sábado, 14 de enero de 2017

Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino porque sigue confiando en mí

Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino porque sigue confiando en mí

Hebreos 4,12-16; Sal 18; Marcos 2,13-17
¿En quien ponemos nuestra confianza? Es cierto que deseamos rodearnos de personas que “merezcan” nuestra confianza, y he destacado eso de “merezcan” porque en ello podemos dar cabida a muchos criterios para juzgar, para separar y hacer distinciones entre aquellos que podemos considerar amigos o que trabajen junto a nosotros en responsabilidades que puedan afectar al buen funcionamiento de aquello que queremos sacar adelante. Y en ello nos hacemos nuestro historial, o el historial de aquellas personas en las que queremos confiar evitando cualquier mancha que pudiera enturbiar su vida y la confianza que pongamos en esas personas.
¿Es ese el actuar de Dios con nosotros? ¿Será por ese camino donde se manifieste el amor que Dios nos tiene? Hemos de reconocer que si Dios tuviera memoria para recordarnos todo lo que nos ha perdonado en la vida, tendríamos que decir que no somos merecedores del amor de Dios. Y sin embargo Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, aunque nosotros los hombres no seamos capaces de copiar ese estilo de amor y no tengamos la misma confianza en los demás, a quienes siempre miraremos con nuestras particulares lupas para descubrir cualquier cosita por la que rechazar a los demás.
¿Cómo era el actuar de Jesús? El actuar de Jesús nos está manifestando lo que es el querer de Dios. Jesús iba llamando a quienes habían de ser sus discípulos. Ya vemos continuamente en el evangelio cómo se rodea de pecadores, como los publicanos y las prostitutas son los primeros que se acercan a El dando signos de su deseo de conversión. Podemos recordar muchos momentos del evangelio.
Hoy pasa Jesús junto al mostrador de los impuestos de un publicano. Ya sabemos lo despreciados que eran por los judíos, porque se les consideraba colaboracionistas con los romanos para quienes cobraban los impuestos, pero además como su profesión iba ligada al dinero que todo lo mancha ya por eso los consideraban ladrones y usureros; los llamaban y consideraban como pecadores.
‘Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’. Vio a Leví, se fijó en él, no tuvo en cuenta su historia, no hubo prejuicios, quería que estuviera con El, un día formaría parte del grupo de los Doce, hoy nosotros tenemos su evangelio. Leví se levantó y lo siguió. Mucho significa todo esto. Es la mirada de Jesús que es la mirada del amor, es la mirada de la confianza, es la mirada que nos levanta, que nos pone en camino de cosas nuevas, es la mirada que nos hace valorarnos, es la mirada que nos hace sentir el amor de Dios, es la mirada que nos enseña a mirar.
Y cuando sentimos la mirada de Jesús sobre nosotros, porque eso se siente y no solo se ve con los ojos, nos sentimos amados, sentimos la confianza de Dios en nosotros a pesar de lo que seamos, a pesar de nuestra historia, a pesar de nuestros pecados e infidelidades. Dios sigue confiando en mí, porque me está mostrando su amor. Dios quiere contar conmigo a pesar de mis debilidades. Me levanto, quiero seguirle también, quiero vivir su vida, quiero estar con Jesús para siempre. Me levanto y aprendo a mirar también, a poner amor, a llenar de confianza mis relaciones con los demás, a saber contar con todos, a llenar de humildad mi corazón para reconocer también cuanto de bueno hay en los demás.
Jesús me mira, me ama, me invita a seguirle, me levanta y me pone en camino.


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