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domingo, 20 de julio de 2025

Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

 


Mientras nos sentamos a los pies de Jesús tengamos abiertas las puertas de nuestro patio para vivir lo maravilloso de la acogida que nos hace sentir también a Dios

Génesis 18, 1-10; Sal. 14; Colosenses 1, 24-28; Lucas, 10, 38-42

Un hogar es algo más que una estancia con unas puertas cerradas para vivir encerrados dentro de unos límites. Un hogar tiene patio y unas puertas que se abren y depende de nosotros si siempre las tenemos abiertas. Es cierto que un hogar es como ese nido de la familia donde nacimos, crecimos, nos desarrollamos y podemos vivir una hermosa experiencia de que nos introduce en caminos de plenitud.

Pero el hogar no es para mirarse solo a si mismo, sino que en cierto modo podemos decir que es también, que debe ser también una pista de despeje. En él, es cierto, hemos encontrado lo mejor para el aprendizaje de ese desarrollo de uno mismo, desde el amor de unos padres, pero desde la convivencia amorosa de todos los miembros de la familia que nos hace crecer.

Pero el hogar no nos aísla, por eso decíamos que tiene patio y puertas que se abren para salir y para entrar, nosotros y también a los que vienen a nosotros con nuestra mejor acogida por nuestra parte. Cuanto han aprendido los que han tenido un hogar así, abierto y acogedor, y como luego su vida se va a desarrollar también en esa acogida pero también en esa ida hacia los otros. Si ha sido de verdad ese nido de amor y de vida para nosotros, hemos estado inundados y contagiados de tal manera por ese amor que se hace difusivo y contagioso a través de nosotros para los demás. No podemos tener las puertas cerradas porque el amor resuma desde ese lugar.

Lo estamos viendo en la palabra de Dios que se nos ofrece en este domingo. Abrahán sentado a la sombra de la encina de Mambré y a la puerta de su tienda acoge en aquellos caminantes a Dios mismo que le visita y a los que ofrece lo mejor de su casa, agua para que laven sus pies y un bocado para recobrar fuerzas para proseguir el camino, como signos hermosos de la hospitalidad. Dios que llega hasta su tienda – imagen del misterio de Dios y de la misma Santísima Trinidad han visto desde siempre los santos padres de la Iglesia en este episodio – que mantiene sus promesas de alianza con Abrahán anunciándole el nacimiento de un hijo, el hijo de la promesa.

En ese mismo sentido escuchamos el relato del evangelio. Jesús de camino hacia Jerusalén se detiene en aquel hogar de Betania, en casa de Marta y María; pronto se pone en juego igualmente la ley de la hospitalidad en la forma que una y otra aquellas mujeres acogen a Jesús con sus puertas abiertas. Es sí la disponibilidad pronta para el servicio de Marta que se afana en hacer todos los preparativos necesarios para la acogida de aquellos huéspedes, pero es también la actitud de María sentada a los pies de Jesús y no perdiéndose ni una de sus palabras.

Siempre nos hacemos nuestras interpretaciones como si hubiera una oposición en la actitud de aquellas hermanas, primero por la queja de Marta que se ve sola para todas las tareas, porque le parece que su hermana no le ayuda, y también por las palabras de Jesús a las que siempre le hemos dado muchas vueltas. ‘María ha escogido la mejor parte’. ¿No era una parte importante también el servicio de los preparativos?

Podríamos preguntarnos si nos parece bien dejar a nuestro invitado solo y encerrado en la sala mientras nos vamos para la cocina pensando solo en hacer café para ofrecerle o preparar unas tortitas... ¿Dónde está la compañía y la presencia? Jesús no dice que no fuera importante y no está queriendo contraponer una cosa a la otra. Jesús nos quiere a ayudar a hacer una verdadera escala de valores para estar a su tiempo en casa lugar.

Creo que esto nos puede ayudar para muchas cosas empezando por lo que es nuestra vida ordinaria de relación con los demás. Damos cosas pero no damos amor; hacemos regalos, pero no regalamos presencia y compañía. Somos capaces de dar algo de nuestro dinero – y mira que nos cuesta desprendernos de nuestro dinero – pero no nos detenemos a mirar a los ojos y hablar con esa persona que nos ha tendido la mano pidiendo una limosna. Nos quejamos de la inhumanidad en la que vivimos a causa de tantos conflictos que hay en nuestro mundo, y miramos con desdén o por encima del hombre para mantener las distancias al inmigrante con el que nos cruzamos por la calle.

Y aquí podemos pensar también en todo lo que significa nuestra relación con Dios y el fondo de nuestra vida cristiana. Resumiendo podríamos decir que sin escuchar a Jesús difícil nos va a ser mantener de forma auténtica todo lo que es nuestro compromiso cristiano. No se trata solo de hacer cosas, podemos caer desde nuestra buena voluntad en el activismo cuando vemos cuanto hay que hacer, pero necesitamos saber encontrar esa fuerza interior para poder realizarlo. Y cuando hablamos de esa fuerza interior no es cuestión solo de nuestra voluntad, de lo que nosotros queremos y por lo que nos esforzamos, sin la fuerza que viene de Dios nada somos y nada podremos.

¿No nos dirá Jesús que sin El nada podemos hacer? Para que el sarmiento dé fruto tiene que estar bien enraizado en la cepa de la viña, si lo desgajamos para nada nos sirve porque se seca. ¿No nos pasará muchas veces así a los cristianos? Vivimos enfervorizados queriendo tragarnos el mundo en dos días, pero al cuarto día nuestras fuerzas se acabaron, aquella fiebre de entusiasmo se enfrió y comenzamos a resbalar por la pendiente de la tibieza espiritual que terminará apagándose del todo.

