lunes, 8 de febrero de 2016

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

Vayamos hasta Jesús toquemos la orla de su manto para que se restablezca con toda dignidad nuestra vida

1Reyes 8,1-7.9-13; Salmo 131; Marcos 6, 53-56

‘Colocaban a los enfermos en la plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos el borde de su manto; y los que lo tocaban se ponían sanos…’  Allá por donde fuera Jesús se iba encontrando con el dolor y el sufrimiento y su presencia era signo de la llegada de la liberación y de la paz. Todos ansiaban tocar a Jesús.
Queremos sanarnos; el enfermo tiene ansia de salud, porque todos deseamos la vida y tener ansias de salud es tener deseos de vida, pero de vida en plenitud, sin limitaciones, sin dolor, sin muerte. Y ya no es solo el dolor o la enfermedad física, las limitaciones que las discapacidades de nuestro cuerpo puedan producirnos.
Es algo más, porque hay otros sufrimientos, otras limitaciones, otras angustias que no solo afectan a nuestro cuerpo sino que las tenemos en lo más hondo de nosotros mismos, que nos afectan a nuestro ser, que nos restan dignidad, que nos hacen ir como perdidos sin sentido ni orientación, que nos envuelven de soledad, que nos aíslan de los demás, que nos encierran en nosotros mismos, que nos distancian de todo cuanto hay en nuestro entorno, que nos hacen perder el sentido de la vida.
Buscamos la salud, la vida, el sentido, el camino, el encuentro. Es una búsqueda continua de nuestra vida porque siempre queremos crecer, porque queremos recuperar la dignidad perdida, porque queremos tener paz en nuestro corazón, porque buscamos el amor, amando y sintiéndonos amados, porque queremos ver lo bueno que los otros nos puedan ofrecer, porque queremos compartir la pequeña o grande luz que llevamos dentro, porque ansiamos encontrar ese sentido de la vida que dé plenitud a nuestra existencia.
Vamos a Jesús como aquellos enfermos, de los que nos habla el Evangelio, como toda aquella gente que se arremolinaba en torno a Jesús y querían tocarle, aunque solo fuera la orla de su manto. Vamos a Jesús y queremos que El tienda también su mano sobre nosotros, al menos llegue su sombra sobre nuestras vida, porque sabemos que en El vamos a encontrar vida, porque su mano y su sombra nos va a llenar de luz, porque sabemos que con Jesús aprenderemos a ir al encuentro con los demás y nunca nos sentiremos solos, porque en El vamos a ver restablecida nuestra dignidad, porque con El ya para siempre vamos a tener razones para vivir, para buscar la vida, pero también sobre todo para compartirla.
Jesús tendía su mano y tocaba al leproso curándole no solo de su lepra sino restableciendo su dignidad; tomaba de la mano al paralítico para levantarlo de la camilla y caminar por si mismo con dignidad; tocaba los ojos del ciego para hacerle tener una visión nueva y una mirada nueva; tocaba la lengua y los oídos del sordomudo para que aprendiera el lenguaje nuevo del amor que le hiciera encontrarse con los demás. Vemos tantos momentos así en el Evangelio y queremos también que llegue a nosotros con su vida.
Sí, vayamos hasta Jesús porque en El siempre vamos a encontrar vida.

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