos problemas a los que no encuentran solución, y contemplamos la vida política, la marcha de nuestros dirigentes con actuaciones que no terminamos de comprender aunque aceptemos la disparidad de criterios que podamos tener, nos preguntamos quien va a salvar a nuestra sociedad, quien va a salvar a nuestro mundo. Pensamos en personajes carismáticos que puedan convencer, pensamos en verdaderos dirigentes de nuestra sociedad que nos saquen del atolladero, ¿Dónde podemos encontrar quien encuentre solución al mundo en que vivimos?

He querido comenzar mi reflexión de hoy en las vísperas del inicio de la semana santa palpando de alguna manera la situación en que vivimos en el hoy de nuestra vida, como también tendríamos que palpar lo que es nuestra vida personal con sus problemas y sus inquietudes, con las incertidumbres que se nos plantean muchas veces y los interrogantes que tenemos dentro de nosotros mismos porque pienso que lo que vamos a celebrar tiene que ser luz para esa situación que vivimos en todos los ámbitos de la vida. Es como haremos verdadera celebración de nuestra fe.

En la Palabra que hoy se nos ha proclamado el profeta describe también una situación difícil que vivió en muchos momentos el pueblo de Dios, divisiones entre ellos, destierros lejos de su patria, momentos en que parecía que habían perdido toda esperanza; tenemos que saber leer el lenguaje profético que se trasluce también en lo que en aquel momento estaban viviendo los judíos. La presencia de Jesús les había llenado de interrogantes y también de dudas por lo que Jesús anunciaba; quienes estaban bien situados se sentían seguros con su manera de vivir y veían quizás un peligro incluso de revolución desde las palabras y anuncios de Jesús; ellos no podían perder su influencia, que aunque estaban bajo el dominio de los romanos los dirigentes del pueblo tenían asegurado su puesto. ¿Qué podía suceder?

No buscaban ellos realmente quien viniera como salvador a dar un nuevo rumbo a las cosas; los pensamientos que tenían de lo que seria el Mesías también estaba confuso en sus mentes. Se atisbaban los peligros; más tarde les sucedería, no muchos años después, que Jerusalén y el templo serían aniquilados. Era lo que en el fondo temían, por eso como se atreve a decir el Sumo Sacerdote ‘es mejor que muera uno solo por todo el pueblo’. No era consciente del sentido profético de sus palabras, que el evangelista nos recordará.

¿Quién va a ser esa luz que nos guíe? ¿Quién va a ser ese salvador que nos libere de todos esos momentos oscuros? ¿Quién será el que pueda dirigir nuestra vida por caminos nuevos donde encontremos la paz y tengamos respuesta a nuestras inquietudes? El evangelista nos está diciendo que las palabras del Sumo Sacerdote tenían valor profético. En Jesús encontrarán cumplimiento.

Y es lo que vamos a celebrar, pero no solo contemplando a Jesús como el Salvador esperado solo en otros tiempos, sino como quien es el verdadero camino de salvación en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Ojalá supiéramos escuchar y supiéramos dejarnos conducir por las palabras de Jesús. Para nuestros miedos, para nuestras dudas e incertidumbres, para esa desorientación que vivimos en nuestra vida, para esos momentos tormentosos que seguimos viviendo donde sigue reinando la violencia y la injusticia, donde sigue imperando la corrupción y la maldad, para esos momentos en que no sabemos dialogar y ponernos de acuerdo Jesús es la luz que nos ilumina.

La pascua que vamos a celebrar tiene que seguir teniendo sentido en nuestras vidas. Pero no la podemos vivir de una forma superficial, no nos podemos quedar en exterioridades llenas de vanidad, no podemos tener una alegría superficial que se desvanece pronto como el humo de nuestros incensarios; tenemos que vivir la Pascua de una forma honda; y eso tiene que pasar por una renovación de nuestra vida, por dejar que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme; por dejar que Cristo cargue sobre sí todas esas maldades nuestras, toda esa superficialidad y vanidad y la ponga junto a su cruz, nos ponga a nosotros junto a su cruz, porque será la forma de que todo eso lo transformemos en vida, porque será la forma en que nosotros lleguemos a transformarnos en esos hombres nuevos, será la mejor forma de vivir y celebrar la Pascua.

viernes, 11 de abril de 2025

La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

 


La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

A fuer de sinceros muchas veces nos encontramos con muchas incongruencias en la vida, porque da la impresión que no están muy acordes las cosas que pensamos o que decimos con lo que luego realmente hacemos. Somos buenos para establecer principios y reglas pero a la hora de la verdad cuando llega el momento de ver lo que vivimos parece que hay mucha distancia entre eso que establecemos y lo que luego haremos. Nos escudamos quizás en nuestras propias debilidades, nos decimos que tampoco que tenemos que ir a rajatabla con lo que tenemos que hacer ni tenemos que ser tan radicales, nos procuramos algunas rebajas de manera que descafeinamos tanto el café que al final no será café, descafeinamos tanto nuestra vida religiosa y cristiana que al final se parece poco al evangelio. Aparecen las incongruencias, como decíamos.

En la hora en que Jesús les repartió pan para que pudieran comer todos en abundancia allá en el descampado cuando se habían acabado las provisiones, todos estaban entusiasmados queriendo proclamarlo rey; cuando daba la vista a los ciegos o curaba a los leprosos decían que Dios había visitado a su pueblo; cuando curaba a los que llamaban endemoniados o hacia caminar a los tullidos el poder de Dios estaba con El y todos se entusiasmaban porque era para ellos una señal de la venida del Mesías; pero cuando Jesús les decía que eran otras cosas las que tenían que pedir o buscar, que no todo estaba en el milagro fácil sino que había que comenzar a actuar de una manera nueva en las mutuas relaciones o en su relación con Dios, ya eso costaba entenderlo porque aquel estilo nuevo de vivir podía echar abajo muchas cosas que había que transformar, signo de ello fue la expulsión de los vendedores del templo.

Cuando Jesús en sus palabras y en su actuar estaba manifestando claramente el rostro de Dios que era algo muy distinto de lo que habían imaginado, como Jesús se presentaba como el enviado del Padre, se atrevía a llamar Padre a Dios además de enseñarnos que esa era la nueva relación que con Dios habíamos de tener porque El era el Hijo de Dios y porque a nosotros nos quería hacer también hijos de Dios, entonces ya Jesús eran un blasfemo al que había que apedrear.

Es lo que se nos presenta hoy en el evangelio. ‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ les pregunta Jesús. ‘No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios’, le dicen. No había terminado de conocer a Jesús, no habían querido entender sus palabras. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’, les vuelve a insistir Jesús. Palabras solemnes de Jesús que nos vienen a manifestar claramente que es el Hijo de Dios. Como dirá en otro momento ‘el Padre y yo somos uno’.

Se escabulló de sus manos, porque aun seguían queriendo detenerlo y se fue a la otra orilla del Jordán, allá donde Juan había estado bautizando.  ‘Y muchos creyeron en El allí’, nos dice el evangelista.

Estamos ya a las puertas de la semana de Pasión que culminará con la celebración de la Pascua para lo que hemos venido preparándonos durante todo el camino cuaresmal. Momento ha sido todo este recorrido para repasar muchas cosas de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús, de la autenticidad que tiene que haber en nuestra vida y de la necesaria renovación que hemos de hacer. Hoy se nos está preguntando por la congruencia de nuestra fe y nuestra vida.

¿Creemos para una procesión o para hacer grandes manifestaciones religiosas cargadas de mucha pomposidad o creemos como verdadero alimento de nuestra vida, como motor de una transformación de nuestras costumbres, como fermento de un nuevo sentido de iglesia que hemos de vivir, como un compromiso que tenemos también con la vida y con la sociedad que estamos construyendo?

¿Se notará allí donde estamos, donde desarrollamos nuestra vida diaria que en nosotros hay una fe y hay unos valores distintos aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo y la sociedad en la que vivimos? ¿En qué se nota que hay unos cristianos que son fermento de una sociedad nueva?

jueves, 10 de abril de 2025

Nuestra fe es vivir a Cristo y esa vida en Dios se hace eterna, para siempre, algo que solo podemos entender, más bien vivir, solo desde la fe

 

Nuestra fe es vivir a Cristo y esa vida en Dios se hace eterna, para siempre, algo que solo podemos entender, más bien vivir, solo desde la fe

Génesis 17, 3-9; Salmo 104; Juan 8, 51-59

¿Es fácil creer? Pues la pregunta tampoco es fácil. Somos de los que queremos palpar todo con nuestras manos, buscamos razonamientos por todas partes, explicaciones que nos quepan en nuestro entendimiento y con la fe entramos en otros ámbitos. Y tenemos que reconocer que algunas veces se nos hace difícil y comenzamos a poner en duda muchas cosas, y comenzamos a hacernos preguntas. Sí, es bueno que nos hagamos preguntas; pero también tenemos que darnos cuenta que con la fe entramos en el ámbito de la vida, de lo que vivimos y de lo que sentimos, de la experiencia que sintamos en nuestro interior; y son cosas que cuando llegan a nosotros hay que vivirlas, no podemos ponernos a la distancia.

Cuando hoy leemos en el evangelio esa discusión de los judíos con Jesús, que no entienden las palabras que Jesús les dice o que ellos les dan sus explicaciones, que no terminan de comprender de la manera que se les presenta Jesús, quizás nosotros desde nuestra distancia nos preguntamos por qué eran así, por qué no lo querían aceptar; hoy nos parece tan naturales las palabras de Jesús, porque así siempre las hemos oído, pero quizás tampoco nosotros nos hemos puedo a reflexionarlas y a ahondar en ellas para comprender todo lo que Jesús quiere decirnos.

Por eso necesitamos a veces detenernos un poco y ponernos a analizar bien lo que decimos que creemos, lo que es la fe que tenemos para que no se quede en algo que nos puede parecer muy valioso pero lo tenemos ahí como muy guardado en el armario, pero no llegamos a tener una vivencia honda de nuestra fe. Aunque algunas veces se nos haga cuesta arriba, aunque a veces no sepamos que paso dar, pero tenemos que buscar la forma de darle hondura de verdad a nuestra fe.

Son las palabras que escuchamos en el evangelio, donde Jesús se nos está manifestando en toda su plenitud, aunque las palabras en algún momento nos parezcan confusas, pero es también lo que hemos escuchado en la primera lectura. Ahí contemplamos la fe de Abraham, todo ese misterio de ese encuentro profundo con Dios. En algún momento en las imágenes de la Biblia veremos a Abraham hablando con Dios como dos amigos que charlan paseando en la brisa fresca de la tarde.

Pero no había sido fácil para Abrahán todo el proceso de su fe, desde que Dios le llama a salir de su tierra y ponerse en camino a la tierra que le va a dar. Ponerse en camino porque se fía de una Palabra que siente en su corazón. No era fácil. No era fácil aceptar que siendo ya viejos como eran pudiera tener un hijo y desde ahí una numerosa descendencia como las arenas del mar o las estrellas del cielo. No le fue fácil aceptar el sacrificio que parecía que Dios le pedía de aquel hijo que le había dado. Pero Abrahán creyó, y creyó cuando parecía que no había nada que esperar, cuando no había esperanza y Dios se lo computó como justicia, como nos dirá san Pablo. La promesa de Dios se realizaba y se cumplía.

‘Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios’.

¿Llegaremos nosotros a tener una fe así? ¿Es así como nos fiamos de Dios y de su Palabra? ¿Es así como sentimos su presencia en nuestra vida? ¿Lo estamos haciendo vida?

Hoy nos dirá Jesús en el evangelio que ‘quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. ¿Cómo entendemos estas palabras de Jesús? Porque no nos quedamos en la textualidad de las palabras; si nos ponemos a buscar razonamientos humanos ¿no nos damos cuenta de que todos morimos algún día?

Las palabras de Jesús tienen una trascendencia especial, van más allá de lo que las mismas palabras dicen cuando empleamos la palabra muerte o la palabra vida para siempre. Y eso de que porque seamos buenos se va a guardar de nosotros un recuerdo eterno, de alguna manera puede ser algo relativo. Ya sabemos que tenemos que dejar buenas huellas de nuestro paso por la vida, un buen recuerdo, pero que muchas veces no van más allá de una generación. Luego lo de ‘no morir para siempre’ que nos dice Jesús tiene otra trascendencia.

Y es que guardar su palabra, como nos dice, significa un identificarnos de tal manera con Cristo que ya sea Cristo quien vive en nosotros. Lo que decía san Pablo ‘es Cristo quien vive en mi’. Es vivir a Cristo y esa vida en Dios claro que sí se hace eterna, se vive para siempre. Algo que solo podemos entender, más bien vivir, solo desde la fe.

Que crezca, entonces, nuestra fe; que crezca nuestra configuración con Cristo; que crezca nuestra vivencia de Dios.

 

miércoles, 9 de abril de 2025

¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

 


¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52-56; Juan 8, 31-42

Es difícil hablar de esclavitud y de libertad. Todos hoy nos sentimos libres, es un don bien apreciado, no queremos sentirnos esclavos de nadie y porque decimos que somos libres hablamos o decimos lo que se nos ocurre, hacemos solamente aquello que nos apetezca o nos parece que es un bien para nosotros. Esclavitud como sujeción a una persona es algo que no soportamos. No entendemos, decimos, las esclavitudes habidas en otros tiempos y que realmente en la historia no hace tanto tiempo que han sido abolidas del todo. Cuando vemos imágenes o leemos algo en la historia o la literatura de esto, nos cuesta quizás entender que alguien pudiera dominar a otra persona de la forma que lo hacia para hacerlo su esclavo. Pero cuidado que nos quedemos en una visión un tanto superficial.

Pero las esclavitudes y las libertades ¿solo van por esos caminos? ¿Eres capaz en un momento dado de decirte no a una cosa que apeteces o por lo que te sientes apasionado? ¿Estará faltando una libertad interior en ti mismo? Puede ser esto una manera de comenzar a pensar que esto es algo serio y no tan superficial.

Bueno algo así les estaba pasando a los judíos cuando escuchan las palabras de Jesús que hoy se nos ofrecen en el evangelio. Junto a Jesús había un pequeño grupo de los que comenzaban a creer en El a pesar de todo aquel movimiento en contra que se estaba desencadenando en Jerusalén y que terminarían en el prendimiento de Jesús. Y a aquellos que comienzan a creer en El Jesús viene a animarles y hacerlos comprender que con El iban a encontrar un verdadero sentido para sus vidas, iban a encontrarse con la Verdad y esa Verdad que Jesús les ofrecía les haría verdaderamente libres. ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’, les dice Jesús.

Es lo que ahora les cuesta entender y le replican que ellos nunca han sido esclavos de nadie. ¿Algo así como lo que decimos nosotros, seguimos diciendo hoy? ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo’, les replica Jesús. Es lo que les cuesta entender, lo que a nosotros nos cuesta entender.

Pecado, decimos, es una negación de Dios, pecado es hacer que otra cosa que no sea Dios lo convirtamos en dios de nuestra vida; y partimos de nosotros mismos cuando nos endiosamos con nuestro egoísmo e insolidaridad, o con nuestro orgullo y vanidad. ¿Nos creemos los más bonitos del mundo? ¿Nos creemos los únicos y los que nos sentimos por encima de todo y de todos? Es el pensar solo en nosotros mismos y cuando pensamos solo en nosotros mismos estamos destruyendo el amor en nuestra vida, no es capaz de abrirse a los demás, no es capaz de darse a los demás, no es capaz de pensar en el otro. ¿No será esto realmente una idolatría? Estamos negando a Dios, como decíamos, estamos sustituyendo a Dios por nuestro ego, nuestro capricho, nuestro orgullo, nuestra vanidad.

Y detrás vendrá como en una cascada una cantidad inmensa de cosas que convertimos en insustituibles en nuestra vida, en ídolos que nos esclavizan y nos dominan; pensemos en el materialismo de la vida y el dinero y la riqueza, pensemos en nuestros deseos de poder para desde nuestra superioridad dominar a los que nos rodean, pensemos en las pasiones que no podemos controlar sino que ellas nos controlan a nosotros empezando por la violencia o por los deseos de placer y de pasarlo bien cueste lo que cueste, sea como sea; mientras yo sea feliz, mientras yo me dé satisfacción a mi mismo, me dejo llevar por aquello que tira de mi y me está dominando porque no soy capaz de controlar y poner en orden.

Jesús viene a darnos un sentido nuevo y distinto de la vida, de lo que somos y de lo que tenemos, de nuestras relaciones con los demás y de lo que podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor y entonces sí todos podamos ser más felices. Es la verdad que Jesús nos ofrece cuando nos habla del Reino de Dios, una verdad, como nos dice Jesús hoy, que nos hará libres.

Y esto, ya lo sabemos, es algo que nos cuesta entender y llevar a cabo. ¿Por qué? Porque no somos libres de verdad, porque no hemos llegado a entender lo que verdaderamente nos hace libres. ¿Tendríamos que pensar en el camino del amor?

martes, 8 de abril de 2025

Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado

 


Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado

Números 21, 4-9; Salmo 101; Juan 8, 21-30

Y tú, ¿quién te crees que eres?, quizás hemos reaccionado alguna vez ante alguien de quien pensábamos que se arrogaba unas atribuciones que no le correspondían. Nos cuesta aceptar a los demás, y nos cuesta aceptarlos cuando se manifiestan con autoridad o queriendo manifestarnos que saben lo que hacen. Son las desconfianzas podríamos decir normales que algunas veces surgen, en ocasiones porque estamos escarmentados de engaños y de vanidades, o porque queremos estar seguros de en quien confiamos.

¿Les costaba aceptar a Jesús como Mesías a sus contemporáneos? ¿Realmente entenderían lo que Jesús quería decirles dadas las prevenciones y los prejuicios que tenían sobre lo que tenía que significar el Mesías? La gente sencilla le seguía porque sentían que renacían sus esperanzas; los que se creían más entendidos y que quizás se habían rodeando de ciertos privilegios pasaban por una criba las palabras y los gestos de Jesús no queriendo entender ni aceptar lo que Jesús les decía que en cierta manera trastocaba muchas costumbres y rutinas sobre las que habían edificado su vida. Por eso le preguntaban ‘¿y quién eres tú?’ algo así como aquello que nos decíamos al principio ¿y quien te crees que eres tú?

Como nos cuenta entender a nosotros cuando nos sacan de nuestras rutinas de siempre, cuando se nos hacen planteamientos nuevos, cuando vemos con toda su crudeza la radicalidad del evangelio que nos exige cambios profundos en nuestra vida que nos den más autenticidad a lo que hacemos y vivimos, a nuestra manera de vivir nuestro sentido religioso. No queremos cambios, son revolucionarios para nosotros y siempre le tenemos miedo a las revoluciones porque parece que vienen cargadas de violencia. Pero lo que Jesús nos trae no es violencia que destruye, es fuego que nos transforma, es agua nueva que nos revitaliza cuando tan muertos estamos, cuando nos ilumina haciéndonos encontrar la verdadera luz porque muchas veces solo nos dejamos iluminar por luces ilusorias que se convierten en opacas. La violencia tenemos que hacérnosla a nosotros mismos para salir de esa vida anquilosada en que vivimos.

