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jueves, 10 de octubre de 2024

Disfrutar y gozarnos de la presencia de Dios es oración, no es atrevimiento sino confianza, porque todo arranca de la fe y del amor y Dios siempre está ahí

 


Disfrutar y gozarnos de la presencia de Dios es oración, no es atrevimiento sino confianza, porque todo arranca de la fe y del amor y Dios siempre está ahí

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Qué bueno y qué gozo interior se siente cuando sabemos que quien nos ama y a quien nosotros amamos tenemos la certeza de que está ahí a nuestro lado, sean momentos buenos y de felicidad como en los momentos difíciles y oscuros de la vida; saber que podemos contar con él, solo con su presencia nos sentimos felices y fortalecidos para los caminos de la vida.

Lo que he dicho lo podemos ver y sentir en lo humano y con ello podemos referirnos a la presencia de la familia que nos quiere, de los amigos que nos aprecian, de esas personas buenas que están a nuestro lado en la vida y sabemos que siempre podamos contar con ellas. Pero podemos hacer una traslación a lo espiritual, para sentirnos fortalecidos por dentro con la presencia de Dios en nuestra vida que sabemos que no nos falla.

Decimos que la sombra no nos deja y va con nosotros allá donde vayamos, pero en este caso tenemos que decir que es una luz que nos envuelve para sentirnos totalmente iluminados y transformados; no es algo que vamos dejando tras nosotros como una sombra, sino que es luz que viene a nuestro encuentro y nos da sentido de vida.

Una presencia que tenemos que saber vivir con fe, no solo como algo de lo que echamos mano cuando estamos necesitados, sino que se hace vida en nosotros en toda situación y circunstancia. Una presencia de la que tenemos que gozarnos, una presencia que tenemos que saber buscar y descubrir, una presencia que es Misterio porque la inmensidad de Dios será algo que no podremos abarcar en toda su plenitud pero que también es gracia porque es Dios mismo el que nos regala su presencia y su presencia siempre será amor presente en nuestra vida. No olvidemos que Dios es amor.

Hoy Jesús vuelve a hablarnos del sentido de la oración y pareciera, porque es en lo que siempre de manera especial nos fijamos, que la oración es solo petición, pero la oración es mucho más. Cuando estamos viviendo y disfrutando de esa presencia, aunque no digamos nada podemos y tenemos que decir que estamos en oración. Por eso Jesús no solo nos habla de pedir sino de buscar, de llamar, que es abrirnos con fe a ese Misterio de Dios que nos regala, que se hace encontrar, que nos responde, que nos habla y nos hace sentir su presencia allá en lo más hondo de nosotros.

Claro que Jesús nos pondrá el ejemplo, como pequeña parábola, del hombre a quien le llega inesperadamente un huésped y al no tener nada que ofrecerle acude al vecina, sea la que sea la hora del día o de la noche, para conseguir lo que ofrecer a su huésped. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué tiene tal atrevimiento de ir incluso en las horas de la noche? Porque tiene la confianza de que el amigo está ahí siempre, a la hora que sea, y siempre a la hora que sea le va a atender. Siempre a la hora que sea sabemos que Dios está ahí y nos escucha y se hace presente en nuestra vida. Es el padre que siempre le dará al hijo lo que necesite y nunca le va a ofrecer algo que pueda hacerle daño.

‘Todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’, viene a decirnos jesus. Por eso, como hemos reflexionado en otro momento, Jesús nos enseña a que lo llamemos Padre. Como nos dirá san Juan en sus cartas, es que somos sus hijos, hijos amados de Dios, porque el amor arranca no del amor que nosotros podamos ofrecer, sino del amor primero que Dios siempre nos ha tenido.

Esa tiene que ser nuestra oración, ese tiene que ser el sentido de nuestra oración. No tenemos que preocuparnos tanto por lo que vamos a decirle o a pedirle, sino por disfrutar y gozarnos de su presencia, porque sabemos que Dios siempre está ahí.

 

domingo, 20 de agosto de 2023

Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

 


Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón y llenos de la osadía del Espíritu romper los moldes de nuestras rutinas

Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

¡Qué atrevido! ¡Una osadía! pensamos cuando vemos a alguien a arriesgarse a hacer algo insólito, algo muy atrevido y quizás hasta peligroso por los riesgos que corre, porque se sale de lo normal, de lo que se hace siempre, emprende algo que parece que está llamado al fracaso pero insiste en seguir adelante a pesar de todas las cosas que pueda tener en contra, trata de cambiar cosas que se han encallecido en la vida con la rutina y el paso del tiempo. Al final terminaremos alabando su intrepidez, felicitándolo incluso por su perseverancia, y por los logros conseguidos.

