viernes, 9 de diciembre de 2016

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Desde lo más hondo del corazón y con sinceridad nos enfrentamos al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida

Isaías 48,17-19; Sal 1; Mateo 11,16-19

Hay gente que nunca está contenta con nada; pareciera que llevaran el espíritu de la contradicción dentro de ellos; nada le satisface sean las cosas en un sentido o en otro, siempre está a la contra. Y no es el descontento de la superación, del que quiere mejorar en su vida y no aun le pudiera parecer que no ha conseguido sus metas y por eso quiere más, pero para sí, para su superación de cosas que en su vida podrían estar mejor.
Es el que está descontento siempre con los demás, juzgando interiormente, muchas veces hasta queriendo desprestigiar al otro para no reconocer lo bueno que puedan hacer los demás. Y es que muchas veces queremos hacer a los demás a semejanza nuestra, queremos que las cosas sean de mi opinión o de mi gusto, pero quizá al final ni eso quieren porque buscarán como seguir incordiando a los otros.
¿Nos pasará algo así en el camino de la fe, de nuestra vida cristiana? ¿Nos pasará de alguna manera de esa forma en nuestra relación con la Iglesia? También muchas veces decimos este cura me gusta y aquel me cae antipático, voy a esta Iglesia porque aquí sí hacen las cosas bien, porque las hacen a mi gusto, y nos alejamos de otros lugares de culto porque nos pueden parecer fuera de época, por decirlo de una manera suave.
Y juzgamos y hasta condenamos, pero quizá no ponemos nada de nuestra parte para hacer que las cosas mejoren para todos, no expresamos nuestras ideas o  manera de ver las cosas allí donde se puedan aprovechar para mejorar las cosas. Esto nos daría para un extenso comentario, porque muchas veces aunque críticos somos quizá demasiado negativos o demasiado pasivos.
Jesús se encontró con gente así. Ya vemos cómo muchos estaban al acecho a ver cómo lo cogían en sus palabras, cómo muchos estaban observando siempre lo que hacia para buscar por donde condenarle, cómo le hacían preguntas capciosas, no en el afán de querer aprender sino simplemente por llevar la contraria y ver cómo lo podrían atrapar en contradicciones.
Hoy Jesús nos dice en el evangelio que la gente de su generación son como niños que juegan en la plaza, pero llenos de malicia para ver como echar la trampa a los demás. No les gustaba Juan por la austeridad con que se presentaba allá en el desierto invitando a una verdadera conversión del corazón para preparar los caminos del Señor, pero ahora tampoco querían aceptar a Jesús porque sus palabras y sus gestos quizá le hacían plantearse cosas muy serias allá en lo hondo del corazón.
La austeridad de Juan les molestaba porque ellos pretendían seguir en sus comodidades y sus rutinas, pero a Jesús que se acerca a los pecadores y come con ellos lo llaman comilón y borracho. Olvidan que el medico viene para curar a los enfermos y que el pastor ha de buscar siempre la oveja perdida, y que el padre pacientemente está buscando y esperando la vuelta del hijo que había tirado su vida por la borda.
Y nosotros, ¿cómo aceptamos a Jesús y la Buena Nueva del Reino de Dios que nos anuncia? ¿Cómo aceptamos los vientos del Espíritu que van guiando hoy a la Iglesia a través de tantos gestos proféticos de nuestro Papa Francisco? ¿Cómo nos enfrentamos allá desde lo más hondo del corazón y con sinceridad al evangelio que cada día escuchamos y nos está invitando continuamente a caminos nuevos para nuestra vida? ¿Estaremos también siempre en espíritu de contradicción para no aceptar, para juzgar y para condenar?

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