martes, 6 de diciembre de 2016

Jesús nos está enseñando que nunca podemos dejar al caído abandonado al borde del camino y son muchas las actitudes del corazón que tenemos que cambiar

Jesús nos está enseñando que nunca podemos dejar al caído abandonado al borde del camino y son muchas las actitudes del corazón que tenemos que cambiar

Isaías 40,1-11; Sal 95; Mateo 18,12-14

Cuántas veces decimos ‘él se lo buscó, que él ahora se las arregle’. Son posturas que tomamos algunas veces en las que queremos desentendernos de los problemas de los demás; quizá habíamos intentado ayudar, pero no se dejó ayudar, ahora lo vemos con problemas, alejado, quizá solo sin que nadie haga por él, pero nosotros tampoco en nuestro orgullo quizá malherido tampoco ahora queremos hacer nada.
Con cosas que nos suceden, que suceden quizá en tantas en nuestro entorno cuando no somos solidarios, cuando cada uno va a lo suyo, cuando por las heridas que quizá recibimos en la vida ahora nos convertimos en unos resentidos y ya no queremos hacer nada por nadie, porque, encima nos tratamos de justificar, son unos desagradecidos que no aprecian lo que uno hace por los demás.
Pero ¿realmente son posturas humanas? ¿Es correcto actuar así? ¿Podemos ir por la vida con esos resentimientos que nos amargan, que nos encierran en nosotros mismos, que nos vuelven egoístas e insolidarios? Por el más mínimo sentido de humanidad no tendríamos que ser así, porque bien sabemos que en nuestro orgullo también muchas veces no nos dejamos ayudar.
Pero ¿es ese el actuar de Dios para con nosotros? Cuantas veces nos apartamos del camino desoyendo las llamadas que mil lados nos hace el Señor. Pero queremos construir nuestra vida a nuestro aire, no queremos muchas veces reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida, orgullos no queremos que el Señor nos trace unas sendas por donde habríamos de caminar viviendo una paz muy grande en nuestro corazón y en nuestra relación con los demás; en fin de cuentas los mandamientos no nos tratan de coartar nuestra libertad, sino trazarnos las sendas por donde verdaderamente seriamos felices y haríamos también felices a los demás.
Hoy Jesús en el evangelio nos habla del pastor que busca la oveja perdida y descarriada. Deja a las noventa y nueve en el aprisco o en el establo, para ir a buscar la que se había extraviado. Y nos habla de la alegría del cielo cuando la encuentra, de la alegría del padre que recibe al hijo descarriado que vuelve a casa.
‘Suponed, nos dice, que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado’. Y nos dice Jesús que nuestro Padre del cielo no quiere que se pierda ni el más pequeñuelo.
Así es el amor del Padre, el amor que Dios nos tiene. Así nos muestra lo que es su corazón misericordioso y compasivo. Así nos invita a disfrutar de su amor. Pero así quiere también que nosotros tengamos nuevas actitudes, actitudes buenas y positivas para con los demás. No nos podemos desentender de nadie, a nadie hemos de dejar solo en sus angustias, en sus soledades, quizá en la negrura del mal en el que se ha metido.
Sin embargo muchas veces parece que no queremos mezclarnos con esas personas para no vernos comprometidos, para que no piensen que nosotros somos igual, porque nos puede parecer muy repugnante lo que haya hecho esa persona, porque quizá el ambiente manda y los medios también hacen sus juicios mediáticos que nos pueden influir. Y no somos capaces de ver su corazón, su sufrimiento, su soledad, las oscuridades en que se ve envuelta su vida. Tenemos la luz en nuestra mano y no somos capaces de ofrecerla.
Y decimos que somos buenos y cumplidores, pero dejamos al caído abandonado a la orilla del camino. Mucho tenemos que revisar, en nuestras actitudes; muchos tenemos que revisar también en nuestras estructuras de Iglesia en ocasiones muy legalistas pero muy poco misericordiosas. Todos tenemos que revisarnos, porque hablar podemos decir maravillas, pero luego en la manera de actuar estaremos muy distantes de lo que decimos. Y eso nos puede pasar también en el seno de la Iglesia.

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