Sepamos sentarnos a los pies de Jesús para que podamos tener las puertas de nuestro patio abiertas; acogiendo a Jesús aprenderemos a acoger a los demás, porque cuando acogemos a los demás nos daremos cuenta que estamos acogiendo a Jesús. Pero sin ese hilo de amistad con Jesús no lo podremos ver ni lo podremos lograr.

sábado, 19 de julio de 2025

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

 

Necesitamos ponernos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios

Éxodo, 12, 37-42; Salmo, 135; Mateo 12, 14-21

Una cosa es que nos mantengamos en nuestros principios y valores siendo fieles a nosotros mismos, siendo fieles a la responsabilidad que tenemos en la vida, y otra es que nos presentemos con tozudez tratando de imponernos, incluso con la violencia de nuestras palabras o nuestros gestos. Es difícil muchas veces, por una parte porque nos podemos sentir confundidos y tratemos de hacer arreglos y cesiones que a la larga nos alejan de lo que son nuestros valores, pero también nos sucede que la oposición que encontramos nos lleve al enfrentamiento y si nos acaloramos o nos sentimos heridos en nuestro amor propio no sabemos al final cómo vamos a reaccionar.

Necesitamos alcanzar una madurez en nuestra vida para no perder la serenidad ni la paz, para seguir dando señales de aquello en lo que creemos, de seguir mostrando ese lado bueno de nuestra vida con nuestra dulzura que al final puede atraer mucho mejor a los que nos rodean desde ese testimonio que damos con nuestra paciencia y nuestra paz. Repito que no siempre es fácil, pero diríamos que para eso tenemos que entrenarnos, prepararnos.

Es en la situación en que se encuentra Jesús en el pasaje evangélico que hoy se nos ofrece. Por algunos signos que Jesús ha realizado, señales de lo que es en verdad el Reino de Dios que está anunciando, resulta que algunos grupos ya quieren quitarlo de en medio. Pero Jesús no deja de anunciar el Reino de Dios tal como es su misión y seguirá dejándonos sus señales. Señales que se van a manifestar precisamente en esa su forma de actuar.

Como nos dice el evangelista ‘Jesús se enteró – de aquella situación que se estaba provocando – se marchó de allí y muchos lo siguieron’. Pero El siguió realizando los signos del Reino, ‘curó a todos’ nos dice el evangelista, aunque recomienda que no se haga mucha publicidad.

Y el evangelista nos recordará lo anunciado por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco’. Nos recuerda las palabras escuchadas en lo alto del Tabor en medio de aquella espectacular teofanía. El siervo de Yahvé, el Hijo amado del Padre a quien tenemos que escuchar. El que viene no como un fuego destructor, aunque en algún momento nos diga que ha venido a traer fuego a la tierra, sino el que viene a hacer que la llama aunque sea pequeña se mantenga encendida.

Por eso como dice el profeta ‘no porfiará, no gritará, no voceará por las calles. Porque la caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria’.

Seguirá mostrándose Jesús manso y humilde de corazón, seguirá repartiendo sus gestos de amor, seguirá deteniéndose al lado del ciego que no ve para abrirle los ojos, o levantando al que está postrado en la camilla para que camine y vuelva a su casa, se sentará junto al pozo donde sabe que va a venir alguien a buscar agua, o platicará sentado en el patio con las familias que le acogen, consolará a las que lloran junto a la calle de la amargura e irá despertando continuamente esperanzas en quienes parece que se sienten abandonados.

¿No es esto todo un programa para nuestra vida cristiana? ¿No es éste el mejor plan pastoral que podamos realizar para hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo? Nos volvemos con la cabeza del revés locos en nuestras búsquedas de los planes que tenemos que hacer y con nuestras programaciones tan técnicamente elaboradas de cosas espectaculares y no somos capaces de acercarnos allí donde hay un anciano solo para acompañarle, un enfermo postrado en una cama para despertarle las ganas de vivir, una persona que sufre porque se siente desorientada y que no sabe a quien acudir, o ponernos a escuchar pacientemente tantas cosas que muchas personas tienen deseos de desahogar de su corazón.

¿Cuándo nos pondremos a hacer esas cosas sencillas que iba haciendo Jesús por aquellos caminos de Galilea y toda Palestina que muestran las verdaderas señales del Reino de Dios?

viernes, 18 de julio de 2025

Que el entusiasmo de nuestras celebraciones para cantar la gloria del Señor sea consecuencia de lo que hacemos cada día en nuestro amor por los demás

Que el entusiasmo de nuestras celebraciones para cantar la gloria del Señor sea consecuencia de lo que hacemos cada día en nuestro amor por los demás

Éxodo 11,10-12,14; Salmo 115; Mateo 12,1-8

No nacimos aprendidos, como se suele decir; en la medida que nos vamos abriendo a la vida vamos aprendiendo a vivir, por medio está la educación que de nuestros padres recibimos que nos van inculcando una forma de vivir, desde lo que es su propia experiencia, pero también de lo que ellos a su vez un día recibieron en la educación que a ellos también se les dio.

Educar no es imponer sino desarrollar, desarrollamos la persona y sus capacidades y posibilidades, ayudando a crecer, pero crecer en el vivir; aquello que nos fueron transmitiendo e inculcando poco a poco se fue convirtiendo en nosotros en modo de vida, en sentido de vida y nacieron así una serie de buenas costumbres, adquiridas en la misma repetición de lo que hacemos – es el aprendizaje – y que serán las que iremos transmitiendo para que también se hagan vida en los que vienen tras nosotros.

