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viernes, 6 de noviembre de 2026

Despertemos para que no nos falte el arrojo y valentía que necesitamos para iluminar con la luz del evangelio nuestro mundo no dejándonos ganar por la astucia de los hijos del maligno

 


Despertemos para que no nos falte el arrojo y valentía que necesitamos para iluminar con la luz del evangelio nuestro mundo no dejándonos ganar por la astucia de los hijos del maligno

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

Para aquellas cosas que nos interesan sí sabemos ser listos y siempre encontramos arreglos y soluciones para salir adelante aunque no siempre están envueltas en mucha rectitud. Claro que tenemos que analizar cuáles son los intereses que tenemos en la vida, porque muchas veces giran en torno a nuestras ganancias o a cosas demasiado individuales que se centran en nosotros mismos, como puede ser, como decíamos, nuestras ganancias, pero también nuestros ‘prestigios’ que vete a ver cómo nos los hemos ganado, nuestras ansias de poder y en consecuencia de manipulación y tantas fantasmadas más de nuestras vanidades. Hacemos lo que sea por no quedar por debajo, hacemos lo que sea por mantener nuestras influencias.

Pero, ¿será el mismo interés que ponemos en la búsqueda y en la consecución de unos valores que eleven la dignidad de la persona? Esta reflexión que nos hacemos nos vale para todas las situaciones humanas de la vida, porque en el evangelio encontramos esa luz que nos ayude a vivir en la mayor dignidad, por eso podemos pensar en eso concreto que hacemos cada día en nuestro trabajo y en nuestras responsabilidades, en lo que es la vida familiar en todos sus aspectos, en lo que entraña todo lo que son nuestras relaciones sociales para convivir en este mismo mundo que compartimos. ¿Será con ese interés con el que nos afanamos y tratamos de encontrar esos caminos que nos hagan más humanos?

Claro que como cristianos tenemos que plantearnos todas esas metas de nuestra vida cristiana, así como el anuncio del evangelio en el mundo que nos rodea que es un compromiso muy importante nacido de nuestra fe. Seguro que muchas veces cuando nos encontramos los nubarrones de la dificultades o que no siempre es aceptado por el mundo que nos rodea ese evangelio con sus valores, nos acobardamos, nos encerramos, como los apóstoles cuando tenían miedo tras las puertas cerradas del vernáculo, en nuestros propios círculos o en nuestros ritos y devociones pero no sabemos abrir las puertas para llevar ese anuncio al mundo que nos rodea aunque nos sea costoso.

Confieso que me da cierto miedo ese renacer de nuevo algunas veces de la pomposidad de nuestras celebraciones de puertas adentro o que todo lo que hagamos de cara al exterior se nos quede en unas procesiones muy solemnes y muy bonitas. ¿Nos estamos encerrando en nuestro círculo de seguridades, en nuestros cenáculos? Bajar a la calle e ir allí donde están los problemas, dónde está el mundo que sufre, donde vemos a la gente tan desorientada que busca sucedáneos para resistir pero que no están encontrando esa salida que abra nuevos horizontes en la vida, es más costoso, nos lo pensamos más, nos contentamos quizás con lo mínimo para que nuestra conciencia no nos denuncie con fuerza lo que estamos dejando de hacer.

Hoy en el evangelio hemos escuchado una parábola que siempre de alguna manera nos desconcierta porque pareciera que se alaba a quien había actuado injustamente y ya nos arreglamos con nuestras explicaciones y comentarios para no quedar tan en esa denuncia que Jesús está haciendo de nuestra manera de actuar. Los hijos de este mundo son muy astutos, nos viene a decir Jesús, pero a los hijos de la luz les falta ese arrojo y valentía para buscar la fórmula del anuncio del evangelio.

¿Despertaremos algún día?


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