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sábado, 6 de abril de 2013


Testigos de resurrección ante el mundo aunque cueste hacer el anuncio

Hechos, 4, 13-21; Sal. 117; Mc. 16, 9-15
Con este breve relato de Marcos y los textos que escucharemos aun en el segundo y tercer domingo de Pascua se completan los relatos de la resurrección del Señor que nos ofrecen los evangelios. El texto de Marcos que hoy hemos escuchado viene a ser como un resumen que se nos ofrece al final del evangelio.
Hay un mensaje claro de afirmación de la resurrección del Señor Jesús que viene a ser como eje central de la fe de la Iglesia. Pero en los tres episodios que se nos resumen hay como unas connotaciones comunes que nos ayuda a proclamar nuestra fe, a hacer ese anuncio de Cristo resucitado aunque no sea siempre fácil dicho anuncio. No lo fue entonces, como no lo sigue siendo hoy día. Pero es de lo que hemos de dar testimonio valiente y claro.
Nos habla en primer lugar de la aparición de Cristo resucitado a María Magdalena, como dice el evangelista, ‘de la que había echado siete demonios’, para significar su conversión al Señor desde su condición de mujer pecadora. Ella había estado también al pie de la cruz de Jesús con las piadosas mujeres que lo habían acompañado desde Galilea. En toda la iconografía en torno a la muerte de Jesús en la cruz siempre aparecerá María Magdalena. Ahora en este relato de Marcos, a ella se le aparece Cristo resucitado, pero con la misión de irlo a comunicar a los discípulos, ‘que estaban tristes y llorando’, nos dice el evangelista. ‘Pero no la creyeron’.
Luego nos hablará de dos que se iban caminando a una finca, en clara referencia a lo que nos cuenta Lucas de los llamados discípulos de Emaús. Ellos que no lo reconocieron en principio porque ‘se apareció en figura de otro’, como nos dice Marcos, cuando le reconocen ‘al partir el pan y pronunciar la bendición’ como nos narraba Lucas, ‘ellos fueron también a anunciárselo a los demás, pero no los creyeron’.
Finalmente se aparecerá ‘a los Once, cuando estaban a la mesa y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado’. Se repite una y otra vez la reacción negativa de no creer, precisamente aquellos que estaban llamados a ser los testigos de la resurrección. Pero Jesús está con ellos y a ellos les confiará esa misión que no podrán dejar de realizar. ‘Y les dijo: Id al mundo entero y predicad el evangelio a toda la creación’.
Es la misión del testigo. Quien ha experimentado la presencia de Cristo resucitado en su vida no lo puede callar. No será fácil el testimonio. A los propios discípulos les costó creer. Tenían los ojos obnubilados por el dolor y las dudas, porque todo podría parecer un fracaso de manera que les costaba ver y reconocer.
Alguien comentando en una reunión el texto de los discípulos de Emaús me preguntaba cómo era posible que ellos que habían estado con El, que quizá incluso lo habían contemplado en su pasión, ahora que iba caminando con ellos no lo veían, no lo reconocían. La mente se nos cierra y se nos cierra el corazón; los avatares de la vida, los problemas que vamos encontrando que nos hacen sufrir muchas veces nos endurecen y no somos capaces de ver las cosas más claras. No llegamos a reconocer al Señor que camina a nuestro lado, que viene a nuestro encuentro, que nos sale al paso en los caminos de nuestra vida para ser nuestra luz.
Pidámosle al Señor que nos abra el entendimiento del corazón para poder apreciarle, para poder descubrirle, para poder sentirle en nosotros vivo y resucitado y llenándonos de vida y de resurrección. Tenemos que ser sus testigos y somos enviados al mundo entero para predicar la Buena noticia a toda la creación, a todas las criaturas. Aunque nos cueste a nosotros o aunque les cueste entender y aceptar a los demás ese anuncio que les hacemos, esa Buena Noticia que les comunicamos. Ya nos dirá el Señor que no va a ser siempre fácil y por eso nos dará la fuerza de su Espíritu para que podamos vencer el mal y todo peligro que nos acecha.
Como dirá el ultimo versículo del evangelio, aunque hoy no lo hayamos escuchado, ‘Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con las señales que la acompañaban'. Serán las señales de nuestro amor y del amor de Dios que se nos manifiesta.

viernes, 5 de abril de 2013


Jesús está siempre a nuestro lado cuando más lo necesitamos

Hechos, 4, 1-12; Sal. 117; Jn. 21, 1-14
Nos decimos que creemos en Dios y nos queremos llamar cristianos porque en verdad nosotros confesamos nuestra fe en Jesús, tratamos de vivir una vida auténticamente religiosa en nuestra relación con Dios con la oración, escuchando su Palabra, celebrando habitualmente los sacramentos, ahora mismo hemos terminado de celebrar el Triduo Pascual de la pasión, muerte, y resurrección del Señor, pero hemos de reconocer que muchas veces no somos constantes, tenemos el peligro de enfriarnos en nuestras expresiones religiosas o en nuestro compromiso como cristianos; es más, en ocasiones parece como si viviéramos sin tener en cuenta nuestra fe o nos cansáramos de esa vivencia de creyentes olvidándonos por momentos de nuestra fe.
Es una tentación y un peligro por el que podemos pasar. Y hemos de saber estar atentos, aunque eso a veces nos cuesta, para saber descubrir las señales que Dios pone a nuestro lado como llamadas a despertar de esa tibieza en la que fácilmente podemos caer. El Señor no nos deja solos y nos busca, nos llama, viene a nuestro encuentro, aunque se nos cieguen los ojos en tantas ocasiones.
Habrá momentos que en medio de esa rutina a la que volvemos fácilmente sentimos como aldabonazo fuerte en el corazón por algo que nos sucede, un pensamiento que puede surgir en nuestra mente, algo que hacemos y que o no nos sale cuando nosotros queríamos o de repente en un momento dado somos capaces de hacer algo bueno que no nos creíamos capaces.
Hoy nos ha hablado el evangelio de lo que llama Juan la tercera vez que se apareció Jesús a los discípulos reunidos. El Evangelio de Juan previamente nos ha hablado de la aparición de Cristo el primer día de la semana a los discípulos reunidos en el Cenáculo y por segunda vez a los ocho días en el mismo sitio cuando ya estaban todos, incluido Tomás. Se habían llenado de alegría al ver al Señor, nos decía el evangelista. Suponemos todo lo que significó para los discípulos ese encuentro con el Señor resucitado (el domingo tendremos ese texto en la liturgia del segundo domingo de Pascua).
Ahora nos habla de que están en Galilea y se han ido de nuevo a pescar. ‘Voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos nosotros contigo’, le dicen los demás. Pero como en otra ocasión se pasaron la noche sin coger nada, de manera que cuando al amanecer alguien desde la orilla les pregunta que si tiene pescado, les responden que no han cogido nada. ‘Echad la red al lado derecho de la barca’, les dice desde la orilla quien para ellos en ese momento es un desconocido.
Ya hemos escuchado el relato del evangelio. La pesca es abundante. Juan se da cuenta de quien es el que está a la orilla. ‘Es el Señor’, le dice a Pedro que se lanza al agua para llegar más pronto a los pies de Jesús. El resto de los discípulos que llegan en la barca y se encuentran que Jesús tiene preparada la comida para ellos en la orilla. ‘Al saltar a tierra, vieron una brasas, con peces colocados sobre ellas, y pan’.
Jesús ha venido a su encuentro. Quizá de nuevo se había enfriado su fervor, pues se habían vuelto a sus faenas de antes. Las cosas no les salen como a ellos quisieran, pero allí están las señales de la presencia de Jesús. A su palabra, echan de nuevo la red y la redada de peces es grande. ‘Ninguno de los discípulos se atrevía ahora a preguntarle quien era, porque sabían bien que era el Señor’.
Es el Señor que viene a nuestro encuentro y se nos va haciendo el encontradizo allí donde estamos en la vida, en medio de nuestros trabajos, de nuestras luchas, de nuestros cansancios o de la tibieza en la que podemos caer en la rutina de cada día. Pero el Señor está a nuestro lado alentándonos en nuestra fe, dándonos su gracia, realizando maravillas en nosotros. Abramos los ojos como Juan para descubrirle y saber que es el Señor el que está a nuestro lado.
Que no se nos enfríe nuestra fe. Jesús está siempre a nuestro lado cuando más lo necesitamos.