Todo eso tenemos que irlo haciendo vida, y vida concreta en lo que hacemos y en lo que vivimos, en el tiempo en que estamos y en el entorno en que nos desenvolvemos. Por eso de alguna manera se va produciendo una moderación, una transformación, una adaptación al momento presente y a lo que vivimos. No significa que no haya unos principios fundamentales que son la base, sino que luego eso lo iremos traduciendo a lo que ahora vivimos. Las leyes o normas de convivencia nacen  de esos principios pero en esa adaptación al momento presente. Es todo un trabajo lleno de delicadeza y detalles que no son fáciles realizar.

Hoy nos encontramos en el evangelio con unas cuestiones que le plantean a Jesús, sobre todo aquellos que eran como más rigoristas en la sociedad de entonces que hacen referencia por un lado al descanso sabático que todo judío tenía que cumplir y realizar, unido al sentido del sábado como un día sagrado dedicado al culto a Dios por lo que no lo podíamos ocupar en otras tareas, de ahí también incluso como ley o norma humanitaria del descanso sabático.

Pero siempre tendemos a la casuística y cuando nos ponemos en plan de cumplimiento rigorista simplemente porque es la ley y hay que cumplirla surge lo descabellado de que no se pueden comer unas espigas cogidas al paso del camino en el sábado porque eso sería un trabajo, e incluso casi se perdía el sentido de humanidad para ayudar a quien pudiera necesitarlo como curar un enfermo, cargar una camilla, o devolverle la movilidad a un paralítico. Casos en ese sentido contemplaremos en el evangelio en diversos momentos.

La buena costumbre que se había tratado de imponer, para en cierto modo también darle humanidad a la vida con el descanso para el trabajador, se había convertido en carga opresiva que impedía incluso los gestos de misericordia. ¿Solo agradamos a Dios porque vayamos devotamente a la Iglesia en el día del Señor si luego en nuestro corazón no hay compasión y misericordia para los que sufren a nuestro lado?

Ya cumplí, decimos tantas veces cuando salimos de la Iglesia el domingo, como si ya estuviera todo hecho para dar gloria a Dios.  Cantaremos con todo sentido la gloria del Señor en nuestras celebraciones cuando luego en la vida vamos dando gloria a Dios en nuestros gestos de amor, en la buena convivencia y armonía que fomentamos en nuestros hogares, en la visita que hacemos a los enfermos o a los que se sienten solos, en los gestos de cercanía que vamos teniendo con los que nos encontramos en el camino con un saludo afectuoso o con una sonrisa en nuestro semblante.

¿Queréis que os diga una cosa? Ahora comprendo por qué son tan frías nuestras celebraciones y con tan poco entusiasmo cantamos la gloria del Señor en nuestras misas y celebraciones, porque luego en la vida de cada día no estamos cantando esa gloria del Señor; como nada en este sentido estamos haciendo, nada tenemos que cantar en nuestras celebraciones. Creo que son cosas que tendrían que hacernos pensar. 


jueves, 17 de julio de 2025

En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 


En nuestro agobio necesitamos alivio, en nuestros cansancios una paz que nos haga descansar de verdad, en nuestras desesperanzas por perdidos encontrar un camino

 Éxodo 3, 13- 20; Salmo 104; Mateo 11,28-30

Vivimos en un mundo de agobios, siempre a la carrera, siempre hay algo más que hacer, se nos acumulan los problemas, no sacamos adelante los objetivos que nos pretendemos y nos sentimos en ocasiones derrotados. Tengo un amigo, por cierto he de reconocer que muy responsable y trabajador, pero que sin embargo con frecuencia cuando nos encontramos y podemos hablar un rato siempre me habla de lo cansado que está; es un cansancio, es cierto, físico por la intensidad del trabajo que realiza, pero observándolo me parece entender que no es solo lo físico cuando habla de su cansancio, sino de ese agobio con que vive la vida, en la que parece que algunas veces faltan objetivos y metas claras que levanten el espíritu, algo en su interior que le agobia y en consecuencia le cansa.

¿Cómo encontrar salida a esa situación? ¿Qué ha de hacer para que se sienta realizado con lo que hace y en esa satisfacción sienta un necesario descanso para su espíritu? ¿Necesitamos a alguien a nuestro lado que nos haga sentirnos bien, que nos abra nuevos horizontes, que nos dé razones o motivaciones para disfrutar de lo que estamos haciendo? Necesitamos una liberación interior que rompa tensiones, que nos haga encontrar paz, que nos haga descubrir el valor y el sentido de la vida también en esa trascendencia espiritual que le hemos de dar a nuestro ser. Los agobios nos quitan serenidad, nos impiden encontrar paz, no nos dejan disfrutar de cuanto bello sale de nuestras manos.

Fijándonos en el relato de la primera lectura, podemos decir que Moisés se había venido a aquellas montañas lejos de Egipto porque no soportaba lo que a su pueblo le estaba sucediendo; había tenido sus reacciones incluso violentas pero no le habían servido para nada y se había venido al desierto. Allí pasa los días con aquella familia que le ha acogido y que ahora es también su familia, y con el cuidado en aquellas montañas de los ganados que le servían para sustento. Pero en medio de todo eso había tenido una experiencia extraordinaria, en aquella zarza ardiendo y que no se consumía.

Supo escuchar la voz de Dios que se le manifestaba en medio de aquella tormenta de su vida y le confiaba una misión. Había de volver a Egipto, pero ahora iba con la experiencia de Dios en su vida. Sus luchas seguirán, pero tendría la suficiente fortaleza y serenidad al mismo tiempo para superar todos aquellos obstáculos que se le iban presentando para crear ese pueblo libre y nuevo que Dios le mandaba conducir hasta una tierra prometida. Aquella experiencia del Horeb fue fundamental. En su corazón comenzó a sentir una nueva paz aunque el trabajo ahora sería más engorroso y complicado.

