viernes, 13 de enero de 2017

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, desconfianzas, dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar, para ir siempre con corazón limpio a los demás para hacer el bien

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12
Cuando en verdad queremos algo que consideramos que es bueno y nos puede hacer mucho bien o puede tener buenas repercusiones para nuestra vida, ponemos todos los medios a nuestro alcance con el deseo de conseguirlo; somos capaces de saltar las barreras o luchas contra los obstáculos que podamos encontrar a nuestro alrededor; ponemos toda nuestra pasión y nuestra fuerza para conseguirlo,  no nos rendimos fácilmente porque sabemos rebuscar las iniciativas que sean necesarias para tenerlo.
Lo mismo nos sucede cuando tenemos buenos sentimientos en nuestro corazón por los demás y vemos a alguien sufriendo; nos duele a nosotros mismos, queremos encontrar un remedio para ese dolor, buscamos donde sea necesario porque nos sentimos verdaderamente solidarios con esa persona que sufre y su sufrimiento es el nuestro también. Ahí aparecen las iniciativas, las invectivas que nos dicta el corazón.
Es la pasión que vemos hoy en unos hombres anónimos en el evangelio. Vienen portando en una camilla a un paralítico para hacerlo llegar hasta Jesús con la esperanza de que Jesús lo cure; han oído hablar o han sido testigos quizá de muchas curaciones que Jesús está haciendo en Cafarnaún y en otros lugares. Llegan a donde está Jesús pero no pueden entrar hasta él, porque la aglomeración de la gente alrededor de Jesús es grande y la puerta podríamos decir que está taponado. El esfuerzo que han hecho por traer a aquel paralítico hasta Jesús no se puede quedar en nada y en su inventiva deciden correr las tejas o las lozas de la terraza para bajar por allí al paralítico hasta Jesús. Grande es la fe de aquellos hombres, como grande es la solidaridad que hay en sus corazones, de manera que Jesús de alguna manera se fija en el detalle para valorarlo.
Ya aquí casi podríamos quedarnos en nuestra reflexión porque esto ya nos está diciendo muchas cosas. Aunque comenzamos nuestra reflexión ponderando lo que somos capaces de hacer cuando deseamos algo o cuando nos sentimos solidarios con los demás, sin embargo hemos de reconocer que no siempre lo hacemos con tal intensidad; muchas veces nos rendimos antes de tiempo, o nos cansamos, o no somos perseverantes cuando nos encontramos con las dificultades.
Muchas veces nos cansamos también de hacer el bien, porque en nuestro pensamiento nos pueden entrar también muchas tentaciones y desconfianzas. Algunas veces podemos tener la tentación no tener una mirada verdaderamente limpia hacia aquellos a los que vemos en necesidad y nos pueden entrar muchas desconfianzas.
¿Merece la pena o no merece la pena tanto esfuerzo? ¿Van a saber valorar lo que nosotros hacemos o será como echarlo en saco roto? ¿Y esas personas no serán así porque ellos se lo han buscado y ahora nosotros estamos poniendo tanto esfuerzo? Muchas dudas se nos pueden meter en nuestro interior porque también el mal nos acecha a nosotros y nos puede paralizar en lo bueno que estamos intentando hacer. Tendremos que aprender a valorar a las personas, saberles dar nuestra confianza y seguir luchando por la dignidad de los demás.
El evangelio que estamos comentando no se queda ahí, porque como dice al ver la fe de aquellos hombres, ofrece lo más hermoso que Jesús nos pueda dar; quiere en verdad transformar nuestro corazón limpiándolo de tanta maldad que muchas veces nosotros dejamos meter en él. ‘Perdonados son tus pecados’, le dice al paralítico. Lo han traído para que lo libere de su parálisis y de su enfermedad, y Jesús lo cura desde lo más hondo porque quiere liberarlo de lo que son las peores ataduras que pueda haber en su vida.
Por brevedad no entramos ahora en comentar la reacción de los fariseos y escribas que estaban al acecho de lo que Jesús decía y hacia. En verdad Jesús puede liberar a aquel hombre de la atadura de su parálisis y con el mismo poder divino le puede perdonar los pecados.
Dejemos que Jesús nos libere de nuestras ataduras, de nuestras desconfianzas, de nuestras dudas, de tantas cosas que nos pueden limitar. Seamos capaces de tener un corazón limpio de toda maldad y dejemos que Jesús nos cure, nos sane, nos salve, transforme nuestro corazón para que así con ese corazón limpio vayamos al encuentro de los demás y siempre hagamos el bien saltando todas las barreras que nos lo pudieran impedir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada