miércoles, 15 de febrero de 2017

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Aprendamos a poner luz de amor en nuestros ojos para que nuestro encuentro con los que nos rodean esté lleno de humanidad

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
En la vida necesitamos el contacto humano entre las personas significado en el encuentro, en la conversación, en la convivencia, en gestos y detalles que tengamos los unos con los otros y una cercanía que se manifiesta también en un contacto por así decirlo físico como puede ser el darnos la mano, un abrazo u otras muestras de afecto que tengamos los unos con los otros.
Ya se que  hay personas que rehuyen ese contacto por así llamarlo físico e incluso hay quienes parecen alérgicos a cualquier muestra de afecto que podamos manifestar. Traumas quizás en su vida, malas experiencias, o una vida excesivamente solitaria que a veces los puede hacer ariscos con los demás llevan a esas reacciones. Pero el ser humano necesita de ese encuentro y de esa convivencia, de esa cercanía y de esos signos de afecto.
Quizás habremos tenido la experiencia de algún encuentro con un profesional del que hemos necesitado sus servicios y que se redujo simplemente a tramitarnos aquello que llevábamos en mano o resolvernos el problema, pero donde no hubo quizás una mirada personal, una palabra distinta a lo simplemente profesional y todo se quedo en una sequedad que nos hizo quizás salir insatisfechos a pesar de que nos solucionaran el problema con que acudimos.
Necesitábamos algo más. Es algo que hemos de tener en cuenta mucho en nuestra conveniencia cada día incluso con los más cercanos a nosotros, donde quizás no tenemos una palabra amable y cariñosa, una muestra de gratitud o una delicadeza en el trato que quizás lo damos por supuesto.
Me quiero fijar en estos aspectos humanos de la vida, que algunas veces descuidamos, a la hora de hacerme una reflexión también de los textos del evangelio, porque ese es un aspecto que podemos destacar mucho en Jesús y su trato con las gentes de su tiempo. Es el dialogo, las palabras que se cruzan entre Jesús y los que le rodean o acuden a El pidiendo su ayuda, es la cercanía de Jesús, es ese tender la mano no temiendo incluso tocar con su mano al leproso.
Es lo que hoy palpamos en el evangelio. Le llevan a Jesús en las cercanías de Betsaida a un ciego para que lo cure. Jesús se lo lleva aparte, y aunque las palabras del evangelio son parcas parece que surge una conversación entre ellos. Nos lo podemos imaginar, Jesús interesándose por aquel hombre; se muestra en los pasos que va dando para su curación que es signo de lo que va sucediendo en el corazón de aquel hombre en el contacto con Jesús.
Nos descubre que la ceguera puede ser mucho más que unos ojos cegados que nada ven, porque tantas veces vemos, pero confundimos. Aquel hombre decía que veía personas en movimiento pero que le parecían árboles, hasta que con Jesús recobra totalmente su vista para ver bien. Nuestras cegueras nos hacen muchas veces que no veamos a las personas que están a nuestro lado; ¿nos parecen árboles?, ¿nos parecen simplemente cosas que podemos manipular o utilizar para nuestro exclusivo bien? Tendríamos que analizar bien cómo vemos a cuantos están a nuestro alrededor. Como aquellos profesionales de lo que hablábamos al principio de esta reflexión; parece que no tratan a personas, sino casos, problemas, números de una lista, pero les falta ese contacto personal.
Que aprendamos a mirar para descubrir bien que con tratamos es con personas. Que no haya esa frialdad y esa aridez en nuestro trato y en nuestro encuentro con los demás. Que pongamos humanidad en lo que vamos haciendo. Jesús nos ayuda a descubrir el verdadero valor de la humanidad. Que se nos abran los ojos, que haya luz de amor en nuestros ojos.

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