No es
pasividad sino dejar hacer contemplando el misterio que se desarrolla en
nuestro interior y en los que nos rodean y siendo en verdad agradecidos
2Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17; Salmo 50;
Marcos 4, 26-34
No es lo
mismo pasividad que saber estar pero dejar hacer. El pasivo se desentiende, no
se preocupa pase lo que pase, de alguna manera es como si pensara que las cosas
vienen solas y de forma automática. Pero cuando sabemos estar cumplimos con
nuestra responsabilidad en lo que nos toca, mantenemos una vigilancia para ser
consciente de lo que sucede, pero dejamos hacer, confiamos en las
responsabilidades de los otros, cada uno en su lugar, pero también contemplamos
el misterio de lo que recibimos como regalo, pero también el misterio de las
personas que asumen sus responsabilidades, toman parte en lo que les corresponde y son capaces
también de desarrollarse como personas.
Hoy Jesús nos
ofrece una parábola en que se nos ofrece la contemplación de ese misterio en lo
que sucede sin que él intervenga; en este caso se nos hace contemplar la
capacidad de la semilla por si misma de germinar y producirnos vida, nos hace
ser agradecidos porque en ello estamos contemplando los dones de Dios en
nosotros mismos y también en cuantos nos rodean. El labrador ha sembrado la
semilla, ahora el campo florece por si mismo para que al final podamos recoger
frutos. Descubrimos la acción de Dios y no pretendemos ocupar su lugar, con
respeto y gratitud contemplamos.
Podemos
pensar, como siempre hacemos cuando reflexionamos sobre esta parábola –
recientemente la hemos meditado también – en la fuerza que por si misma tiene
la semilla y en ella vemos la Palabra de Dios, sembrada en nosotros o que
nosotros también tenemos que sembrar en los campos de la vida. Y tenemos que
dejar que esa semilla actúe por dentro, en nosotros mismos o en quienes la
queremos sembrar. Nuestra tierra que somos nosotros tenemos que estar
dispuestos a acoger esa semilla y a dejar hacer en nosotros; si no la echamos
en saco roto esa semilla un día germinará vida en nosotros o en aquellos donde
la hemos sembrado. Es el actuar de Dios pero es la respuesta del hombre, que no
es pasividad, que es dejarnos hacer por el Espíritu del Señor.
Pero me lleva
a pensar esta reflexión que me estoy haciendo en la semilla sembrada en los
demás. Tenemos que hacer que esa semilla también germine y dé su fruto, pero
tenemos que saber respetar el ritmo de las personas. Nos pasa en todos los
aspectos en los que tratamos de trasmitir algo a los demás, ya sea la tarea
educativa que tengamos que realizar o ya sea la labor apostólica que podemos
realizar. Queremos respuestas prontas, queremos que la gente cambie poco menos
que de forma automática, queremos que lo que le indicamos a alguien sobre lo
que tiene que hacer, ya desde el momento lo realice con toda perfección.
Dejemos hacer, dejemos que cada uno dé sus pasos, sepa superar las montañas que
tiene que atravesar o llegue a tener fuerza para dejar atrás cosas que quizás
le perjudiquen. Nos volvemos impacientes e intransigentes. Creo que la parábola
en eso también nos está dando lecciones.
Maravillémonos
de ese actuar de Dios y seamos agradecidos por la paciencia que en su
misericordia tiene con nosotros, porque no siempre sabemos dar la respuesta
adecuada. Pero no nos durmamos. Tratemos de seguir creciendo por dentro, aunque
nadie lo vea, pero iremos logrando esa madurez humana y cristiana que todos
necesitamos. Vayamos dando esos necesarios pasos de nuestro crecimiento
espiritual. Seamos esa tierra abonada y preparada para recibir esa semilla que
produzca en nosotros frutos de santidad. Ojalá pudiéramos llegar a decir con la
prontitud de María que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios.