Tendremos
momentos de duda y de oscuridad, tormentas y situaciones que nos parecen sin
salida, pero sabemos dónde está la luz, vayamos en búsqueda de la Palabra de
Dios
Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8,
19-21
‘Vinieron a ver a Jesús su madre y sus
hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él…’ así nos dice el evangelista. Tanto que la voz corre
entre los que están más cercanos a Jesús que le dicen que ‘fuera están tu
madre y tus hermanos’.
Ahora no vivimos tiempos de
aglomeraciones por las circunstancias en las que estamos, pero todos habremos
pasado por la circunstancia de que queremos acercarnos a alguien, queremos
llegar a un punto determinado pero es tanta la gente que se nos vuelve
inalcanzable. Quizá a codazos intentamos abrirnos paso. En concurrencias de
mucha gente, en aglomeraciones por espectáculos, en una manifestación que
convoca a mucha gente, en momentos de circunstancias especiales ya sean de
fiesta ya sean también en situaciones difíciles, nos encontramos con esa dificultad.
Son muy diversas las situaciones de
este tipo en un sentido físico en que podemos encontrarnos; pero también son
otras búsquedas que podamos estar desarrollando en nuestro interior. Todos en
la vida en un momento determinado se hacen eso que podríamos llamar preguntas
fundamentales sobre el sentido de la vida, que lleva incluido quizá una
pregunta por el más allá y la trascendencia que le podemos dar a la vida, o
incluso sobre el mismo sentido de Dios.
Pueden ser esos interrogantes que en lo
más hondo de nosotros surgen en momentos difíciles donde nos preguntamos por el
sentido de las cosas; por pensar en cosas concretas, la misma situación en que
vivimos en estos momentos nos llenan de preguntas a las que no encontramos
respuestas. Son momentos de dolor ante una desgracia en una catástrofe, ante un
accidente inesperado, ante una muerte repentina, ante una enfermedad que se
alarga parece que sin piedad para quien la sufre.
Nos encontramos como paralizados, hay
como barreras que se nos atraviesan en la mente, que se nos atraviesan dentro
de nosotros mismos, que nos impiden llegar a encontrar un rayito de luz que nos
dé esperanza. Queremos llegar y parece que no podemos, muchas barreras, muchas
amarguras quizás se interponen en nuestro camino. ¿Habrá quien nos eche una
mano? ¿Habrá alguien que nos pueda alcanzar algo de luz? ¿Habrá quien nos abra
un camino que nos haga encontrar un valor y un sentido? Hemos de tener la
humildad de dejarnos ayudar, aunque nos tengamos que tragar nuestros orgullos.
Hemos arrancado esta reflexión desde
ese momento en que María quería llegar hasta Jesús, y serán algunas personas
con buena voluntad las que le quieran abrir camino y por eso le señalan a Jesús
que allí están su madre y sus hermanos. Y hemos venido hablando de esos caminos
de búsquedas tantas veces llenos de dificultades y de oscuridades.
Unos caminos que sí, es cierto, tenemos
que hacer personalmente, porque es encontrar esa luz y ese sentido para mi
vida; pero un camino que no podemos olvidar que estamos haciendo también junto
a tantos que viven esos mismos interrogantes, que también están buscando la
luz. Es cierto también que muchas veces los que nos rodean, o el sentido de
vivir de tantos a nuestro lado no nos ayuda, pueden ser un estorbo, un
obstáculo porque nos lleven a la confusión.
Pero también tenemos una seguridad y es
que encontrándonos con Jesús vamos a encontrar esa luz, esa verdad para nuestra
vida, ese sentido para nuestro vivir, ese camino que nos conduzca a la plenitud
de nuestra existencia. Ya nos lo dice El en otro momento que es el Camino, y la
Verdad, y la Vida, y nadie podrá llegar a esa plenitud sino por El.
¿No será eso lo que de alguna manera
nos está señalando hoy Jesús con sus palabras en el Evangelio? Cuando le dicen
que allí están su madre y sus hermanos nos dice el evangelista que señalando a
los que estaban a su alrededor les dice: ‘Mi madre y mis hermanos son estos:
los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Escuchando la Palabra de
Dios y llevándola a la vida encontramos ese camino, esa respuesta, esa luz que
necesitamos. Y estas palabras de Jesús no son un desprecio a su madre ni mucho
menos, porque María fue la primera que escuchó y plantó en su corazón la
Palabra de Dios. María escuchó a Dios en la voz del ángel de Nazaret y plantó
esa Palabra en su corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi
según tu palabra’, respondió al ángel.
Buscamos, nos interrogamos, nos
planteamos cosas, deseamos la luz y el sentido de nuestra vida, vayamos a la
Palabra de Dios, vayamos al encuentro con Jesús. Escuchando su Palabra en
nuestro corazón se abrirán caminos en nuestro corazón para llegar a Dios, pero
también para llegar a los demás con un sentido nuevo, y para llegar a lo más
hondo de nosotros mismos para encontrar esa plenitud que tanto ansiamos. Podrá
haber momentos de duda y de oscuridad, podrá haber tormentas en la vida y
situaciones embarazosas de las que no sabemos como salir, pero sabemos donde
está la luz, vayamos en su búsqueda en la Palabra de Dios.
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