jueves, 4 de abril de 2013


Testigos que anuncian llenos de alegría la conversión y el perdón por el nombre de Jesús

Hechos, 3, 11-26; Sal. 8; Lc. 24, 35-48
Seguían contando los de Emaús ‘lo que les había pasado por el camino y cómo lo  habían reconocido al partir el pan’. Los que estaban en Jerusalén contaban también su experiencia porque sabían que a Simón también se le había aparecido Jesús resucitado. Y allí está ahora en medio de ellos. ‘Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos...’
Sorpresa, miedo, alegría, paz son los sentimientos que se van sucediendo en ellos. Pero Jesús viene con la paz. Es su saludo: ‘Y les dice: Paz a vosotros’. Es el saludo de Cristo resucitado que se repite en los distintos evangelistas. Cuando Juan nos narre también esta primera aparición en el Cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana, como escucharemos en próximo domingo, ese será el saludo que ponga en labios de Jesús: ‘Paz a vosotros’. Por otra parte les había dicho a las mujeres que fueron de mañana al sepulcro ‘no tengáis miedo’.
No caben los miedos ni temores. Ya habían dado ejemplo los discípulos de Emaús que si primero invitaron a aquel caminante porque se hacía de noche y no convenía caminar en la oscuridad de la noche, una vez que se han encontrado con Jesús resucitado volverán sin ningún temor, porque para ellos ya era de día para siempre, hasta Jerusalén para comunicar a los hermanos la noticia.
Jesús quiere despejarles todas sus dudas para que no piensen en la ensoñación de un fantasma y les pedirá incluso que lo palpen mostrándoles las manos y los pies ‘porque un fantasma no tiene carne y huesos’, y les pide también que le den algo para comer. ‘Le ofrecieron un trozo de pez asado, lo tomó y comió delante de ellos’.
Se disipaban los miedos, los temores, las dudas, pero la alegría que los embargaba les hacía seguir atónitos. Ahora, como había hecho con los discípulos de Emaús pacientemente se pone a recordarles lo anunciado por El mismo y por las Escrituras sagradas. ‘Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse’. Obediente al designio divino había subido hasta la cruz. El cáliz había sido amargo pero aunque le pidiera al Padre que lo librara de él, sin embargo por encima de todo estaba lo que era la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
‘Les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras’ y puedan comprender bien todo lo que había sucedido porque de ahora en adelante ellos habían de ser los testigos que lo anunciaran y proclamaran. ‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.
No lo podrán callar. Será el anuncio permanente hasta el final de los siglos. Hoy hemos escuchado a Pedro en el templo de Jerusalén haciendo este anuncio tras la curación del paralítico de la puerta Hermosa. Pero ha de ser también nuestro anuncio, el testimonio que nosotros tenemos que seguir dando.
Hemos celebrado con toda intensidad y fervor el Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Quisimos también nosotros tomar la cruz para seguir a Jesús y hacernos uno con El en el misterio de su Pascua. Pero esa cruz sigue acompañándonos siempre a lo largo de la vida, porque siempre hemos de estar unidos a la muerte y a la resurrección del Señor. Habrá quizá momentos duros en los que podamos flaquear, pero, como Jesús, obedientes al Padre seguiremos los pasos de Jesús.
Seguiremos los pasos de Jesús y con nuestra vida tenemos que ser sus testigos cuando también la cruz caiga sobre nuestros hombros en el dolor o los sufrimientos, en los problemas o en las luchas de cada día, en los contratiempos que podamos tener en nuestra vida, o cuando quizá tengamos que sufrir por el nombre de Jesús. Pero ahí siempre hemos de ser testigos para anunciar en el nombre de Jesús la conversión y el perdón de los pecados, la salvación y la vida eterna para cuantos creemos en Jesús. Así seremos en verdad testigos de Cristo resucitado.
Es nuestra tarea que hemos de realizar sin miedos ni cobardía, sin temores ni dudas porque por la fuerza del Espíritu nos sentiremos siempre inundados de la gracia del Señor que nos fortalece y nos llena de vida, de esa vida que hemos de llevar también a los demás. 

miércoles, 3 de abril de 2013


Un camino desde la desesperanza a una fe renacida

Hechos, 3, 1-10; Sal. 104; Lc. 24, 13-35
Qué distintas son las cosas y de qué manera distinta llegamos a ver y comprender la vida cuando en verdad sentimos que Jesús va junto a nosotros, se hace presente en nuestra vida. Los discípulos de Emaús pasan del desaliento y la desesperanza al entusiasmo y la valentía para hacer nuevos caminos. Venían por un camino que se les hacía triste y cansino porque como se suele decir llevaban el alma por los pies tras el desaliento que les había producido la muerte de Jesús con lo que parecía que para ellos se habían acabado todas las esperanzas.
‘¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?’, les pregunta aquel caminante que les sigue el paso y se pone a caminar junto a ellos. ‘Se detuvieron preocupados’, comenta el evangelista. Aquel caminante que se les une a su camino nota cuanto pueda ser la preocupación y el dolor que llevan en el alma. Bueno, Jesús lo sabe bien, pero ellos no le reconocen. Se pone a caminar con ellos.
Poco a poco ellos se irán confiando y le irán contando todo cuanto ha sucedido. ‘¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?’ Y le explican con todo detalle. Pero aquel desconocido caminante es el que comienza a explicarles el sentido de todo, les va recordando las Escrituras, todo lo anunciado por los profetas y se va enardeciendo su corazón. ‘¡Qué torpes y necios sois para creer lo que anunciaron los profetas!’, les dice. ‘Les explicó todo lo que se refería a El en toda la Escritura’.
Cuando antes sólo pensaban en si mismos, tan ensimismados que no reconocen quien es el que va con ellos en el camino, ahora se abren a la generosidad y lo invitan a quedarse preocupados por El. Los caminos son peligrosos - recordemos lo de la parábola que nos contaba Jesús del caminante que fue asaltado y dejado a la vera del camino medio muerto en la bajada a Jericó - y comienza a caer la tarde. ‘Quédate con nosotros porque atardece y la tarde va de caída’. Le abren las puertas ya no solo de su casa, sino que realmente les han ido abriendo las puertas del corazón. Y se sentó a la mesa con ellos.
Es ahora cuando se va a descorrer el velo que cegaba sus ojos y se va a descubrir el misterio. Jesús va a repetir el gesto de partir el pan y los ojos se les van a abrir. ‘Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’. Cómo sería ese gesto de Jesús de partir el pan y pronunciar la bendición que tantas veces le verían repetir, de manera que ahora sí lo reconocen. Es el gesto allá del desierto cuando la multiplicación de los panes; pero es el gesto realizado en la última cena cuando instituye la Eucaristía y que nos mandaría repetir. Ahora lo está realizando Jesús.
Aquel camino de desaliento y desesperanza que habían venido pesadamente haciendo ahora se acaba y se transforma, porque ahora serán las carreras para volver a Jerusalén y no importa que sea la noche. Para ellos se acabó el desaliento y el miedo y se sienten seguros. Una alegría y una paz nueva han brotado en sus corazones y no les queda mas remedio que correr de nuevo a Jerusalén porque aquella noticia no se la pueden quedar para ellos. ‘¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?’ se preguntan y con ese ardor en su corazón volverán a Jerusalén donde contarían todo lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Jesús también viene a nuestro encuentro en ese camino de desalientos y desesperanzas que tantas veces recorremos en la vida; Cristo camina a nuestro lado aunque muchas veces no lo sepamos reconocer pero es El quien nos da esperanza, nos hace sentir paz en el corazón y nos da aliento y fuerza para que vayamos a los demás a contarles también cuanto nos ha sucedido.
‘Quédate con nosotros’, tendremos que decirle una y otra vez, para manifestar nuestro deseo de que El esté con nosotros y de que nosotros podamos estar siempre con El. No nos encerremos en nuestras preocupaciones y agobios, no nos encerremos en nuestras desesperanzas y desalientos. Abramos nuestro corazón a Dios, abramos los ojos de la fe, pongamos mucho amor en nuestro corazón y en todo lo que vayamos haciendo y vamos a sentir arder nuestro corazón porque El lo va a prender del fuego divino de su amor.
Quédate con nosotros, Señor, para que nunca se nos haga la noche en nuestra vida, para que no nos puedan las tinieblas, sino que siempre nos sintamos iluminados por tu luz. 

martes, 2 de abril de 2013


También Jesús nos llama por nuestro nombre para que vayamos a anunciar su resurrección

Hechos, 2, 36-41; Sal. 32; Jn. 20, 11-18
La muerte de Jesús fue algo duro para los discípulos de Jesús en especial para aquellos que más le amaban - es el caso de María Magdalena a la que hace hoy mención el evangelio - y muy costoso de asumir. Jesús le había anunciado repetidamente como siempre que hacía el anuncio de su pasión y de su muerte hablaba también de su resurrección. Muchas veces hemos comentado esos textos.
Algo tan traumático para los que tanto le amaban y le seguían, que veremos por ejemplo al grupo de los Doce encerrados en el cenáculo con las puertas cerradas por miedo a los judíos y como hoy escuchamos la lágrimas obnubilan los ojos para no ser capaz de reconocer a Jesús aunque se le tenga delante. Es lo que le sucedía a María Magdalena. ‘Estaba sentada junto al sepulcro llorando’, contempla los ángeles ‘vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado el cuerpo de Jesús’.
Escucha la voz que le pregunta -primero los ángeles, después Jesús mismo - ‘Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?’, pero  no reconoce a Jesús. Cegados los ojos por las lágrimas, pero cegado el corazón para no conocer. Le tomó por el encargado del huerto. ‘Señor, si tu te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Se siente fuerte aquella débil mujer para cargar si fuera necesario con el cuerpo de Jesús.
Pero será la llamada por su nombre lo que la despierte de su ensoñación. ‘Jesús le dice: ¡María! Y ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni! (Maestro)’. Jesús que la llama por su nombre y ella que le reconoce. Sentirse llamada por su nombre… una experiencia muy especial que le hará abrir bien los ojos.
¿Seremos capaces nosotros de escuchar también esa llamada de Jesús por nuestro nombre? Así nos ama el Señor, por nuestro nombre; nuestro nombre es nuestra identidad y es mucho más; en nuestro nombre está nuestra vida y todo lo que hay en nosotros por lo que seríamos amados o despreciados. Pero cuando Dios nos está llamando por nuestro nombre lo hará siempre desde una llamada de amor, aunque muchas cosas despreciables pudiera haber en nuestra vida. Dios nos habla y nos llama por nuestro nombre porque nos ama.
Y nos ama con lo que somos, en lo que están todas esas cosas buenas que hay en nuestra vida, todos esos dones y gracias con los que el Señor nos ha regalado, pero están también nuestras negruras, las negruras de nuestras infidelidades, de nuestras negaciones, de nuestros pecados. Pero aún así nos ama Dios; aún así Dios quiere manifestarsenos regalándonos su amor. Esa es la maravilla del amor que el Señor nos tiene.
Hemos venido celebrando estos días con mayor o menor devoción todo el misterio pascual de Cristo y hemos llegado a la fiesta grande de la Pascua donde proclamamos la glorificación del Señor en su resurrección. Sin embargo, como nos sucede siempre porque así somos de débiles e inconstantes, pudiera ser que pronto haya cosas que nos distraigan, o nos hagan bajar la intensidad con que días antes hemos venido celebrando todo el misterio de Cristo. Pueden ir apareciendo cosas en nuestra vida que, como decíamos, nos distraigan o un poco nos cierren los ojos y ya no sigamos contemplando con la misma intensidad todo este misterio de la pascua - así somos de inconstantes -. El ambiente que nos rodea en nuestra sociedad no siempre nos ayuda a vivir con la intensidad necesaria nuestra experiencia de fe.
Que este hecho del evangelio que hoy estamos contemplando y meditando nos despierte de esas llamémoslas así distracciones, porque sintamos la voz del Señor que nos llama por nuestro nombre para que le sigamos reconociendo. Porque además tenemos una misión, como la de María Magdalena, que es la de ir a anunciar a los hermanos que el Señor ha resucitado. No olvidemos que es un anuncio que si en verdad creemos en Jesús no podemos dejar de hacer. Aunque sea con una simple felicitación pascual que hagamos a los que nos rodean, es también una forma de expresar nuestra fe, de trasmitir lo que llevamos dentro y queremos vivir, a Cristo resucitado.

lunes, 1 de abril de 2013


La pascua sigue alentando nuestra fe y reavivando nuestra esperanza

Hechos, 2, 14.22-32; Sal. 15; Mt. 28, 8-15
Cuando uno ha tenido el gusto y el placer de saborear una exquisita comida, luego le quedará ese gusto en su boca que con solo pensar en aquello tan rico que comió de nuevo parece que lo sigue saboreando en su boca y en sus sentidos; la boca se nos hace agua, como solemos decir, de solo recordarlo.
Mucho más que esto es lo que los cristianos seguimos sintiendo y viviendo en nuestra alma después de haber vivir la fiesta grande de la resurrección del Señor, como ayer nosotros lo hicimos. No es simplemente un saborear con el recuerdo sino que es algo mucho más profundo porque realmente es algo que seguimos viviendo con toda intensidad.
Por eso, como recordamos todos los años en momentos semejantes a éste, la fiesta grande de la resurrección del Señor se nos prolonga con igual solemnidad en un día tan grande que se hace ocho días, por seguimos celebrando la Pascua con toda solemnidad durante toda la octava. Más aún, tendríamos que decir, que es lo que cada domingo los cristianos queremos celebrar, porque si nos reunimos el domingo, para nosotros es el día primero de la semana, porque es el día en que resucitó el Señor y lo convertimos así en domingo, día del Señor que viene a significar la palabra.
Durante estos días iremos saboreando en el evangelio las distintas apariciones, manifestaciones de Cristo resucitado a los discípulos. Sorpresa, dudas, alegría, entusiasmo, proclamación de fe irán apareciendo en los sentimientos de los discípulos o de aquellas otras personas, como las mujeres que fueron al sepulcro en lo que escuchamos hoy en lo que nosotros iremos enriqueciendo nuestra fe y saboreando una y otra vez el gozo y la alegría de la Pascua.
De la misma manera iremos escuchando en los Hechos de los Apóstoles aquellos primeros momentos de la predicación apostólica con el anuncio claro y explícito que se va haciendo de Cristo resucitado. Iremos contemplando también la respuesta que fueron dando aquellos primeros creyentes con sus dificultades y luchas porque no siempre fue fácil hacer ese anuncio del nombre de Jesús.
Todo ello para seguir profundizando en esa vivencia pascual que hemos de hacer con toda nuestra vida. La proclamación de la resurrección de Jesús y de nuestra fe en El ha de ser al mismo tiempo una proclamación con toda nuestra vida que con hemos nosotros hemos de sentirnos igualmente resucitados. Hemos de ir sintiendo hondamente dentro de nosotros cómo Cristo también nos va levantando a nosotros de nuestra muerte, nos hace resucitar con El, y con El hemos de vivir una nueva vida.
Todo esto alienta nuestra fe, reanima nuestra esperanza. Nos alienta porque sentimos en nosotros el peso de nuestros pecados que nos arrastran a la muerte, pero estamos llamados a la vida. Cristo nos quiere llevar con El, quiere levantarnos, arrancarnos de ese sepulcro de muerte en que nos sumergimos con nuestro pecado. Estamos llamados a la vida y con Cristo resucitado sentimos reanimar nuestra esperanza de que sea posible sí el vivir esa vida nueva de la gracia. Para eso ha resucitado Cristo.
Como hemos recitado en el salmo ‘se alegra mi corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena: porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción’. En estas palabras podemos ver un anuncio de resurrección, y así lo aplica san Pedro en su discurso en el día de Pentecostés que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Cuando dijo que no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción hablaba del Mesías, previendo su resurrección’. Y como termina afirmando el apóstol ‘Dios resucitó a este Jesús y todos nosotros somos testigos’.
Pero también en estas palabras del salmo podemos entrever un anuncio de nuestra resurrección futura, pero también de esa resurrección que cada día podemos ir viviendo cuando sentimos la gracia salvadora del Señor sobre nosotros para arrancarnos del mal, darnos su perdón y llenarnos de su gracia divina.

domingo, 31 de marzo de 2013


Es la Pascua, es el paso del Señor resucitado, vida de nuestra vida y de nuestro mundo

Hechos, 10, 34.37-43; Sal. 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Así tenemos que cantar sin cansarnos. Ha resucitado el Señor. Es la noticia. Es nuestra noticia de la que somos testigos. Es el anuncio que no podemos dejar de hacer. Y resuenan los aleluyas y nuestros cantos. Alabamos al Señor y no nos cansamos de darle gracias. Es la Pascua, la Pascua de resurrección. Es el paso del Señor que nos llenó de vida y de gracia dando su vida, entregándose por nosotros y ahora le contemplamos vivo y glorioso.
Anoche en la vigilia pascual se encendían las luces, tomadas de un fuego nuevo para iluminar las tinieblas del mundo y anunciar por todos los pueblos que Cristo ha resucitado, que ya no está en el sepulcro, sino que está vivo, está aquí presente en nosotros y entre nosotros. No buscamos más en el sepulcro de la muerte al que es la Vida. La muerte está ya vencida. Cristo ha resucitado y con El nosotros nos sentimos también sacados del sepulcro y llenos de vida. Y tomábamos de su luz porque tenemos que ser sembradores de luz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita, sembrando fe y sembrando esperanza.
La fiesta de la Pascua es lo más misterioso y hermoso que podemos celebrar. Vimos roto el cuerpo de Jesús traspasado en la cruz. Recordemos cómo lo contemplábamos en la tarde del Viernes Santo. Ahora se nos anuncia que ese cuerpo ya no está roto en el sepulcro. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ escuchábamos anoche a los ángeles anunciar a las mujeres que iban al sepulcro. Está aquí, y no está roto sino resplandeciente y glorificado. ¡Ha resucitado!
Es nuestra alegría y nuestra esperanza. Es la fe que queremos proclamar. Es la noticia sorprendente, casi increíble, que nos repetimos. Pero sí, creemos que en verdad ha resucitado el Señor. Somos testigos porque nosotros lo sentimos vivo, está en nosotros y con nosotros. Aunque sea una noticia increíble para muchos que aun siguen poniendo en duda para nosotros es la certeza más grande. Es un anuncio que no todos comprendían y les costaba aceptar, entonces y ahora, pero ahí está el eje y centro de nuestra fe.
También a los apóstoles al principio les costó creer cuando las mujeres vinieron diciendo que el sepulcro estaba vacío, que los ángeles les habían anunciado que estaba vivo. Y cuando los apóstoles iban haciendo ese anuncio en la predicación del evangelio costaba más entender a muchos; recordemos cómo en Atenas cuando Pablo habla de resurrección, dándose la vuelta le dicen de eso nos hablarás otro día.
Hoy vemos en el evangelio a Pedro y Juan correr por las calles de Jerusalén hasta el sepulcro para comprobar lo que les había dicho María Magdalena. Al principio dudan pero al final terminarán creyendo. ‘Entró Pedro al sepulcro vio la vendas por el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas sino enrollado en un sitio aparte; luego entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido las Escrituras: que El había de resucitar de entre los muertos’.
Más tarde, en distintos momentos se sucederán las manifestaciones de Cristo resucitado, en el Cenáculo, el camino de Emaús, junto al mar de Galilea... Y hemos escuchado en la primera lectura proclamar a Pedro, ya con la fuerza del Espíritu, ‘nosotros somos testigos de todo… lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día… y damos solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos…’
Así nosotros con toda firmeza y convicción queremos hoy proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, aunque algunos quieran tratarnos de ilusos. Es nuestra fe. Para quienes no tienen fe o están llenos de dudas pedimos que la fuerza del Espíritu ilumine sus corazones y sus mentes para que se abran al misterio de Dios. Esa fe que nos llena de alegría y da plenitud de sentido a nuestra vida.
Sí, creemos en Cristo vivo y presente, que está aquí, vivo entre nosotros; aquí en nuestro propio corazón, en lo más hondo de nosotros mismos los podemos sentir, como le sentimos por la fuerza del Espíritu en la Palabra y en los Sacramentos. Creemos porque además experimentamos en nosotros la fuerza de su resurrección con la que queremos caminar y luchar por ser nosotros unos hombres nuevos resucitados en Cristo y con la que nos sentimos impulsados para ir transformando nuestro mundo.
Porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando, a pesar de nuestros tropiezos y caídas, seguimos levantándonos una y otra vez; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando somos capaces de sonreír con ilusión y esperanza a pesar de que muchos sean los problemas que tengamos; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando el dolor y el sufrimiento no nos hunden sino que nos hacen más humanos y más maduros porque le damos un sentido nuevo a todo lo que es nuestra vida.
Y con Cristo resucitado a nuestro lado nos sentimos felices cuando hacemos el bien y amamos, siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos; con la fuerza de Cristo resucitado somos capaces de perdonar y buscar la paz y el encuentro con el otro porque seguimos creyendo y confiando en la persona como Cristo ha confiado en mi a pesar de mis debilidades y fracasos.
Con la presencia de Cristo resucitado junto a mí por la fuerza de su Espíritu abro mi corazón a Dios y a su Palabra para ir descubriendo cada día lo bueno que tengo que hacer y me comprometo seriamente a ser cada día yo mejor pero hacer todo lo posible porque el mundo que me rodea sea también mejor. Nos sentimos envueltos cada vez más en más amor, más humanidad, más comprensión y más misericordia porque ‘si hoy nos queremos es que resucitó’.
La vivencia de la resurrección del Señor envuelve y llena mi vida totalmente porque ya mi vivir es Cristo, Cristo es mi vida. Y con Cristo en mi vida ya no hay lugar para el pecado, ya no hay lugar para la tristeza ni para la desesperanza, ya no hay lugar para la soledad ni el desamor, ya no hay lugar para la muerte. Cristo resucitado es nuestra santidad y nuestra justificación; Cristo nos sonríe y nos alegra con su sola presencia; Cristo nos enseña y nos garantiza que todo termina bien, que el Padre nos espera; Cristo es el Pastor bello que nos acompaña; Cristo es el amor resucitado y derramado; Cristo es la vida victoriosa.
Vayamos, pues, sembrando semillas de resurrección en nuestro mundo, empezando por los que están a nuestro lado cada día, la familia, los amigos, aquellos con los que convivimos o trabajamos, allí donde hacemos nuestra vida de cada día. Sembrar resurrección es sembrar amor y solidaridad, es sembrar paz y armonía, es llevar alegría a los que están tristes, es ayudar a levantar al caído, es poner ilusión en los corazones rotos y desesperanzados, es hacer que sean más autenticas y sinceras nuestras palabras y nuestra relación con los demás, es tender una mano al que se encuentra caído en el vicio y la esclavitud del pecado para ayudarle a levantarse, es buscar siempre caminos de reconciliación y perdón, es compartir generosamente lo que somos y tenemos para que nadie pase necesidad… es ‘buscar el Reino de Dios y su justicia’, como nos decía Jesús en el evangelio.
Y así cuantas cosas buenas podemos hacer que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes que nadie nota son, sin embargo, hermosas piedras que contribuyen a la construcción de un mundo mejor. A eso nos compromete nuestra fe en Cristo resucitado, así iremos resucitando nosotros cada día y haremos resucitar nuestro mundo haciéndolo mejor.
¡Cristo ha resucitado! Es nuestra fe con la que tenemos que iluminar nuestro mundo. Feliz pascua de Resurrección

sábado, 30 de marzo de 2013


¡Ha resucitado! No lo busquemos en el sepulcro, ha vencido el amor, ha vencido la vida

 Lc. 24, 1-12
‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. No podemos menos que comenzar repitiendo las palabras del ángel a aquellas buenas mujeres que iban al sepulcro a buscar el cuerpo muerto de Jesús.
Pero nosotros las escuchamos de distinta manera. ‘¡Ha resucitado!’ Sí, está aquí. No lo buscamos en el sepulcro. Lo sentimos y lo vivimos ahora aquí entre nosotros. El Señor vive. Está aquí. Es lo que nos llena de alegría y de gozo grande en el corazón que se desborda en nuestros cantos y en toda la celebración pero que ha de desbordarse por toda nuestra vida.
En la tarde del Calvario elevábamos nuestros ojos a lo alto de la Cruz para mirar a Cristo de frente y para dejarnos mirar por El. A pesar de que el momento de pasión y sufrimiento nos embargaba el alma, sin embargo mirábamos por encima de todo aquel dolor y sufrimiento para contemplar el amor. Y allí estaba la respuesta.
Como nos decía el Papa Francisco en la tarde del Viernes Santo: ‘En realidad Dios ha hablado y ha respondido y su respuesta es la Cruz de Cristo. Una palabra que es amor, misericordia, perdón’. Allí estaba el anuncio de victoria. Por esto nuestro dolor entonces estaba lleno de esperanza porque en ese amor nos llegaba la salvación, la misericordia, el perdón. Esta noche cantamos definitivamente la victoria que ya comenzábamos a cantar al pie de la cruz porque contemplamos, sentimos, vivimos, celebramos a Cristo vivo, a Cristo resucitado. Y ese es el gozo hondo que nos embarga esta noche.
Un evangelista nos contaba que ‘al llegar el mediodía toda la región quedó en tinieblas’, pero ‘esta es la noche clara como el día, como hemos cantado en el pregón que nos anunciaba la pascua y la resurrección, la noche iluminada por mi gozo’. Todo en esta noche es luz. Se ha encendido el fuego nuevo, la luz nueva de Cristo resucitado. Se disipan las tinieblas, ha sido vencida la oscuridad de un mundo lleno de muerte y de pecado. Brilla en medio de nosotros como un signo de esa luz que nunca se apagará el Cirio Pascual para iluminarnos, para iluminar todo nuestro mundo, con esa luz nueva de la resurrección. Es la noche iluminada por la resurrección del Señor, la noche que se vuelva más clara que el día porque brilla el lucero que no tiene ocaso. Brilla la luz de Cristo resucitado y nosotros nos llenamos de su luz.
En las lecturas de la Palabra de Dios que nos han servido de guía a través de toda esta vigilia de espera de la resurrección del Señor hemos ido haciendo un recorrido por la historia de la salvación. Contemplábamos la obra creadora de Dios, la fe de Abrahán, la liberación de Egipto con el paso del mar Rojo, la voz de los profetas; todo un camino que nos ha ido conduciendo al momento cumbre que contemplamos, sentimos y vivimos: la presencia de Cristo resucitado en nosotros y en medio de nosotros. Todo venía a ser imagen, preparación y anticipo de la nueva creación que en Cristo se realiza cuando con su muerte y resurrección, liberándonos de la peor de las esclavitudes que es nuestro pecado, recrea en nosotros ese hombre nuevo de la gracia.
En la fuente del Bautismo, como un paso por el mar Rojo, nos sumergimos para comenzar a vivir esa vida nueva, para nacer a ese hombre nuevo. ‘Creemos en un solo bautismo para el perdón de los pecados’, confesamos en el credo de nuestra fe. Allí un día nos despojamos de ese hombre viejo de la esclavitud, del pecado; en esa fuente de la salvación por la fuerza del Espíritu nos llenamos de la vida divina de la gracia para ser hijos de Dios.
Es por eso por lo que en esta noche luminosa de la pascua renovamos nuestro bautismo, renovamos nuestros compromisos bautismales, al pie de la fuente bautismal e iluminados por la luz del Cirio Pascual, comprometiéndonos una vez más a no dejarnos vencer por la tentación y el pecado. Es algo serio e importante lo que vamos a hacer. Para eso hemos venido preparándonos a través de toda la Cuaresma. Ahí vamos a proclamar una vez más con todas nuestras fuerzas nuestra fe, esa fe que luego tenemos que proclamar ante el mundo para que todos un día puedan alcanzar esa luz de la fe dejando iluminar sus vidas por la luz de Cristo resucitado.
Al comenzar nuestra celebración y al encender el Cirio Pascual hemos realizado un signo muy importante que no puede pasar desapercibido y que tiene que significar mucho para nosotros. A las puertas de nuestro templo, de la Iglesia como solemos decir, hemos realizado ese signo de encender el Cirio en el fuego nuevo, y mientras íbamos entrando en la Iglesia íbamos encendiendo nuestros cirios de la Luz del Cirio Pascual o también de otros que ya la habían encendido antes que nosotros. Pero de una forma o de otra era luz tomada del Cirio la que encendíamos, porque es la Luz Cristo, Cristo que es nuestra Luz, la que nos ilumina.
¿Cómo ha llegado a nosotros la fe? ¿Cómo comenzamos a creer y como alimentamos luego nuestra fe? Fueron nuestros padres quizá desde la más tierna infancia, ha sido el testimonio que hemos contemplado en tantos a lo largo de la vida que nos despertaron a la fe, o en tanto que habremos sentido allá en lo hondo del corazón escuchando a Dios que nos hablaba, y ha sido la mediación de la Iglesia que en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la oración y en la vida de la Iglesia. Se nos ha ido trasmitiendo esa luz de nuestra fe. Ahí está ese signo que hemos realizado cuando hemos tomado esa luz.
Pero no se queda ahí porque nos hemos trasmitido la luz los unos a los otros. Tenemos que trasmitirnos esa luz de la fe los unos a los otros. Esa luz no la podemos ni encerrar en la Iglesia ni guardárnosla solo para nosotros. Nosotros que la hemos recibido tenemos ahora que ir a los otros, también a los que no tienen fe, para con nuestro testimonio, nuestra palabra, nuestra vida ser un signo que trasmita, que despierte la fe para que, como decíamos, todos seamos iluminados por esa luz de Cristo resucitado.
Queremos hacer un mundo nuevo y desde Cristo resucitado nos ponemos en camino de realizarlo; en Cristo resucitado sentimos que sí es posible ese mundo nuevo; en Cristo resucitado, que ha venido a transformar nuestro mundo transformando nuestros corazones, sentimos la fuerza para irlo realizando. Es la nueva creación que comienza con Cristo para llegar a ese cielo nuevo y esa tierra nueva de la que nos hablará el Apocalipsis.
Desde Cristo resucitado tenemos que poner luz en nuestro mundo, llenándolo de amor y de solidaridad, poniendo paz en las relaciones mutuas de todos empezando por la convivencia de cada día con el que está a nuestro lado, poniendo sinceridad y autenticidad en nuestra vida y nuestro trato con los demás, luchando por una mayor justicia para que nadie sufra, poniendo ese bálsamo de ternura que llenen de dulzura, comprensión y misericordia nuestras mutuas relaciones. Pequeñas cosas, nos puede parecer, pequeñas semillas de luz que hemos de ir sembrando pero que iluminarán nuestro mundo.
Como decíamos antes, esta noche con la victoria de Cristo se disipan todas las tinieblas y nos llenamos de esperanza porque ha vencido el amor. Cantamos con gozo la resurrección del Señor. Cantamos con gozo y esperanza porque nos sentimos perdonados y renovados. Cantamos con gozo y esperanza porque sentimos que Dios sigue contando con nosotros a pesar de tantas debilidades que hay en nuestra vida y en Cristo resucitado encontramos nuestra fortaleza para ir a llevar esa luz, para trasmitir nuestra fe.
No buscamos más en el sepulcro de la muerte al que es la Vida. La muerte está ya vencida. Cristo ha resucitado y con El nosotros nos sentimos también sacados del sepulcro y llenos de vida. Resucitemos en verdad con El. Vivamos el resplandor de la resurrección. Que ese sea el grito de vida que proclamemos ante el mundo, nuestra fe. El Señor está aquí, estará para siempre en nosotros y con nosotros.
¡Feliz Pascua de Resurrección!

