sábado, 18 de febrero de 2017

Necesitamos un silencio interior que nos aísle de los ruidos de la vida para crecer en una espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida

Necesitamos un silencio interior que nos aísle de los ruidos de la vida para crecer en una espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida

Hebreos 11,1-7; Sal 144; Marcos 9, 2-13
Todos necesitamos momentos de tranquilidad y sosiego; necesitamos hacer una parada en nuestra actividad por muchas que sean las cosas que tengamos que hacer o en las que estemos comprometidos. Es el descanso físico pero es algo mas, como un descanso espiritual para encontrar esa paz que necesitamos en nuestro interior, esa serenidad para enfrentarnos a los problemas que nos va dando la vida, esa iluminación interior que nos haga ver dentro de nosotros mismos pero también con una mirada nueva y luminosa la realidad que nos rodea, ese silencio que sea como un buen caldo de cultivo de nuestro espíritu interior, nuestra espiritualidad, ese silencio que nos abre a la trascendencia, al misterio también y nos eleva nuestro espíritu también para un encuentro con Dios. De lo contrario se va a producir un desgaste grande en nosotros que nos puede destruir desde dentro de nosotros mismos.
Es cierto que vivimos ajetreados y parece que el tiempo no nos da para todo lo que tenemos que hacer; en ello nos escudamos para no encontrar ese tiempo para nosotros mismos, para ese cultivo interior que necesitamos  y en el que vamos a encontrar esa fuerza, que no es solo físico, esa fuerza espiritual que nos haga crecer en los valores mas profundos, que nos haga crecer como personas.
Ahí entra también el cultivo de nuestra fe. Porque necesitamos abrirnos a la trascendencia, no nos podemos quedar limitados en lo material que aquí vivamos por muy hermoso que sea lo que construimos con nuestro quehacer. Es la fe que tenemos que purificar y que solo en el fuego del misterio de Dios podemos hacer resplandecer;   será el crisol que limpie de impurezas y escorias nuestra vida y nuestra propia fe. Si no cultivamos nuestra fe se debilita y muere, terminamos por dejar de saborear todo el misterio del amor de Dios porque el materialismo de la vida nos llenara de esas escorias que le quiten el brillo de nuestra fe más verdadera y mas autentica.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús se lleva a tres de sus discípulos preferidos, podríamos decir, a lo alto de un monte para orar. En muchos momentos vemos a Jesús que se va a solas con los discípulos a lugares apartados para estar a solas con ellos, como dice el evangelio en alguna ocasión, para descansar un poco porque era tanta la gente que iba y venia que no tenían tiempo ni para comer. Ahora sube solo con Pedro, Santiago y Juan a este monte alto que nosotros situamos en el Tabor en medio de las llanuras de Galilea.
Es un lugar de paz alejado de todo bullicio y para poder llegar a el es necesario también un fuerte esfuerzo. Como tenemos que aprender a hacer ese esfuerzo por apartarnos, por buscar ese lugar tranquilo y de silencio. Como nos dirán los evangelistas allá subió para orar y mientras estaba en oración se transfiguro Jesús en la presencia de sus discípulos. También estos necesitaron de ese silencio, de esa paz y tranquilidad para descubrir el misterio de Dios que allí se les manifestaba. Pudieron así contemplar la gloria de Dios que se manifestaba en Jesús transfigurado, pudieron escuchar la voz del Padre que desde el cielo en lo más profundo de ellos mismos les hablaba señalando a Jesús como el Hijo de Dios que habían de escuchar.
El silencio que les llenaba del misterio de Dios. ‘¡Que bien se esta aquí!’ diría Pedro y sentía la tentación de quedarse en ese silencio para siempre porque la paz inundaba su alma y su vida toda. Será necesario bajar de la montaña luego para seguir el camino pero ya una nueva luz iba iluminando sus corazones. Comenzaría incluso Jesús a hablarles de su inminente pasión pero ya llevaban una luz interior. Como nos pueda suceder a nosotros cuando hemos cargado las pilas de nuestro espíritu que nos sentiremos fortalecidos para continuar el camino.
Muchas más consideraciones podríamos seguir haciéndonos. Quede esta reflexión que en torno a este pasaje de la transfiguración de Jesús nos hacemos como una invitación para encontrar ese silencio interior que también nos ayude a transfigurarnos desde dentro de nosotros mismos, que nos abra al misterio de nuestro ser y nos levante también hasta el misterio de Dios, que nos haga crecer esa necesaria espiritualidad que de un nuevo brillo a nuestra vida y a lo que hacemos, que nos fortalezca en nuestra fe.

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