En el mismo sentido, podríamos decir, escuchamos hoy la Palabra de Jesús que nos invita a ir hasta Él quienes andamos cansados y agobiados. Volvemos con lo mismo, cansancio, agobios, agotamiento, falta de paz en el corazón, desorientación porque en ocasiones parece que andamos perdidos. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…’ nos dice Jesús. ¿En nuestro agobio necesitamos alivio? ¿En nuestros cansancios necesitamos una paz que nos haga descansar de verdad? ¿En nuestras desesperanzas por hallarnos perdidos necesitamos encontrar un camino o una luz que nos ilumine el camino? ‘Venid a mí…’ nos dice Jesús.

No se van a acabar nuestros trabajos, nuestros problemas no se van a resolver de forma mágica, el cansancio persistirá porque es el esfuerzo el que en parte lo motiva, pero con Jesús todo va a ser distinto. En Jesús sentiremos paz en el corazón, serenidad en la vida para encontrar vías de salida, nos sentiremos fuertes porque nos sentimos motivados, porque tenemos metas, porque se abren otros horizontes, porque comenzamos a ver las cosas de forma distinta.

Es Jesús que camina a nuestro lado pero que al mismo tiempo es el camino; es Jesús que nos hace saborear las cosas de manera distinta porque está poniendo sal en nuestros labios para que la vida no sea insípida y desagradecida; en Jesús vamos a encontrarnos con la verdad porque Él es la Verdad y la Sabiduría de nuestra vida. Vemos las cosas más claras porque sentimos paz en el corazón, los nudos de la vida se irán desatando porque tenemos esa serenidad del espíritu para encontrar la forma de desenredarse.

Nos daremos cuenta que las cosas no son tan duras como las pintan porque ‘su yugo es llevadero y su carga es ligera’. El ha puesto nuevas alas en nuestros pies y en nuestra vida.


miércoles, 16 de julio de 2025

Seamos capaces de descalzarnos con humildad y sencillez para abrirnos al misterio de Dios que se nos revela y ponernos en camino a nueva misión

 


Seamos capaces de descalzarnos con humildad y sencillez para abrirnos al misterio de Dios que se nos revela y ponernos en camino a nueva misión

Éxodo 3,1-6.9-12; Salmo 102; Mateo 11,25-27

Salvo por los esnobismos en ropajes y atuendos que hoy están de modo en este mundo postmoderno, cosa que a los de nuestra generación, ya mayores, nos cuesta entender, el contemplar a alguien que se acerca a nosotros o camina en medio nuestro con los pies descalzos es algo que nos produce gran impresión; nos hablará quizás de pobreza y de humildad, nos puede hablar de un sentirse desasistidos pero también de un desprendimiento, nos puede hablar de quien pone los pies sobre la tierra para sentir todo lo que esa tierra nos puede transmitir en muchas sensaciones, nos puede hablar de unos pies fríos porque en la vida les puede estar faltando ese calor que emana del corazón para darnos una nueva vitalidad como nos puede hablar de un vacío existencial que buscamos donde llenar, nos puede hablar de un camino, incierto quizás, que pretendemos emprender no ya como una aventura sino como una misión que cumplir.

Quiero unir este pensamiento un tanto complejo que me ha surgido con lo que hoy se nos dice en la Palabra de Dios, tanto en la lectura del Éxodo, como luego en el evangelio. ‘Descálzate, porque la tierra que pisas es santa’, hemos escuchado que le dice Dios a Moisés que se ha acercado a aquella zarza ardiendo y que no se consumía, todo ello lleno de misterio. Moisés se sentía en la presencia de Dios y se descalza como Dios le pide; así con los pies descalzos, liberados de ataduras y con una nueva ligereza en nuestra vida, con disponibilidad total para dejarse conducir aunque hecho de una manera totalmente consciente, con humildad para sentir su pequeñez ante el misterio, con búsqueda de un sentido para todo aquello que está sucediendo y que cuesta comprender, con unas sensaciones nuevas dentro de sí pero con la generosidad de quien se ofrece y aceptar una misión nueva que le van a encomendar, con la curiosidad de los sencillos que buscan y que preguntan pero que al mismo tiempo son receptivos para emprender caminos nuevos que despiertan esperanzas. ¿Será lo que necesitamos para ponernos ante Dios? ¿Para descubrir y conocer todo el misterio de Dios que se nos revela?

Es la actitud nueva que nos está enseñando el evangelio hoy. Jesús da gracias al Padre por la misión que está realizando. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ había sido la postura de obediencia al Padre que Jesús había manifestado desde el primer instante de su presencia en medio de nosotros, como nos dice la carta a los Hebreos. Será lo que continuamente nos irá repitiendo porque ‘su alimento era hacer la voluntad del Padre’. Muchos textos en este sentido podríamos sacar del evangelio. Anunciando el Reino de Dios había ido recorriendo los caminos de Galilea y toda Palestina. ¿Quiénes eran los que primero le escuchaban y a quienes llegaba a lo hondo de sus corazones aquella esperanza que Jesús iba suscitando? Los pobres y los sencillos.

Hoy da gracias al Padre porque ha ido revelando todo este misterio no a los poderosos, sabios y entendidos – demasiado calzados en las botas del orgullo y la vanidad – sino a los sencillos de corazón, a los de pies descalzos, a los que en verdad se sentían vacíos de sí mismos y buscando llenar ese vacío en Dios, a aquellos que desde su pobreza son sin embargo los primeros que manifiestan su generosidad y desprendimiento, a los que están dispuestos a ponerse en camino aunque pocas sean las alforjas que puedan llevar, a los que un día incluso se encontrarán en el descampado escasos de pan pero que van a probar algo nuevo que da una nueva vida y que es lo que Jesús les ofrece.

¿Seremos nosotros capaces de descalzarnos para ponernos también en ese camino de búsqueda de Dios? ¿Tendremos esa humildad y sencillez de corazón para abrirlo con disponibilidad al misterio de Dios? ¿Tendremos ligereza en nuestros pies para ponernos en camino a una nueva misión, como Moisés que también recibió una nueva misión de Dios para su vida?