Así, como de entrada, me atrevo a calificar este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece como el pasaje de los atrevidos que vienen a romper todos los moldes que nos encorsetan. Empecemos por la mujer que nos aparece con un cierto protagonismo en el relato, la mujer cananea. Jesús anda por la región de Tiro y Sidón, muy al norte y en las afueras de Palestina, que era una región pagana y gentil. No era una región muy transitada por los judíos, que habitualmente no querían mezclarse con los gentiles. No nos dice que Jesús fuera a predicar allí, formaba parte de alguna manera de aquellos momentos en los que Jesús quiere estás más a solas con sus discípulos más cercanos, en especial aquellos a los que escogería para apóstoles.

Esta mujer cananea tiene una hija enferma, poseída por un espíritu malo como era habitual considerarlo. Y cuando conoce la presencia de Jesús acude a Jesús gritando tras de él para pedirle que cure a su hija. Ahí, por así decirlo, comienzan los atrevimientos. Si ella era pagana, ¿cómo es que acude a un judío, de religión distinta, para implorar que su Dios sane y libere a su hija enferma? Pero ella insiste gritando tras Jesús aunque parezca que no es escuchada. ‘Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo’.

Pero allí están como siempre aquellos discípulos muy fervorosos y celosos – cuanto se pueden parecer a algunos sectores muy enfervorizados y llenos de fanatismos que fácilmente encontramos siempre en la sociedad – que quieren quitar de en medio aquella mujer que sienten que les está molestando con sus gritos. ‘Atiéndela, que viene detrás gritando’, como quien dice, bueno, dile algo para que se calle y no vuelva a molestar, pero no porque consideraran que aquella mujer merecía ser atendida, en fin de cuentas era una pagana.

Y podíamos decir que Jesús recoger el guante de solución que le están ofreciendo sus discípulos. Pero Jesús quiere llegar a algo más, porque se pone a hablar, a dialogar con aquella mujer. Ya sabemos la poca consideración en que eran tenidas las mujeres en aquella sociedad, pero además había como unos abismos, unas diferencias muy grandes, como ya se hacía constar en la actuación de los discípulos en relación a aquella mujer. No era habitual el detenerse a hablar y menos con una mujer pagana.

Y surge ese diálogo maravilloso aunque algunas veces nos pudiera parecer duro porque parte de alguna manera de lo que era el actuar de los judíos en su relación con los paganos, pero se está poniendo a prueba el valor y la fe de aquella mujer. No importan las palabras duras porque ella en su atrevimiento de amor de madre reconoce también que no es digna, pero por encima de todo confía en la misericordia. ‘Aunque sean solo unos migajas yo quiero probar de ese pan de la misericordia’, parece decir la mujer. Es lo que va a merecer la alabanza de Jesús y el regalo no ya de unas migajas sino de todo el pan de la misericordia de Dios. ‘Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas’.

El atrevimiento de un amor de madre, el atrevimiento y la riqueza de la misericordia de Dios a la que no podemos poner límites ni moldes. Todos cavemos en el corazón de Dios, todos en El tenemos nuestro lugar. No puede haber distinciones, limites ni separaciones. ‘Porque mi salvación está por llegar y mi justicia se va a manifestar’, que decía el profeta, ‘a todos los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración… así la llamarán todos los pueblos’.

El Papa Francisco nos ha estado repitiendo en las Jornada Mundiales de la Juventud hace unos días que todos tienen su cabida en la Iglesia. Y recordamos cómo en su discurso nos repetía una y otra vez, todos, todos. Tenemos que hacer que en verdad eso sea una realidad, porque seguimos teniendo la tentación en nuestro corazón de poner limitaciones, de aceptar a unos sí y a otros no. Jesús se mezcló con toda clase de personas y de pecadores, aunque hubiera muchos en su entorno y en su tiempo que no lo entendieran. Y algunas veces a pesar de las palabras bonitas que podamos pronunciar da la impresión que nosotros, que la Iglesia incluso, no terminamos de entenderlo, no terminamos de llevarlo al día a día de la práctica.

Se atreve Jesús a romper moldes, nos está ofreciendo Jesús el que nosotros también seamos atrevidos y vayamos más allá de lo que siempre hacemos, de esas barreras que en nuestros prejuicios y rutinas, en nuestros miedos y en nuestras cobardías seguimos teniendo en nuestra vida en nuestras relaciones con los demás, en lo que vivimos en el día a día. Desde el evangelio de Jesús algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.