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miércoles, 4 de septiembre de 2019

Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros y aprender a ir a los demás



Jesús nos tiende la mano para levantarnos y nos enseña a abrir nuestras manos para no quedarnos en nosotros  y aprender a ir a los demás

Colosenses 1,1-8; Sal 51,10.11; Lucas 4,38-44
Hay momentos en que uno necesita sentir una mano amiga sobre su hombro, que te tienden con generosidad y cariño la mano para dar ese paso que necesitas dar en la vida y que tanto te cuesta, ese brazo sobre nuestros hombros que se convierte en abrazo que conforta, que seca nuestras lágrimas o que hace más benigno el dolor que llevamos en el alma.
Hay quienes rehúsan y rechazan ese contacto físico, porque quizá se sienten tan puritanos que les parece que les va a manchar, o son tan solitarios que quieren caminar solos, y no sabrán lo que es la ternura que solo se siente en el corazón pero que parece que corre por nuestra piel y como que nos electriza dándonos una nueva energía, pero que tampoco serán capaz de trasmitirla a los demás, porque a ellos mismos quizá les falta.
No rehúsa Jesús el contacto físico, más bien lo busca y lo ofrece. Se sentirá apretujado en medio de las multitudes que le cercan, dejará que la mujer quizá impura por sus flujos de sangre le toque el manto, o tenderá la mano como hoy vemos en el evangelio para levantar a la suegra de Simón de su postración, un día a la hija de Jairo para levantarla de su sueño y de su muerte y así darle vida, o le veremos hoy que a cuantos vienen con sus dolencias y enfermedades de todo tipo les impone las manos y los sana.
Es bello el gesto que hoy contemplamos en Jesús y tendrá que ser ese gesto con que nosotros aprendamos a ir a los demás, que si bien no siempre se reducirá a un contacto físico, con nuestra sonrisa, nuestra mirada, nuestra cercanía podremos ser rayos de sol para muchos que van ensombrecidos en sus tristezas y agobios por los caminos de la vida.
Son distintos los gestos y los signos que le vemos realizar hoy a Jesús en el corto evangelio que se nos ha ofrecido. Primero, como hemos venido comentando, esa cercanía expresada en esos gestos que nos hablan de su ternura y de su misericordia. Luego le veremos otro gesto hermoso. Al amanecer se retiró solo a un lugar apartado. Como decimos hoy estaba buscando un espacio para sí. Como tantas veces nosotros necesitamos, momentos de silencio, momentos de alejarnos del ruido, momentos de soledad, momentos para pensar en uno mismo, reprogramarse y como se suele decir recargar las pilas. Nos lo recomiendan por todas partes. Lo necesitamos.
Pero para Jesús, como tendría que ser para nosotros también, fue mucho más. El evangelista paralelo que nos hace el mismo relato nos dice que se fue al descampado a orar. Algunos nos pueden decir que es lo mismo. Pero en este aspecto de la oración hay algo más, no es solo encontrarnos con nosotros mismos que en la oración también hemos de saber hacerlo, sino darle además otra trascendencia. Es mirar a lo alto, es dirigir nuestro pensamiento y nuestro corazón a Dios, es encontrarnos con el Señor de mi vida, que va a ser mi verdadera fuerza y mi verdadera luz.
En Dios nos encontraremos de verdad con nosotros mismos, en Dios sentiremos esa luz y esa fuerza que necesitamos, en Dios aprenderemos también a salirnos de nosotros mismos, no quedarnos encerrados en nuestro yo, sino comenzar a sentir y tener una mirada más amplia que me haga ir a los demás, que me haga ir al encuentro de ese mundo al que tengo que llevarle una luz.
Es lo que hoy nos enseña también el evangelio. Tras el encuentro con Jesús que le sana la suegra de Pedro se puso a servirles. Ahora Jesús tras ese momento de silencio se pone en camino porque tiene que ir también a los otros pueblos, a las otras gentes, porque esa es su misión, para eso ha venido, porque a todos tiene que llevar su luz.
Cuánto nos enseña el evangelio. Gestos, detalles, silencios, apertura a los demás, ponernos en camino.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
En la vida necesitamos el contacto humano entre las personas significado en el encuentro, en la conversación, en la convivencia, en gestos y detalles que tengamos los unos con los otros y una cercanía que se manifiesta también en un contacto por así decirlo físico como puede ser el darnos la mano, un abrazo u otras muestras de afecto que tengamos los unos con los otros.
Ya se que  hay personas que rehuyen ese contacto por así llamarlo físico e incluso hay quienes parecen alérgicos a cualquier muestra de afecto que podamos manifestar. Traumas quizás en su vida, malas experiencias, o una vida excesivamente solitaria que a veces los puede hacer ariscos con los demás llevan a esas reacciones. Pero el ser humano necesita de ese encuentro y de esa convivencia, de esa cercanía y de esos signos de afecto.
Quizás habremos tenido la experiencia de algún encuentro con un profesional del que hemos necesitado sus servicios y que se redujo simplemente a tramitarnos aquello que llevábamos en mano o resolvernos el problema, pero donde no hubo quizás una mirada personal, una palabra distinta a lo simplemente profesional y todo se quedo en una sequedad que nos hizo quizás salir insatisfechos a pesar de que nos solucionaran el problema con que acudimos.
Necesitábamos algo más. Es algo que hemos de tener en cuenta mucho en nuestra conveniencia cada día incluso con los más cercanos a nosotros, donde quizás no tenemos una palabra amable y cariñosa, una muestra de gratitud o una delicadeza en el trato que quizás lo damos por supuesto.
Me quiero fijar en estos aspectos humanos de la vida, que algunas veces descuidamos, a la hora de hacerme una reflexión también de los textos del evangelio, porque ese es un aspecto que podemos destacar mucho en Jesús y su trato con las gentes de su tiempo. Es el dialogo, las palabras que se cruzan entre Jesús y los que le rodean o acuden a El pidiendo su ayuda, es la cercanía de Jesús, es ese tender la mano no temiendo incluso tocar con su mano al leproso.
Es lo que hoy palpamos en el evangelio. Le llevan a Jesús en las cercanías de Betsaida a un ciego para que lo cure. Jesús se lo lleva aparte, y aunque las palabras del evangelio son parcas parece que surge una conversación entre ellos. Nos lo podemos imaginar, Jesús interesándose por aquel hombre; se muestra en los pasos que va dando para su curación que es signo de lo que va sucediendo en el corazón de aquel hombre en el contacto con Jesús.
Nos descubre que la ceguera puede ser mucho más que unos ojos cegados que nada ven, porque tantas veces vemos, pero confundimos. Aquel hombre decía que veía personas en movimiento pero que le parecían árboles, hasta que con Jesús recobra totalmente su vista para ver bien. Nuestras cegueras nos hacen muchas veces que no veamos a las personas que están a nuestro lado; ¿nos parecen árboles?, ¿nos parecen simplemente cosas que podemos manipular o utilizar para nuestro exclusivo bien? Tendríamos que analizar bien cómo vemos a cuantos están a nuestro alrededor. Como aquellos profesionales de lo que hablábamos al principio de esta reflexión; parece que no tratan a personas, sino casos, problemas, números de una lista, pero les falta ese contacto personal.
Que aprendamos a mirar para descubrir bien que con tratamos es con personas. Que no haya esa frialdad y esa aridez en nuestro trato y en nuestro encuentro con los demás. Que pongamos humanidad en lo que vamos haciendo. Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero valor de la humanidad. Que se nos abran los ojos, que haya luz de amor en nuestros ojos.