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domingo, 25 de mayo de 2014

Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…


Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…

Hechos, 8, 5-8.14-17; Sal. 65; 1Pd. 3, 15-18; Jn. 14, 15-21
Glorificad en vuestros corazones a Cristo Jesús y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ Cantemos la gloria del Señor por siempre; gloria al Señor que surja desde lo más hondo de nuestro corazón y nuestra vida; gloria que le hemos de dar al Señor con nuestra vida, con nuestra fe, con las obras de nuestro amor, manifestando lo que es nuestra esperanza y la razón de nuestro existir.
Manifestarnos como creyentes no es cualquier cosa; la fe que da sentido a nuestra vida y nos llena de esperanza, aun en las adversidades que tengamos que vivir o a las que tengamos que enfrentarnos en nuestra vida, repito, no es cualquier cosa. Decir que tengo fe es mucho más que un recuerdo porque por la fe vivimos una presencia, que es presencia de salvación en nuestra vida.
Algunos pueden reducir lo de ser cristiano, la realidad de la Iglesia o la misma fe simplemente en el pensar en Jesús que fue alguien bueno, que nos ofrecía un hermoso mensaje con el que podríamos hacer que nosotros y hasta nuestro mundo fuera mejor si siguiéramos su pensamiento, pero como si fuera solamente un persona de la historia a quien recordamos por lo que hizo o por lo que enseñó.
Así podemos, decía, recordar a personajes históricos que influyeron mucho en la historia de su tiempo, o podemos recordar a los grandes pensadores o filósofos, ya fueran de la antigüedad como los filósofos de la Grecia antigua, o ya fueran pensadores más modernos o cercanos a nosotros que con su manera de pensar influyen en el sentir de las gentes o en la manera de construir nuestro mundo y nuestra sociedad.
Algunos se quedan en un Jesús así, un Jesús de la historia pero sin otra trascendencia en el orden de la salvación. Pero el cristiano verdadero no se puede quedar ahí. La fe que anima la vida de un cristiano y le da una razón para su existir es mucho más que todo eso. A Jesús no lo podemos mirar de esa manera, no se puede quedar en eso.
Es necesario abrir bien los ojos de la fe, que es algo muy profundo que nos hará descubrir una presencia nueva y distinta de Jesús en medio de nosotros, o allá en lo más hondo de nuestro corazón. Hay una nueva forma de ver y de vivir la presencia de Jesús que solo cuando nos dejamos conducir por la fuerza del Espíritu podremos alcanzar. Es lo que Jesús les anuncia a sus discípulos en la última cena, que es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio.
‘No os dejaré desamparados, volveré’, les dice Jesús a los discípulos en la última cena cuando todo sonaba a despedida. ‘Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos dice. Es lo que decíamos, sólo con los ojos de la fe es cómo podremos ver y sentir esa presencia de Jesús. El mundo que no cree, no podrá ver a Jesús. Es un don y una gracia del Señor por la que hemos de estar eternamente agradecidos. Hemos de dar gracias, sí, por ese don de la fe.
 Cuantos a nuestro alrededor viven su vida como a oscuras, porque les falta esa luz de la fe. No podrán disfrutar como nosotros de esa presencia del Señor en su vida. ‘Vosotros me veréis y viviréis’, nos decía Jesús. Esa visión nueva de Jesús nos llena de vida; no es algo teórico o aprendido de memoria, es algo que podemos vivir allá en lo más hondo de  nosotros mismos, como podemos vivirlo en la comunión con los demás.
Para que eso sea posible Jesús nos promete la presencia de su Espíritu, por el que podemos conocerle y vivirle. ‘Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros’.
Es el Espíritu divino que nos conducirá a la verdad plena, que nos recordará todo cuanto Jesús nos ha dicho, por el que podemos conocer a Dios y llamarle con todo sentido Padre, el que nos hará sentir la presencia de Jesús, reconociéndolo en verdad como nuestro Señor y nuestro Salvador. Porque el Espíritu de Dios está con nosotros podemos llamar a Dios Padre; porque el Espíritu del Señor vive con nosotros podemos confesar con todo sentido que Jesús es el Señor. ‘Vosotros lo conocéis’, nos dice Jesús. Es que sin la fuerza del Espíritu Santo nada tendría sentido de cuanto hacemos.
Entonces ya no es solamente pensar en Jesús como alguien bueno y que nos dejó un buen mensaje para hacer que nosotros y nuestro mundo fuera mejor; no es pensar en Jesús simplemente como un personaje de la historia o como un gran pensador que con su ideología marcara el rumbo de la historia de nuestro mundo.
Nuestra fe en Jesús es mucho más que seguir el pensamiento de un gran pensador, de un hombre sabio. Jesús es mucho más que todo eso porque en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, reconocemos al Hijo de Dios y a nuestro Salvador; nosotros confesamos a Jesús como nuestro Señor que murió y resucitó para dar vida al mundo, para redimirnos de nuestro pecado, arrancarnos de la muerte y darnos la vida eterna.
Esto muchos no lo entienden porque no han dejado iluminar sus vidas por la fe. Ya decíamos antes que si caminamos por la vida sin fe vamos como ciegos y sin el rumbo y el sentido de trascendencia que desde Jesús y con la fuerza de su Espíritu podemos dar a nuestra vida. Si nos falta ese sentido de la fe todo se quedaría de tejas abajo, todo se quedaría en este mundo terreno y perderíamos todo ese sentido sobrenatural de trascendencia que con la fe podemos encontrar. Por eso para muchos la Iglesia se queda en una organización más, lo de la religión y el ser cristiano pierde todo su sentido, y al final terminamos viéndolo todo desde unos intereses terrenos y careciendo de toda espiritualidad.
Tenemos que pedir al Señor que nos dé ese don de la fe para que cada día podamos conocer más hondamente a Jesús; que no se apague nunca en nuestra vida esa luz de la fe, sino que dejándonos iluminar por su Espíritu le demos esa profundidad y esa trascendencia a nuestra vida.
Esa es la razón de nuestra esperanza que tenemos que manifestar al mundo cuando proclamamos nuestra fe. En Cristo ponemos nuestra esperanza porque en Cristo tenemos la salvación y en Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Por eso nuestra vida desde esa fe que proclamamos en Cristo como nuestra Salvación se llena de esperanza y adquiere un sentido y valor nuevo.
Por eso nos hablaba san Pedro de mansedumbre, respeto, buena conciencia para expresar y manifestar nuestra fe y nuestra esperanza aun cuando no seamos comprendidos o cuando incluso seamos denigrados o perseguidos. Es que con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón no podrá faltar nunca la paz y con esa paz y mansedumbre nos manifestamos ante los demás queriendo hacer siempre el bien.
Estamos casi llegando ya al final de la Pascua, pues pronto celebraremos la Ascensión y Pentecostés con que se culmina el tiempo pascual. No olvidemos lo que venimos celebrando, a Cristo resucitado, el Señor que murió y resucitó, que vive y que nos llena de vida,  que con la fuerza de su Espíritu se hace presente en nuestra vida llenándonos de su salvación y poniéndonos en camino de vida eterna.

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