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jueves, 16 de enero de 2025

El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

 


El evangelio de Jesús quiere que nosotros seamos más humanos para que luego podamos ser más divinos

Hebreos 3,7-14; Salmo 94; Marcos 1,40-45

¿Seguiremos poniendo barreras a la manera de aquellos leprosos de los que nos habla hoy el evangelio? Yo no me mezclo con cualquiera, decimos o pensamos muchas veces; y aunque no manifestemos en alta voz nuestros pensamientos cuando en la acera tenemos que cruzarnos con alguien que no nos cae bien, que miramos con aprensión porque otro es el color de su piel, porque sabemos que está metido en la drogadicción, porque es de una determinada familia con la que desde siempre no nos llevamos, buscamos si podemos cruzar a la acera de enfrente, tratamos de ensimismarnos en nuestras cosas para evitar un cruce de miradas y mil detalles más que nos inventamos para ‘no mezclarnos’ como decíamos.

Con buena voluntad quizás nos decían cuando chicos que cuidáramos con quien andábamos porque estábamos manifestando quienes éramos – dime con quien andas y te diré quien eres, que nos decían – de alguna manera nos han metido un cierto sentido de discriminación que luego se puede en la vida convertir en grandes barreras. 

Lo vemos en muchas manifestaciones de la vida social en nuestro entorno, cómo tenemos nuestros grupos, nuestros círculos y pareciera que viviéramos en lugares estancos sin posibilidad de comunicación entre unos y otros, los que somos de un lugar, los que tienen esta procedencia, a los que llamamos ilegales, y nos vamos apartando los unos de los otros más y más; y desgraciadamente nos estamos haciendo un mundo inhumano, de desconfianzas, enfrentamientos y enemistades por el mero hecho de pensar de manera distinta.

El evangelio hoy nos manifiesta un rompimiento de barreras. Por una parte aquel leproso se atrevió a saltarse todas las reglas para llegar hasta Jesús porque era el único que podía sanarle. Pero Jesús también se atreve a dejar que se acerque el leproso y aún más tiende su mano para tocarle y sanarle. Sana al hombre de su enfermedad, pero sana al hombre y quiere sanar a la sociedad que le rodea para que de nuevo haya encuentro y comunicación. Volverá a su familia, volverá a la vida social de su entorno, ha de presentarse al sacerdote para que se reconociese su dignidad recuperada. Quiere sanarnos Jesús.

Este signo del evangelio se convierte también en un signo muy importante para nosotros, para nuestra sociedad, para nuestro mundo de hoy. ‘Si quieres, puedes limpiarme’, le decía el leproso a Jesús. ¿No tendremos de alguna manera que decir nosotros lo mismo? En el relato del evangelio es cierto que fue el marginado a causa de su lepra el que acudió a Jesús, pero Jesús sanándolo le está diciendo a su mundo, a su sociedad concreta que es la que tiene que decir las mismas palabras.

Nos lo está diciendo a nosotros hoy, como individuos y como sociedad, porque son nuestras actitudes personales por las que primero tenemos que comenzar por cambiar, pero son esas conveniencias sociales que nos hemos creado que han ido ahondando esos abismos que nos separan y que nos enfrentan.

A eso ha venido Jesús. Ese es el mensaje de su evangelio. Esa es la Buena Nueva del Reino que Jesús quiere trasmitirnos. Es lo que quiere realizar en nosotros para que seamos más humanos para poder ser más divinos. Si cuando hablamos de salvación tanto insistimos en la gracia que nos trae Jesús que nos convierte en hijos de Dios, primero El se ha hecho hombre para que aprendamos a valorar nuestra humanidad, que es valorar la dignidad de la persona, de toda persona; porque será desde esa humanidad desde donde El luego nos elevará con una nueva dignidad de hijos de Dios. Pero tiene que haber humanidad en nuestra vida, y muchas veces en la manera cómo nos tratamos nos falta esa humanidad.

domingo, 4 de junio de 2023

Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

 


Saboreando lo que hay de divino en nuestra humanidad descubriremos a Dios que con su amor y ternura nos inunda de su propia vida y nos hace sus hijos

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal.: Dn. 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18

Hay preguntas e interrogantes que siempre nos andan rondando en nuestro interior porque todos en el fondo siempre nos andamos preguntando por la vida, por el sentido de la vida, por el valor de la vida, que es preguntarnos por lo que somos y por lo que hacemos en esta vida. Nuestro pensamiento y nuestras experiencias puede ser que no a todos lleven por el mismo camino, pero nos damos cuenta que la vida es algo más que los latidos del corazón, que vivir es algo más que dejar que la máquina siga funcionando por sí misma y ya nos cuidamos de no perjudicarla en ese aspecto.

Pero el vivir está en el sentir allá en lo más hondo de nosotros mismos y buscaremos aquello que nos dé como más estabilidad, más paz en nuestro interior o nos produzca las satisfacciones más hondas. Es cuando nos damos cuenta que amando, y amar es como derramar nuestra propia vida queriendo llevarla más allá, queriendo transmitirla, queriendo hacer partícipes de eso que vivimos y sentimos a cuanto nos rodea. Es, podíamos decir, que nos da vida porque nos hace vivir, pero que nos lleva a engendrar vida, generación que no solo está en los hijos que nos prolongan, sino en cuanto de vida damos a los demás. Por eso decimos que ahí encontramos el sentido de nuestra vida. Y yo diría que es cuando vivimos lo divino en nuestra propia humanidad.

En nuestra fe y en nuestra antropología cristiana decimos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, utilizando así expresión que encontramos en las primeras páginas de la Biblia. Conociendo así, podríamos decir, la esencia de nuestro ser nos sentimos transcendidos para intentar meternos en el misterio de Dios. ¿Qué es lo más hermoso que llevamos a descubrir en toda la inmensidad de Dios? Su amor y su ternura. Es lo que mejor saboreamos de Dios.

Cuando hoy en la primera lectura hemos escuchado como Dios quiere hacer partícipe a Moisés del misterio de su ser al ser llevado a lo alto de la montaña, igual que en otro momento el profeta Elías se siente inmerso en la presencia de Dios, pero no es la fuerza del huracán y del terremoto que hace temblar las montañas donde encuentra a Dios sino en el leve susurro de la brisa que le hace escuchar en lo más hondo de si mismo ese paso de Dios lleno de ternura y de misericordia, que es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en clemencia y lealtad. Es ese amor de Dios el que con su ternura nos llena de su presencia. ¿No nos va a enseñar Jesús entonces que Dios es Padre bueno que nos ama?

Es el Dios que engendra vida, que nos llena de vida, que nos da a su Hijo Jesús, como el mejor rostro de Dios cuando viene a traernos la salvación y a llenarnos de vida. Es ese misterio de Dios que tanto nos ama que nos da a su Hijo, como nos dice el evangelio, para que tengamos vida, que no viene a juzgar ni condenar al mundo sino a salvarlo, a llenarlo de vida.

Es el Dios que nos inunda con su presencia, que nos hace sentir la fuerza de su Espíritu, que abre nuestra mente y nuestro corazón no solo para que conozcamos a Dios y entendamos el misterio de Dios, sino para revelarnos el misterio y la grandeza del hombre.

Y esto es lo que hoy estamos celebrando. Lo llamamos el misterio de la Trinidad de Dios, lo sentimos en esa vida de Dios que con su amor nos envuelve y a nosotros también al hacernos partícipes de su vida, como siempre sucede cuando hay amor de verdad, nos hace también hijos.

‘El Señor bajó de la nube y se quedó allí con él’, con Moisés, nos decía la primera lectura. Sí, Dios que baja de la nube y se queda con nosotros, el Señor que nos hace sentir su ternura y su misericordia, aunque seamos un pueblo de dura cerviz, aunque mucho sea nuestro desamor y nuestro pecado. ‘El Dios de la paz y del amor estará con nosotros’, nos decía también san Pablo hoy en la segunda lectura.

Vivamos, pues, esta experiencia de Dios. Sintamos así a Dios en nuestro corazón y en nuestra vida, nos ama y derrocha todo su amor sobre nosotros. Dejémonos inundar por su presencia. Recordemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y eso de divino que hay en nuestra vida que se refleje en nuestra humanidad, se refleje en la humanidad con que nos acercamos a los demás transmitiéndoles lo mejor de la vida que hay en nosotros.