Contemplamos y celebramos en este día a María, la Madre del Señor, en su Advocación del Monte Carmelo o del Carmen, que nos ofrece en su escapulario el humilde delantal del servicio, porque de ahí parte el sentido de su escapulario como las vestiduras de los que se disponían a trabajar y a servir.


martes, 15 de julio de 2025

Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

 


Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

Éxodo 2,1-15ª; Salmo 68; Mateo 11,20-24

Te lo he dicho tantas veces y no me haces caso. Seguramente algo así hemos dicho más de una vez al amigo a quien advertíamos de las consecuencias de algo que estaba haciendo y que no era bueno, son las recomendaciones de los padres a los hijos o entre los miembros de la familia ante situaciones en las que habríamos de tener cuidado, pero a lo que tantas veces nos hacemos oídos sordos para no querer escuchar, para no actuar en un momento determinado, para tomar una decisión que podía ser importante, para hacer un cambio en costumbres o en manera de actuar. Digo que le hemos dicho a los demás, pero hay que reconocer que nosotros también somos así muchas veces y nos hacemos oídos sordos para seguir con nuestro  punto de vista o con nuestras rutinas.

Le estaba pasando a Jesús con muchos de aquellos pueblos en los que una y otra vez había anunciado el Reino de Dios y había realizado multitud de signos y milagros, pero no todos daban el brazo a torcer, no todos aceptaban su mensaje para hacerse sus discípulos. Jesús se siente dolido, pero lo hace con un inmenso amor y derramando una y otra vez su misericordia sobre ellos para que cambien la actitud de sus corazones. Siente lástima y pena porque aquellas ciudades del entorno del lago de Tiberíades que tantas veces había recorrido se estaban pareciendo a aquellas ciudades antiguas tal como aparecía en las Escrituras que había merecido el castigo divino. Es una llamada más, como solemos decir la última llamada, pero en el corazón de Dios nunca será la última porque El será siempre el Divino Pastor que busca por montes y barrancos a la oveja perdida.

Pero no nos vamos a quedar en una mirada en la lejanía lamentando lo que entonces aquellas ciudades hacían. Siempre la Palabra de Dios que escuchamos es una Palabra de vida para nosotros hoy, que no pretende simplemente recordar historias, sino que quiere llegar a nuestro corazón para revisar actitudes y respuestas que nosotros hoy damos o no damos a ese regalo de Dios.

¿No habremos sentido muchas veces esos signos de Dios en nosotros, esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino, esa Palabra que quiere llegar a nuestro corazón para moverlo de verdad a la conversión? Tenemos la tentación de dejarlo siempre para más tarde, para otro momento; tendremos tiempo, nos decimos, y seguimos enfrascados en nuestras rutinas o en nuestras malas costumbres, en esa cerrazón del corazón pensando que ya tendremos tiempo de responder, de dar ese cambio que necesitamos en nuestra vida. No damos las señales de conversión que Dios nos está siempre pidiendo. Sepamos también escucharnos mutuamente los unos a los otros que también tenemos algo que decirnos.

El tiempo se nos puede acabar, el final de la vida nos puede llegar en el momento más inesperado, nos puede suceder algo tras lo cual ya no tendremos tiempo de reaccionar. Reavivemos ese amor de Dios en nuestros corazones, no nos hagamos oídos sordos, escuchemos esa palabra que nos habla y llega a nosotros de mil maneras, estemos atentos a esas recomendaciones que puedan darnos muchas personas buenas a nuestro lado, sepamos descubrir tantas señales del amor de Dios que se nos pueden manifestar en el testimonio de otras personas. Son llamadas de Dios, invitaciones al amor, a la conversión, al arrepentimiento, a volver a retomar esos caminos de vida nueva que nunca debíamos de haber abandonado.

¿Cuándo nos vamos a decir a dar esa respuesta que nos está pidiendo el Señor?

lunes, 14 de julio de 2025

Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

 


Que el amor sea el eje y la fuerza para transformar nuestro mundo, aunque no todos lo comprendan, pero es el fuego que ha de incendiarlo

Éxodo 1,8-14.22; Salmo 123; Mateo 10, 34-11,1

Hay momentos en los que tenemos que tomar decisiones que consideramos importantes y seguramente nos vamos a encontrar con el desconcierto o el rechazo de los que nos rodean; no siempre quizás actuamos al gusto de todos pero cuando estamos seguros del camino que hemos de tomar con firmeza quizás tenemos que actuar. Siempre nos podemos encontrar con intereses encontrados entre los que nos rodean y el camino no resulta siempre fácil. ¿Estamos nosotros creando la guerra? De ninguna manera tenemos que decir, pero quizás se va a producir división en nuestro entorno; buscaremos la paz, pondremos todo lo necesario para un acercamiento de posturas, pero tenemos que ser fieles con nosotros mismos y con el rumbo que le hemos querido dar a nuestra vida.

Hoy nos desconciertan las palabras que Jesús nos está diciendo en el evangelio, pero quizás este pensamiento con el que he comenzado mi reflexión podría ayudarnos a entender las palabras de Jesús. El nos pide, es cierto, radicalidad en su seguimiento. En otros momentos nos hablará de estar  con El o contra El, le planteará a quien quiere seguirle una disponibilidad total, nos hablará de unas exigencias que tienen que estar en la vida misma de quien le sigue, nos dirá que no podemos andar con intereses o buscando recompensas o prestigios a la manera del mundo.

Quien opte por seguir a Jesús se va a encontrar la incomprensión de quien está a su lado; no todos comprenderán el sentido del mensaje del evangelio, esa nueva forma de vivir, esos nuevos planteamientos y valores. ¿Qué estaba sucediendo con Jesús mismo? Mientras la gente sencilla se entusiasmaba con Jesús, mientras los que se sentían más oprimidos y hasta sin esperanzas veían como renacía en sus corazones la ilusión y la esperanza de algo nuevo, de un mundo nuevo, aquellas que se sentían muy seguros en sus prestigios, en sus grandezas o en sus vanidades le rechazaban porque no querían dar el paso del desprendimiento y de la humildad para vivir en un nuevo estilo de amor.

Podemos entender así las palabras de Jesús que hablan de fuego que incendia el mundo, pero también de la división que se va a generar en su derredor. Aunque lo diga con palabras que muchas veces nos cuesta asimilar e interpretar no quiere Jesús la división porque siempre querrá la unidad y la comunión, pero va a surgir esa división en su entorno.

Es lo que nosotros vamos a encontrar. Y como nos dice los enemigos los vamos a encontrar en nuestra propia casa, en los que son más cercanos a nosotros. Experiencia creo que todos tenemos de eso, si sabemos interpretar bien lo que nos va sucediendo tantas veces en la vida. Y es que Jesús nos pide su amor sea de verdad central en nuestra vida; no se trata de amar más o menos a unos o a otros, sino que todo el amor que nosotros tenemos que ir repartiendo por el mundo, y ahí está también el amor que tenemos a nuestros padres o a nuestros hijos, a nuestros hermanos o a los seres más cercanos a nosotros, siempre lo vamos a vivir desde el amor de Jesús, desde el estilo de amor que Jesús nos ofrece.

Y porque vivimos la vida en ese amor, hasta lo más pequeño que podamos realizar tendrá un valor grande. Hoy nos habla de un vaso de agua dado en su nombre, algo tan sencillo y tan elemental que no negamos a nadie, pero si en ese vaso de agua estamos poniendo toda nuestra capacidad de amor en el estilo de Jesús, será algo grande, como nos dice, que no quedará sin recompensa.

Así la acogida que nos hacemos los unos a los otros. Siempre brillando el amor, siempre llenándonos de luz, siempre sintiendo la presencia de Jesús en medio de nosotros. Ya nos dirá que cuando hagamos al otro es como si a El se lo hiciéramos, y por eso un día nos invitará a vivir en el Reino de Dios por toda la eternidad.

¿Será en verdad el amor el eje y la fuerza de nuestra vida? Algunos no lo entenderán, pero del fuego de ese amor tenemos que contagiar, prender nuestro mundo

domingo, 13 de julio de 2025

Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

 


Hechos, compromisos, bajarnos de nuestras cabalgaduras, detenernos en el camino, vendas y medicinas que curen, todos podemos llevar con nosotros, amor

Deuteronomio 30, 10-14; Salmo 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

Queremos llegar a un determinado lugar, hemos de saber dónde está; pero tenemos que saber también los caminos, y si tenemos los medios necesarios y suficientes para poder hacer ese camino; necesitamos quien nos diga el lugar de destino, pero también nos señale los caminos, quien nos aporte los medios o nos prepare para ser capaces de realizarlo; no nos contentamos con ir al azar, a lo que salga, aunque muchos sean los que recorren el mundo de esa manera; ¿llegaran a un sitio determinado? ¿Alcanzarán las metas que pretendían lograr? A algunos incluso les puede ir bien y disfrutar de ese camino que por sí mismo hacen.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un escriba que se acercó a Jesús para preguntarle qué había que hacer para alcanzar la vida eterna. Siempre andamos con lo mismo, qué es lo que tengo que hacer, y si fuera posible siempre buscaremos los mínimos, que no haya muchas exigencias. Pero quizás también en la mente de aquel escriba estuviera el concepto de que lo que se suele pedir son cosas inalcanzables, son cosas que nos pueden superar, que están lejanas de nuestras posibilidades.

Claro que el libro del Deuteronomio ya había respondido a esa cuestión. Quien busca la Sabiduría de Dios no puede pensar en algo que en todo nos supere y sea inalcanzable. Como nos decía el autor sagrado, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo, para poder decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos? Ni está más allá del mar, para poder decir: ¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará, para que lo cumplamos?’. Y terminaba diciéndonos ‘está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’.

No le va a responder Jesús haciendo grandes explicaciones, simplemente le va a recordar a aquel escriba algo que todos tenían muy bien aprendido en su mente y que lo tenían ante sus ojos noche y día. ‘¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?... Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo... Haz esto y tendrás la vida’.

Pero siempre tenemos una pregunta más que hacer, aunque lo sepamos, aunque lo tengamos claro; queremos llevar el carro por nuestro camino y queremos que nos den las respuestas que nosotros queremos. Hay gente que es muy sutil en este aspecto, y las preguntas que hacen van siempre como teledirigidas. Por eso, pregunta, ‘Y ¿quién es mi prójimo?’ ¿Le habrá salido a este escriba el tiro por la culata?

Ya escuchamos y habremos meditado muchas veces la respuesta de Jesús en esta parábola o mini relato, como queramos llamarlo. El hombre que hacía el camino entre Jerusalén y Jericó, camino lleno de peligros por lo desértico pero lleno también de maleantes. Lo veremos tendido a la vera del camino malherido. Bueno lo veremos si queremos verlo y no damos rodeos, como aquel sacerdote y aquel levita. ¿Se podían contaminar con la sangre de las heridas o acaso más si ya estaba muerto? Y ellos iban o venían de un lugar donde tenían que estar purificados.