viernes, 29 de marzo de 2013


¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado?

Is. 52, 13-53, 12; Sal. 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19,42
Hace unos días a través de estos medios de comunicación que hoy tenemos le envié a un amigo una fotografía de la imagen de un Cristo crucificado queriendo de alguna manera hacerle llegar con dicha imagen un mensaje propio para estos días. Inmediatamente me respondió: ‘Ver eso me entristece, tío, yo no quisiera estar ahí en su lugar’, a lo que yo le respondí ‘todo lo contrario nos da paz’. ‘Sí, me respondió, pero sufrió mucho’. Y yo simplemente le añadí. ‘Gracias a que El estuvo tenemos la salvación’, y le añadí ‘es el AMOR’. Entonces me respondió ‘mirándolo así me gusta más’.
¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado? Sí, es la pregunta que quizá tengamos que hacernos en esta tarde del viernes santo. ¿Cómo lo miramos? ¿Qué es lo que vemos? Es cierto que contemplar un cuerpo desgarrado cosido al madero de la Cruz no nos es nada agradable a la vista. ‘Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ Es la descripción que con crudeza y realismo nos hacía el profeta.
Cuando levantamos los ojos a lo alto de la cruz, ¿es eso solo lo que contemplamos? Nuestra primera mirada se queda en el cuerpo dolorido de Cristo y como decía mi amigo ‘ver eso nos entristece, yo no quisiera estar en ese lugar’, no quisiéramos tener que encontrarnos frente a frente con ese dolor porque parece que nos hace daño. Pero como le decía, ‘él estuvo allí por nosotros’; en nuestro lugar, podríamos decir también; o podríamos pensar que El está allí en lo alto recogiendo todo el dolor y el sufrimientos de tantos que caminan a nuestro alrededor y a los que quizá nos cuesta mirar.
¿No nos ha pasado quizá más de una vez que vamos por la calle y allí en suelo está alguien tendiéndonos un cacharrito para que le pongamos algo porque no se atreve quizá ni a tender su propia mano y también nosotros volvemos la vista hacia otro lado porque no queremos mirar? Digo esto porque es lo más corriente que nos encontramos cada día en nuestras calles y parques o en las puertas de nuestras iglesias, pero son tantos los que pasan a nuestro lado arrastrando el dolor de su sufrimiento, de su soledad, de sus angustias, de sus penas y desesperanzas y no queremos mirar, o no queremos muchas veces enterarnos.
Mucho es el sufrimiento que hay en nuestro mundo, y pensamos en cuantos mueren de hambre y miseria a lo largo de nuestro mundo, o sufren consecuencias de guerras y violencias, pero también quizá no tan lejos muchas veces quienes padecen una cruel enfermedad sin una medicina que le alivie o una mano amiga que le acompañe en el lecho de su dolor. Son muchas las soledades y sufrimientos, las impotencias de tantos que no ven una luz para seguir caminando con esperanza. No digamos cuantos están sufriendo en estos momentos las consecuencias de la crisis económica que vivimos. La lista se haría interminable y hoy al ponerme a los pies de la cruz de Jesús y mirar a lo alto en ese cuerpo de Cristo atravesado y clavado en la cruz estoy viendo todo ese sufrimiento y ese dolor de todo tipo de tantos a nuestro alrededor. Ojalá, aprenda yo a mirar con una mirada nueva, con la mirada que Jesús desde la cruz me está enseñando a tener.
Y Jesús está ahí en la cruz y gracias a ella nos llega la salvación. Porque ahí en Jesús, ‘el que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, como nos decía el profeta, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por  nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron; maltratado, voluntariamente se humillaba, enmudecía como cordero llevado al matadero, no abría la boca, triturado con el sufrimiento entregó su vida como expiación, expuso su vida a la muerte, fue contado entre los pecadores, tomó nuestro pecado e intercedió por los pecadores’. Es la ofrenda del amor. Es el AMOR.
Sí, contemplemos el amor; mirado desde el amor las cosas se ven de distinta manera; descubramos que detrás y en el fondo de todo ese sufrimiento de Jesús en la cruz está el Amor. Obediente al Padre sube a la cruz, camina hasta el Calvario, entrega su vida por nosotros. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, había dicho en Getsemaní. ‘Aprendió, sufriendo, a obedecer’, que nos decía la carta a los Hebreos, ‘y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Contemplamos en la cruz el amor y la salvación. Pero lo contemplamos como algo palpable y real para nuestra vida y para nuestro mundo. Su entrega no es un sueño. Su entrega nos ha puesto en camino de ser un hombre nuevo para hacer un mundo nuevo. Si nos sentimos nosotros traspasados por ese amor que se destila desde la cruz de Jesús ya nuestra vida tiene que ser distinta, no podemos vivir de la misma manera cerrando los ojos en nuestros miedos o nuestra insolidaridad y necesariamente comenzaremos a hacer ese mundo mejor, ese mundo nuevo.
Ya no podremos pasar por la vida volviendo nuestra vista hacia otro lado porque el amor nos habrá abierto los ojos de un modo nuevo. Se tiene que acabar la dureza de nuestro corazón para llenarnos de verdad de la ternura de Dios, de la compasión y de la misericordia, de un amor efectivo y real que comience a amar de verdad a los hermanos. No será necesario ya que nos tiendan un cacharrito para pedirnos algo porque nosotros por adelantado tenderemos generosamente y con amor nuestra mano sin ningún miedo ni prevención. Sabremos detenernos de verdad junto al hermano para acompañarlo en su soledad, para darle una esperanza en su angustia, para poner una nota de alegría en su tristeza.
Levantemos los ojos a lo alto de la cruz de Cruz pero vayamos con esa mirada directa al hermano con el que nos cruzamos en el camino de la vida. Miremos directamente a Jesús que viene a nuestro encuentro en esta tarde de viernes santo para llenarnos de su gracia, para llenarnos de verdad de su amor.
Todo ese mal y todo ese sufrimiento se va a ver transformado desde la Cruz de Cristo. La violencia se transformará en mansedumbre, la venganza en perdón, el odio en amor, la mezquindad en generosidad, la mentira en verdad. Desde la Cruz de Jesús se han de acabar los miedos y cobardías, la insolidaridad no tiene cabida en nuestro corazón, las tristezas se han de transformar en esperanza. Desde la cruz de Jesús nos sentimos perdonados y redimidos; sentimos una paz nueva en nuestro corazón y tenemos la esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo en nuestra vida y en nuestro mundo. Desde la cruz sabemos bien lo que es la misericordia y el amor, la comprensión y el aliento para comenzar a caminar de nuevo.
Miremos a Jesús, miremos su cuerpo, sus manos, su corazón, su mirada y sentiremos que algo nuevo comienza para nuestra vida desde su amor y su entrega. La cabeza coronada de espinas de Jesús nos redime de nuestros orgullos; las manos abiertas y gastadas de bendecir y de servir  nos redimen de nuestras violencias y codicias; ese rostro ensangrentado de Cristo pero tras el cual se ven esos limpios y penetrantes nos enseñan a abandonar para siempre nuestras falsedades y cegueras; esos pies gastados y cansados de tantos caminos para hacer el bien nos esperan con paciencia y nos redimen de nuestras comodidades; ese cuerpo roto por los azotes y el sufrimiento nos redimen de nuestras crueldades; ese costado abierto de Cristo nos redime de nuestros egoísmos y desamores.
Con Cristo crucificado nos sentimos redimidos para comenzar a vivir una vida nueva que será principio de un mundo mejor. Pongámonos sin miedo a la sombra de la cruz que sabemos cierto que es camino de victoria y de resurrección. 