Les era difícil en ocasiones entender las palabras de Jesús. Ahora les habla de que se irá a donde ellos no pueden ir, de que lo buscarán y no lo encontrarán, palabras para las que hay que tener una sensibilidad especial para entenderlas, una sensibilidad nacida de la confianza y de la fe en El que les faltaba. Finalmente les dirá que cuando sea elevado en alto entonces comprenderán quien es.

Una referencia en cierto modo a lo que hemos escuchado en la primera lectura de aquel episodio acaecido en el desierto; en la reticencia con que muchas veces caminaban en aquellas largas jornadas de desierto se ven atacado por unas serpientes venenosas; acuden a Moisés, acuden a Yahvé, y Moisés levanta en algo aquella serpiente de bronce en medio del campamento como un signo o como señal; sienten sobre ellos la misericordia del Señor, no mueren como consecuencia de la mordedura de aquellas serpientes; todo ello va a ser un signo profético al que ahora hace referencia Jesús; será El quien va a ser levantado en algo, referencia a su muerte en Cruz, y entonces en verdad podrán comprender el sentido de su vida, podrán comenzar a creer en quien da su vida por nosotros aunque seamos pecadores.

‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.

Por eso nosotros levantamos nuestros ojos hacia lo alto del madero, porque sabemos bien quien es el que allí está crucificado. Ahí comprendemos todo el misterio de Dios que se manifiesta en Jesús, ahí comprendemos toda la autoridad de Jesús que dio su vida por nosotros, ahí comprendemos quien es Jesús que es nuestro Salvador. A los judíos les costaba entender estas palabras de Jesús pero el evangelista nos dice sin embargo que a partir de ese momento muchos creyeron en El. Una sintonía especial para creer en Jesús; como la tuvo aquel centurión romano que tras la muerte de Jesús en la Cruz proclama que quien ha muerto allí es el Justo, que viene a decir que es nuestro Salvador.

Tratemos de conocer más a Jesús, entremos en su sintonía, para dejarnos transformar por esa fe que en El ponemos.

lunes, 7 de abril de 2025

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

 


No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud de perdón que ofrezcamos

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

Alguna vez nos hemos encontrado a nosotros mismos haciendo dibujitos en lo que tengamos a mano, ‘pintando machanguitos’; estamos como distraídos de nuestro entorno más cercano, ensimismados en nuestros pensamientos, con la mente quizás muy lejos de donde físicamente estamos, pero son momentos de relax, de pensar, de darle vueltas a las cosas, de abstraernos de lo que nos rodea, de estar oyendo sí pero no escuchando, no prestando atención porque nosotros estamos en la nuestro. Hasta que en un punto despertamos, sí, como si saliéramos de un sueño tratamos de situarnos donde estamos.

¿Momentos quizás para tomar decisiones, para pensarnos las cosas, para emprender con empuje algo nuevo, para decir una palabra quizás llena de sabiduría que ni nosotros mismos habíamos pensado? Algo paradójico lo que nos puede suceder. Momentos y silencios que necesitamos en la vida.

¿Nos quedaremos así ante el evangelio? Hay ocasiones en que es tal la novedad que se nos presenta que de alguna manera nos quedamos paralizados hasta darnos cuenta de la profundidad del mensaje. Y es que el evangelio no nos lo podemos tomar a la ligera; no podemos decir nunca, eso ya lo sabía. Cada página del evangelio tiene el  olor y el sabor de lo nuevo cada vez que nos acercamos a ella, la leemos o la escuchamos. Y aunque un texto lo hayamos leído o escuchado en el día anterior e incluso lo hayamos meditado, cuando lo escuchamos de nuevo, si lo hacemos con fe, vamos a encontrar siempre la novedad que es el evangelio, porque siempre es noticia de algo para nosotros, siempre es buena noticia que quiere llegar al corazón, a lo más hondo de la vida y nos producirá interrogantes, nos abrirá caminos, nos dejará el sabor del vino nuevo.

Hoy estamos acercándonos de nuevo a una página que ya escuchamos ayer en el quinto domingo de la cuaresma. Hoy la liturgia nos la vuelve a presentar, pero para nosotros no puede representar una repetición que ya damos por sabida. Como hacíamos referencia en la introducción a este comentario Jesús parece que se queda como abstraído cuando en medio de la predicación le traen a aquella mujer con las acusaciones del adulterio y las condenas que a las mujeres adúlteras se les aplicaban; y Jesús no dice nada, se queda en silencio, como nos dice el evangelio haciendo dibujitos en el suelo. Le apremian aquellos que están pronto para la condena, pero Jesús está en silencio; parece que no tiene prisa. ¡Cuántas prisas nos damos sobre todo cuando queremos quedar por encima de los otros, cuando queremos ganar nuestra partida sea como sea!

Solo una palabra saldrá de la boca de Jesús en consonancia con lo que había venido haciendo siempre poniendo siempre la misericordia por encima de todo. No invoca directamente la misericordia aunque está en el trasfondo sino que interroga con su mirada. ¿Quién es el que no tiene pecado y se atreve a tirar la primera piedra? Y ahora el silencio se hace más denso, mientras uno a uno todos aquellos acusadores se van escabullendo empezando por los mayores, a los que se les pediría quizás mayor sensatez.

Y en ese silencio, solos la mujer aun tirada por los suelos y Jesús también agachado en el suelo con sus dibujitos, comienza a refulgir del todo la luz de la misericordia. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco… vete en paz y no peques más’.

Es el sabor del vino nuevo que ahora estamos saboreando. Ha aparecido sobre la tierra la misericordia del Señor. Es la esperanza de los pecadores que no siempre todos llegan a comprender. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’, les decían los fariseos a los discípulos de Jesús. Tiene que sonar fuerte el evangelio de este día y esas palabras finales de Jesús.

Los hombres decimos tantas veces que perdonamos pero seguimos guardando el recuerdo del pecado de aquel pecador. Como si aun siguiéramos con la costumbre de poner un cartel sobre la cabeza del pecador aunque se hubiera arrepentido para seguirle recordando que cometió tal atrocidad. Es lo que seguimos haciendo en nuestra sociedad. Cuidado que los cristianos nos contagiemos de esas costumbres y posturas que seguirán produciendo dolor y amargura; cuidado el daño que podemos hacer, el daño que puede hacer la iglesia también cuando se deja contagiar por esas posturas.

No solo tenemos que sentirnos liberados y consolados porque Jesús nos dice ‘yo tampoco te condeno’, sino que tiene que ser la actitud con que nosotros nos acerquemos a los demás ofreciendo siempre generoso perdón.

domingo, 6 de abril de 2025

Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar


Es necesario hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios y a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar

Isaías 43, 16–21; Salmo 125; Filipenses 3, 8-14; Juan 8, 1-11

Todos tenemos una historia que contar, aunque nos parezca que nuestra vida es insignificante y no tenemos acontecimientos reseñables que contar, siempre ha habido un momento especial, logros alcanzados, situaciones difíciles que nos hayan podido llenar de dolor, momentos de dicha y felicidad que merecen ser recordados y como creyentes que somos en esos acontecimientos hemos podido ver la mano de Dios, el actuar de Dios en nuestra vida que podemos llamar momentos de gracia para nosotros.

He querido comenzar mi reflexión sobre el evangelio de este quinto domingo de la cuaresma con esta referencia, porque la misma Palabra de Dios nos lo está recordando. La primera lectura que viene a ser como el credo del pueblo de Israel lo que hace es recordar su historia y como en esa historia ellos han sabido ver siempre el actuar de Dios, desde Abraham al que Dios llamó a salir de su tierra y ponerse en camino, la historia de los grandes patriarcas fundamentos de ese pueblo y sobre todo la liberación y salida de Egipto en camino hacia la libertad y la constitución de ese pueblo en la tierra que Dios le iba a dar.

San Pablo en la segunda lectura hará también memoria de su vida que se transformó totalmente a partir del momento del encuentro con Jesús en el camino de Damasco. Sabe reconocer el apóstol ese actuar de Dios en su vida de manera que como dice ‘Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor’. Es su vida y es su historia pero sobre la que se ha construido otra nueva desde su encuentro con Jesús, pero que se hace camino de superación y crecimiento en búsqueda de esa meta que espera alcanzar.

¿No tendría historia que contar aquella mujer que porque fue sorprendida en adulterio había tirado a los pies de Jesús esperando su condena? Hemos comentado muchas veces la escena del evangelio que todos conocemos bien. La implacable ley mosaica que condenaba a ser apedreada la mujer que fuera sorprendida en adulterio. Aunque fuera ley en Israel esos no eran los caminos de Dios. Si Jesús estaba presente entre los hombres, como signo de la presencia y de la misericordia de Dios, lo que venía a ofrecernos no era condenación sino salvación. Misericordia quiero y no sacrificios, recordaría precisamente con textos de los profetas. 

Tensos tuvieron que ser aquellos momentos para la mujer tirada en el suelo y condenada de antemano esperando ejecución de la sentencia, por así decirlo. Pero tensos fueron los momentos de silencio de Jesús antes de darnos la verdadera sentencia. ¿Quién no tiene pecado y puede tirar la primera piedra? Era la nueva historia que se estaba labrando de misericordia y de perdón. ¿No pediría perdón Jesús al ser crucificado por aquellos que le clavaban al madero, ‘porque no sabían lo que hacían’? ¿No sería también la voz que se escucharía desde lo alto de la cruz prometiendo el paraíso aquel mismo día al ladrón arrepentido?

¿Quién podría tirar la primera piedra? El que no tenía pecado allí lo que estaba ofreciéndonos un regalo de amor. Sería la historia que aquella mujer recordaría para siempre. ‘¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno, vete y no peques más’. Una nueva historia de vida se estaba comenzando a escribir a partir sí de una realidad pero sobre todo a partir del regalo de amor y de misericordia que Jesús estaba ofreciendo.

Es lo que ahora nos disponemos a celebrar, estamos ya a las puertas de la Semana que llamamos santa porque tiene su culminación en la Pascua del Señor. Es el memorial de su pasión y de su muerte y también de su resurrección lo que vamos a revivir y a celebrar; es para lo que nos hemos venido preparando en este camino cuaresmal donde hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que día a día ha ido enriqueciendo e iluminando nuestra vida.

Nuestra vida con nuestra historia, que todos tenemos nuestra historia, que tiene que convertirse para nosotros también en historia de salvación. Tenemos la tendencia al recordar nuestra historia en hacer hincapié en nuestros momentos de sombra, ya sea por las situaciones de dificultad por las que hemos pasado o por los tropiezos que hemos tenido en la vida que nos llenan de culpabilidades.

Es necesario tener otra mirada, descubrir el lado de luz, sentir que no nos ha faltado la presencia y la gracia de Dios en nosotros que nos llama y nos ofrece continuamente su amor; si nos detenemos un poco podemos encontrar ese momento, esa llamada que ha convertido nuestra vida en historia de salvación, porque es la historia del amor que Dios nos ha tenido, es la historia que podemos relatar en muchos momentos, detalles, gestos, acontecimientos, personas a nuestro lado donde podemos y tenemos que descubrir ese amor de Dios, que llega a nosotros, como llegó a aquella mujer de la que nos habla hoy el evangelio.

No se trata de rescribir nuestra historia sino hacer una nueva lectura luminosa de la historia de nuestra vida regalada con el amor de Dios. Tendremos muchas cosas que recordar y que celebrar. Vamos a unirlo todo a esta Pascua que nos disponemos a celebrar este año.