Alguien sí lo vio y se detuvo junto a él para socorrerlo; sus paños y vendas para curarle, su cabalgadura, su dinero al posadero… y eso que era un samaritano. No importaba la contaminación, no importaban las diferencias porque era un samaritano, no importaban los peligros del posible acecho de aquellos ladrones y malhechores. El se detuvo. Tenía que sonar estridente en medio de judíos, quizás en el ambiente de Jerusalén escuchar estas palabras de Jesús.

Pero ahora viene la contra pregunta, muy importante, de Jesús. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque no pregunta Jesús como lo había hecho el escriba ¿Quién es mi prójimo, sino quien ha sido prójimo del caído en el camino? No basta saber quien es el prójimo, que ya sabemos que es el otro, el que está cerca o está lejos aunque la palabra prójimo indica más bien proximidad, el que es distinto de mi o al que yo veo de otra manera, aunque también tenemos que saber fijarnos en todos esos prójimos, esos semejantes o distintos, cercanos a mi porque parecen de los nuestros o a los que queremos mantener en la distancia porque quizás nos pueden molestar sus diferencias; es necesario e importante un paso más, que yo me sienta prójimo, que sea capaz de comportarme como prójimo; saber quien es puede ser fácil, pero no al mismo tiempo puedo seguir de largo para no contaminarme, para no comprometerme.

Es algo que tenemos que llevar bien grabado en el corazón. El amor no puede faltar nunca en nuestra vida. Va a ser el único mandamiento del Señor, el único camino que nos lleva a la meta, lo único que tenemos que hacer para tener vida. Y no son palabras bonitas que todos podemos decir, son hechos, son compromisos, es bajarnos de nuestras cabalgaduras y detenernos en el camino, es ofrecer esas vendas y medicinas que curen que todos en nuestro amor podemos llevar consigo. Aunque no siempre es fácil, pero tiene que ser nuestra predisposición.‘

Anda y haz tú lo mismo’. No hace falta decir más.

sábado, 12 de julio de 2025

‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

 


‘No tengáis miedo’, nos dice, porque nos ha garantizado la fuerza y presencia del Espíritu que será nuestra fortaleza

Génesis 49,29-32; 50,15-26ª; Salmo 104;  Mateo 10,24-33

Algunas veces andamos por la vida acobardados y llenos de miedos; unos miedos que nos coartan a la hora de tomar decisiones, siempre andamos en la duda, la desconfianza, el pensar en el qué dirán, la inseguridad en nosotros mismos; algunas veces muchos actos de valentía aparente que manifestamos quizás hasta llenos de violencia son seguramente fruto de esa inseguridad interior y de esos miedos que persisten en nosotros pero que no queremos reconocer o no queremos que se hagan manifiestos; quizás nuestra inmadurez, la falta de haber fortalecido bien nuestra personalidad nos vuelva tímidos e inseguros, y reflotan nuestros miedos; hay que pensar las cosas y buscar un razonamiento, pero muchas veces las queremos pensar tanto que al final no tomamos ninguna indecisión, precisamente por ese miedo interior que mantenemos.

Hemos venido hablando en un plano meramente humano, pero tendríamos que plantearnos también estas preguntas en nuestra espiritualidad, en el campo de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano. ¿Qué tal somos? ¿Nos habrá faltado una profunda experiencia de índole religiosa, en el campo de nuestra fe y eso también nos vuelve inseguros, indecisos y cobardes? Hemos de masticar bien esas buenas experiencias de índole religiosa que hayamos tenido en la vida, pero que luego no nos sucede que como los discípulos en Getsemaní huyamos también y nos escondamos.

Por tres veces escuchamos en este corto texto del evangelio que hoy se nos ofrece que no tengamos miedo. Ante la tarea que tenemos ante nosotros con lo que Jesús nos ha confiado nos llenamos de miedos. ¿Seremos capaces de enfrentarnos a ese mundo hostil que nos rodea? ¿Tendremos palabras para responder a sus cuestionamientos que muchas veces se puedan convertir en enfrentamientos? Y si como nos dice Jesús que el discípulo no es más que su maestro, y si al maestro le hicieron lo que le hicieron ¿no tendremos miedo también a la cruz que también a nosotros se nos va a ofrecer?

‘No tengáis miedo’, nos dice Jesús. Tendremos palabras y tendremos fortaleza porque El nos ha garantizado que el Espíritu de Dios estará con nosotros y nunca nos dejará solos. No tengamos miedo a lo que nos puedan decir o a la oposición que podamos encontrar. No tengamos miedo porque Dios no nos deja de su mano, que valemos mucho más que los pajarillos que vuelan en los cielos y Dios cuida con detalle de ellos.

No tengamos miedo a obrar el bien y la justicia, no tengamos miedo a la verdad y mostrémonos con autenticidad y congruencia, no tengamos miedo a la entrega y al compromiso por una causa buena, no tengamos miedo a hablar del amor gratuito y generosos de Dios que hemos experimentado en nuestra y cuya experiencia hemos de saber compartir con los demás.

El mundo quizás nos está gritando de desconfianzas porque son muchas las incongruencias que encontramos, la vanidad y la falsedad con que se llenan las vidas, donde parece que ya no podemos creer en nadie, pero ante ese mundo nos mostramos con valentía porque tenemos que ser testimonio ante ese mundo de lo que es la verdad, de lo que es el verdadero amor, de lo que vale la sinceridad y la congruencia en la vida. Sin miedos, con valentía tenemos que dar nuestro testimonio, porque no hablamos de oídas, sino de lo que nosotros mismos hemos experimentado en nuestras vidas.