jueves, 28 de marzo de 2013


El amor no tiene más razones para amar que el mismo amor. Es un amor como el de Jesús

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15
‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’. Así lo establecía la ley mosaica. Era la Pascua, la fiesta de la pascua, la fiesta del Señor. Un día Dios pasó en medio de su pueblo y lo liberó de la esclavitud de Egipto. Había que recordarlo, había que celebrarlo; ‘ley perpetua para todas las generaciones’. Lo recordarían y lo celebrarían para siempre. Recordaban y celebraban el paso del Señor y la Alianza que con ellos hizo el Señor.
Por eso estaban reunidos aquella tarde para la cena pascual. Todo estaba bien prescrito y ritualizado, el cordero, la copa con el vino, el pan ácimo, el agua para las abluciones. Celebraban la pascua, la fiesta del Señor. Los discípulos enviados por Jesús lo habían preparado todo siguiendo fielmente las instrucciones de Jesús. Y fue en ese marco y por encima de aquellos ritos preestablecidos dándoles un sentido nuevo y distinto donde se iba a celebrar una alianza nueva, una alianza que tendría valor y duración eterna.
Era también el paso de Dios en medio de su pueblo que nos va a liberar no de una esclavitud terrena sino que nos daría una libertad nueva y una vida nueva, porque ya no se fundamentarían en un pan ácimo que los hombres pudieran hacerse ni en un cordero que pudieran comprar en el mercado para luego sacrificarlo. Allí estaba el verdadero Cordero, como un día el Bautista señalara, que con su sangre derramada iba a quitar los pecados el mundo. El pan que iban a partir y a compartir ya desde ahora sería el mismo Cuerpo de Cristo entregado por nosotros y la copa de la Alianza que iban a beber era la Sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados.
San Pablo nos lo recuerda. Si antes estaba establecido como ley para todas las generaciones la celebración de la antigua pascua, ahora habíamos recibido una tradición que procede del Señor, como nos dice el Apóstol y es lo que Jesús en la noche en que lo iba a entregar nos mandó hacer en memoria suya ahora sí por los siglos de los siglos. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre… haced esto en memoria mía’. Cada vez que comiéramos de ese pan y bebiéramos de ese cáliz estaríamos proclamando ya para siempre la muerte del Señor hasta su vuelta. Es la Eucaristía que celebraríamos para siempre como memorial de su pasión, muerte y resurrección.
Y eso será proclamar también que el Señor estará para siempre con nosotros y en nosotros. Como más tarde le pedirían los discípulos de Emaús ‘quédate con nosotros’, El ahora ya nos está adelantando que quiere ser presencia permanente entre nosotros y en nosotros, porque quien le coma vivirá por El y si queremos tener vida en nosotros habremos de comer su Cuerpo y beber su Sangre, como un día anunciara en la sinagoga de Cafarnaún. Es la Eucaristía alimento de vida y comunión.
Este signo de Jesús que nos dejó como sacramento eterno de su vida y su presencia entre nosotros y en nosotros vino precedido de otros signos que nos conducirían todos ellos a la sublimidad que se estaba viviendo en aquella cena del Señor y que nosotros hemos de vivir y alcanzar cada vez que celebramos la Eucaristía. Porque no habrá verdadera Eucaristía si no llegamos a amar con un amor tan sublime como con el que El nos amó.
Como describiría el evangelista al trasmitirnos el relato de aquella cena pascual había llegado ya la hora. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaba en el mundo, los amó hasta el extremo’. Llegó la hora, la hora de la manifestación del amor más extremo, más sublime. Nos lo enseña Jesús con los signos y los gestos que realiza como  nos lo explicará luego con sus palabras.
Lo hemos escuchado y contemplado en el evangelio. Jesús a los pies de los discípulos como el servidor. Es el amor del que se entrega, del que entiende lo que es el verdadero amor, del que no convierte el amor en un canto de bonitas palabras llenas de poesía, sino del que ama hasta el final, hasta el extremo. Nos había ido diciendo y explicando cómo nuestro amor era algo más que simplemente hacer el bien porque me hacen el bien; nos había enseñado que había que hacerse el último y el servidor de todos, pero ahora lo contemplamos en El que es el Maestro y el Señor.
Algunas veces comenzamos a darle vueltas y vueltas en nuestra cabeza para encontrar razones para amar y cómo amar. El amor no tiene más razones para amar que el mismo amor. Amo porque amo. Así sencillamente sin más razones, sino con la razón más honda que es el mismo amor. No amo porque me amen o para que me amen; no amo porque otros me hicieron bien y yo, claro, tengo que corresponder. Amo porque amo, porque hay amor en mi vida y en mi corazón y es así como alcanzo la mayor plenitud y felicidad.
Y ¿cómo amo? Sirviendo; y aquí encontramos el ejemplo en el mismo Jesús. No solo porque quiero hacer el bien, lo cual es bueno y loable; amo, no simplemente porque soy bueno y no quiero hacer daño, lo cual está también bien, pero eso lo puede hacer cualquiera; amo, no solo cuando pueda hacerlo si no tengo otra cosa que hacer o en qué pensar, como si fuera un entretenimiento. Amo haciéndome servidor, y el servidor amará siempre; el servidor amará olvidándose de sí mismo solo para servir al otro; amo dándome y desgastándome sirviendo a todos aunque no obtenga recompensa ni beneficio porque entonces no sería amor.
Y aquí si pensamos ahora en quien es el modelo sublime de nuestro amor; pensamos en quien vemos ahora a los pies de sus discípulos a pesar de sus resistencias como la de Pedro que no quería dejarse lavar los pies; o a pesar de que sabía que allí entre ellos estaba el que lo iba a entregar; o a pesar de que le abandonarían y huirían a la hora del prendimiento o incluso le negarían; a pesar de que conocía sus debilidades y dudas o a pesar de que conocía todas esas debilidades y dudas El estaba amando, El estaba como el servidor, porque así nos estaría dando la señal por la que habríamos de distinguirnos para siempre. ‘Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’, les dirá. Nos está enseñando el verdadero sentido y la auténtica medida del amor.
Es un amor sublime el que nos está enseñando Jesús; un amor gratuito y generoso hasta el final; un amor que se manifestará en palabras entrañables porque les llamará amigos porque les ha revelado los secretos del Reino, pero sobre todo se manifestará en gestos elocuentes y signos bien brillantes que nos están adelantando lo que va a ser su entrega hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte salvadora y redentora. Por eso nos dirá que nos amemos, pero no de cualquiera manera, sino como El nos ha amado. ‘Es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. ¿Hay amor más sublime? Y nos enseñará también entonces que amemos a los demás como si le amáramos a El, y esta es otra vertiente importante del amor cristiano, porque ‘lo que hacéis a uno de estos pequeños, conmigo lo hacéis, a mí me lo hicisteis’.
‘Haced esto en memoria mía…’ hemos escuchado que nos decía Jesús. ‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’,  escuchábamos al principio en referencia a la ley mosaica de la Pascua que congregaba a los discípulos con Jesús para aquella cena pascual. Pero ahora lo podemos volver a escuchar pero de manera diferente. Es fiesta, sí, es la pascua, es el día del amor, del amor de Cristo que estamos contemplando, pero del amor de Cristo que tiene que impregnar nuestra vida para vivir en su mismo amor, y con su mismo amor.
Estamos celebrando la Eucaristía en este día tan importante como memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, pero démonos cuenta a cuánto nos compromete porque celebrar el misterio de Cristo no lo podemos hacer si no vivimos en su mismo amor y con su mismo amor.
Contemplamos y celebramos el lavatorio de los pies y el mandamiento del amor al mismo tiempo que le institución de la Eucaristía y el Sacerdocio en este día. No podemos separarlos de ninguna manera. Lavatorio, Eucaristía y amor fraterno se necesitan. Caridad sin Eucaristía quedaría muy pobre y podría secarse pronto; Eucaristía sin caridad, sería fría y meramente ritual. De la Eucaristía nace el lavatorio y el lavatorio hace la Eucaristía. Así tan íntima y esencialmente unidas están.
Solo quiero dejar una pregunta en el aire al son de las palabras de Jesús que hemos escuchado. Cuando salgamos de esta Eucaristía que ahora estamos queriendo vivir celebrar con tanto fervor, ¿iremos a lavar los pies de los hermanos?  Porque el Señor nos dijo: ‘Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Y ya sabemos lo significa esto y cuál es la sublimidad del amor cristiano.

