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sábado, 15 de febrero de 2014

Tenemos que aprender a entrar en la sintonia del amor



Tenemos que aprender a entrar en la sintonía del amor.

1Reyes, 12, 26-32; 13, 33-34; Sal. 105; Mc. 8, 1-10
Ante este texto del evangelio que hemos escuchado tendríamos que comenzar por preguntarnos si hay amor de verdad en nuestro corazón. Quien ama no es insensible y tantas veces vamos por la vida vemos pasar tantos sufrimientos a nuestro lado que pareciera que tenemos cauterizado el corazón para que no saliera a flote la sensibilidad de nuestro corazón.
Algunas veces nos hemos endurecido tanto que ya ni nos preguntamos ni analizamos nuestra vida para ver realmente cuales son nuestras reacciones y cuáles son nuestros sentimientos. Miramos con mucha facilidad para otro lado para no ver aquello que no queremos ver.  Creo que tenemos que ser muy críticos con nosotros mismos y examinarnos bien pero ver cuál es nuestra cruda realidad de esa insensibilidad que se nos haya podido meter de rondón en nuestro corazón.
Cuando hay amor en el corazón no podemos soportar el sufrimiento de los demás y no nos podemos quedar quietos. Un cristiano verdadero que se ha impregnado del amor de Cristo no será alguien que veamos con los brazos cruzados. Ya sabemos que esa expresión de los brazos cruzados es la de aquel que nada tiene que hacer o nada quiere hacer. Por eso nunca tendría que ser la postura de un cristiano verdadero. El cristiano tiene que vivir en otra sintonía.
Una multitud grande de gente se ha reunido en torno a Jesús y no tienen nada que comer; están lejos de donde puedan encontrar algo que satisfaga sus necesidades; en su entusiasmo por escuchar a Jesús han venido de muchas partes y le han seguido días y días allá por donde vaya Jesús. Y aparece toda la hondura del amor que hay en el corazón de Cristo. ‘Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen que comer, y si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino’. Y por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús preguntándose. ‘¿Y de donde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para  que se queden satisfechos?’
Parece imposible encontrar la solución. A la pregunta de Jesús le dicen que solo hay siete panes. ¿Será eso suficiente para tantos? Sin embargo los manda sentarse en el suelo. ‘Y tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias - como cuando cada día se sentaban a la mesa para comer que se bendecía y se daba gracias a Dios -, los partió - como hace el padre o la madre cuando parte el pan para repartirlo con los hijos -, y los fue dando a los discípulos para que los sirvieran -  como unos hermanos le pasan el pan al hermano que está al lado en ese espíritu de servicio que reina en la familia donde todos son uno y parten y comparten - y ellos se los sirvieron a la gente’.
El milagro del amor se obró y tomos comieron hasta saciarse y hasta sobraron siete canastas. Es la multiplicación del amor. Es el amor que no sabe estarse quieto. Es el amor que se crece cuando se da y no se reserva solo para uno. Es el estilo nuevo que tendrán que tener sus discípulos. Es el partir y repartir; es el repartir y el compartir; es el amar y el dejarse conducir por las invectivas y las iniciativas del amor.
Cuánto podríamos hacer con la pobreza de nuestros pequeños siete panes si fuéramos en verdad poniendo amor en nuestra vida. Porque no nos quedaríamos quietos, porque buscaríamos la forma de hacer la vida mejor para los que están a nuestro lado. En los tiempos de crisis y de dificultades, de carencias y de pobrezas podemos quedarnos encerrados en nosotros mismos y solo ver nuestra pobreza o nuestra necesidad y solo preocuparme de mi mismos, o puedo abrir los ojos con una mirada nueva para ver lo que hay a mi alrededor y entonces despertar la sensibilidad de mi corazón si está lleno de amor y ponerme a buscar soluciones para los otros, y nuestra solidaridad si es verdadera despertaría más solidaridad en los que están a mi lado y se crearía una hermoso espiral del amor que iría creciendo y creciendo para lograr ese mundo nuevo y mejor.
Tenemos que aprender a entrar en esa sintonía del amor.

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