Pero no tengamos miedo a otras cosas que necesitamos y que algunas veces olvidamos en la vida. No tengamos miedo al silencio que nos hace bucear en nuestro interior, no tengamos miedo a esos momentos de soledad porque hacemos silencio de los ruidos que nos rodean pero porque queremos sintonizar con Dios para escucharle interiormente y para sentir y experimentar su fuerza; no tengamos miedo de ir a encontrarnos con su Palabra con la mente bien abierta, como abierto llevamos el corazón para escuchar lo que Dios quiere decirnos, lo que Dios quiera confiarnos. No tengamos miedo de sentirnos débiles ante Dios porque en El es en quien vamos a encontrar nuestra fortaleza, y le diremos que no nos deje caer en la tentación, que nos libre de todo mal, pero que nos libere también de nuestras autosuficiencias y vanidades, de nuestros orgullos y de nuestro amor propio, pero dejarnos purificar el corazón.

‘No tengáis miedo’, nos dice el Señor. ‘Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo’. Confiemos.

viernes, 11 de julio de 2025

Aprendamos a saborear la sabiduría del Espíritu que encontramos en la vivencia del evangelio y que nos dará una nueva plenitud a nuestra vida

 la semilla de cada dia: Lo hemos dejado todo y te hemos seguido...

Aprendamos a saborear la sabiduría del Espíritu que encontramos en la vivencia del evangelio y que nos dará una nueva plenitud a nuestra vida

Proverbios 2, 1-9; Salmo 33; Mateo 19, 27-29

Todos sentimos la tentación de hacer las cosas buscando una retribución o una ganancia por aquello que hacemos. Así nos hemos construido la vida comercialmente, todo parece que tiene que ser a partir de un intercambio; trabajamos porque queremos conseguir unos rendimientos, es el que emprende una empresa con la que quiere obtener unos beneficios, es el que trabajo el campo porque quiere obtener unos frutos, es el que realiza una tarea laboral en cualquier aspecto de la vida de la que espera una retribución porque va a ser la base de su sustento y de su familia.

Nos quedamos muchas veces en la retribución y nos podemos olvidar de la creatividad, de la realización de nosotros mismos como personas, de lo que es nuestra contribución al desarrollo de nuestro mundo y de nuestra sociedad. Desde el trabajo a través de todos los tiempos hemos ido logrando ese desarrollo que hoy vivimos, lo que hemos conseguido para poder tener una mejor vida hoy. Ese camino que hemos hecho nos ha dado también una sabiduría de la vida para encontrar también lo que nos hace alcanzar una mayor plenitud como personas. No siempre, entonces, está en una ganancia material, pero es una tentación que nos envuelve.

¿Nos pararemos alguna vez a pensar donde está la verdadera riqueza de nuestra vida? ¿Aprendemos a saborear lo que hacemos, no siempre porque obtengamos unos beneficios materiales o pecuniarios sino por la satisfacción de lo que hacemos, por ese crecimiento personal, por lo que verdaderamente nos hace ricos como personas? Son preguntas que tendríamos que hacernos para llegar a encontrar ese verdadero sentido de la vida.

Siempre tenemos dudas e interrogantes en nuestro interior, siempre nos pueden aparecer esas ambiciones que al final en lugar de hacernos más grandes, lo que hacen es empequeñecer nuestro espíritu; siempre podemos estar mirando a nuestro alrededor y compararnos con lo que son o lo que consiguen los demás por los medios que sea; siempre podemos sentir tentaciones de cosas que nos limitan en lugar de engravecernos.

Y eso lo podemos sentir todos. Esa era también la tentación que tenían aquellos discípulos que seguían a Jesús de cerca, acostumbrados como estaban en la vida a esa lucha por las ganancias que muchas veces podía ser también su supervivencia. Sin embargo un día Jesús los había llamado y ellos lo habían dejado todo por seguirle. ¿Cómo se sentían en aquel camino que estaban haciendo? ¿Estaba todo aquello respondiendo a las aspiraciones que realmente ellos tenían dentro de sí? Si Jesús era el Mesías esperado, ¿qué lugar iban ellos a ocupar en aquel Reino de Dios del que Jesús tanto hablaba?

Ya sabemos cómo en ocasiones andaban también en sus discusiones entre ellos por quien iba a ser el más importante. Por más que Jesús les repetía y enseñaba una y otra vez no podían quitar de la cabeza qué es lo que ellos iban a sacar de todo el sacrificio que ahora estaban haciendo siguiendo a Jesús.

Fue la pregunta que le hicieron recordándole a Jesús que ellos lo habían dejado todo un día para seguirle. ¿Qué les iba a tocar? La respuesta de Jesús parece como muy espiritual y se queda como muy enigmática para ellos. Eso de ser jueces para juzgar a las doce tribus de Israel no estaba del todo claro. Pero Jesús les dice algo más, recibirán hasta el ciento por uno de todo lo que han dejado. ¿Eso va en sentido material, de ganancias materiales? Parece que las palabras de Jesús no van por ese sentido.

Jesús habla de vida eterna, pero no es solo en el sentido de la vida eterna más allá de esta vida, después de la muerte. Claro que tienen sus palabras también ese sentido de trascendencia; pero Jesús con vida eterna nos está hablando de una vida en plenitud, pero una vida en plenitud que ya, porque creemos en Jesús, estamos o tenemos que estar viviendo ahora.

¿Nos estará hablando de esa verdadera sabiduría de la vida que nos hace encontrar verdadero sentido para todo?  ¿Nos estará hablando de esa satisfacción interior que tenemos que sentir por el bien que hacemos, por el amor que repartimos, por las cosas buenas que buscamos, por esa libertad de espíritu que sentimos cuando somos capaces de desprendernos de todo?

Es lo que tenemos que saber descubrir, es de lo que tenemos que saber disfrutar, es lo que va a dar un hondo sentido a nuestra vida, es lo que va a elevar nuestro espíritu, es lo que nos hará mirar más allá de lo que podamos tener entre las manos para encontrar algo que no sea caduco y perenne sino que nos de una plenitud de vida para siempre. Es lo que tenemos que saber descubrir en el evangelio de Jesús.