miércoles, 27 de marzo de 2013


¿Cómo vamos a preparar la Pascua?

Is. 50, 4-9; Sal. 68; Mt. 26, 14-25
¿Cómo vamos a preparar la Pascua? ¿cómo hemos venido preparándola? Hoy el evangelio nos habla de esos preparativos. ‘Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿dónde quieres que te preparemos la cena de pascua?’ Ya hemos escuchado la instrucciones de Jesús.
Los preparativos eran laboriosos; no solo había que buscar un lugar, porque estaban en Jerusalén que no era su lugar de residencia y no tenían allí casa propia por lo que habría que buscar la casa de alguien conocido, algun pariente, alguien que ofreciera generosamente un lugar donde hacerlo; pero había que preparar el cordero, que previamente habia de ser sacrificado en el templo, preparar los panes ácimos, las lechugas amargas, el vino, el agua para las abluciones tan importantes en cualquier ritual judío. De todo eso  han de encargarse aquellos que Jesús envía a Jerusalen ‘que cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua’.
Pero aquella pascua iba a ser distinta y otros eran los preparativos. Por eso el evangelista comenzará hablándonos de la traición de Judas que va a hablar con los sumos sacerdotes. ‘El Hijo de Hombre se va como está escrito’, dirá luego Jesús en la cena. Jesús ya había anunciado varias veces todo lo que iba a suceder en subida a Jerusalén; y los profetas habían descrito todo lo que se refería a la pasión del Hijo del Hombre. Eso formaba parte también de la preparación de aquella pascua y también se iba cumpliendo.  Y Jesús ahora lo está anunciando también con la consternación de los discípulos.
Pero la pregunta que nos hacíamos era ¿cómo vamos a preparar la pascua nosotros? Estamos a las puertas del triduo pascual, de la celebración de la pascua. Mañana, ya, jueves santo iniciaremos con la conmemoración de la cena pascual, la última cena, con todo lo que en ella sucedió. Iniciaremos así las celebraciones de todo el misterio pascual de Cristo. Pero ¿estaremos en verdad preparados para vivir misterio tan grande como el que vamos a celebrar? ¿qué será lo importante que tendríamos que preparar?
Algunas veces podemos andar ajetreados en nuestras parroquias y comunidades porque son muchas las cosas que hay que preparar en el orden de lo material. Es cierto que hemos de tener todo a punto para poder vivir intensamente esas celebraciones del triduo pascual, pero no nos podemos quedar en lo material, como cuando pensamos en el evangelio de hoy no nos quedamos solamente en aquellos preparativos que los discípulos hicieron para tener todo a punto para la cena del cordero pascual.
Algo más hondo tenemos que preparar. Son las disposiciones que allá en lo hondo de nuestro espíritu tenemos para poder celebrar y vivir todo el misterio de Cristo. Ya lo hemos reflexionado que nos vamos a vivir estos días desde el exterior, desde las cosas externas. Lo más importante será como dispongamos nuestro espíritu, qué apertura tengamos en nuestro corazón y en nuestra vida a la gracia de Dios, para dejarnos inundar por esa gracia que Cristo nos regala.
Que no resbale sobre nosotros esa gracia del Señor y nosotros nos quedemos de la misma manera que estábamos antes. Tiene que haber un verdadero y profundo encuentro con el Señor y con su gracia dejándonos transformar por la gracia del Señor que llega a nosotros. probablemente ya nos habremos acercado a los sacramentos y en especial al Sacramento de la Penitencia o Reconciliación para renovar esa gracia de Dios en nuestra vida que acaso habíamos perdido con nuestro pecado.
Si no lo hemos hecho aún, aprovechemos estos últimos momentos de gracia para acercarnos al Sacramento. Mal podremos celebrar el misterio pascual de Cristo y su salvación si nos mantenemos en nuestro pecado, si no convertimos nuestro corazón al Señor, si hemos tenido miedo y cobardía para acercarnos al Sacramento que nos alcanza ese perdón de Dios. Hagámoslo bien y con toda sinceridad; es el primer y más importante preparativo que  hemos de hacer para poder sentarnos a la mesa del Señor y celebrar su Pascua.
Además intensifiquemos nuestra oración, nuestra escucha a la Palabra de Dios una y otra vez, la ofrenda de amor que le hagamos al Señor con nuestro sacrificio y nuestra penitencia, y el amor exquisito que le tengamos y mostremos a aquellos hermanos que están a nuestro lado, porque si no somos capaces de acogerlos a ellos, tampoco seremos capaces de acoger al Señor que viene a nuestra vida con su salvación.
‘El momento está cerca, nos dice el Señor; quiero celebrar la pascua en tu casa’, quiere el Señor celebrar su Pascua en nuestro corazón.