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domingo, 28 de mayo de 2017

Con la Ascensión recibimos la misión de que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia para todos los pueblos con el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida

Con la Ascensión recibimos la misión de que el Evangelio sea en verdad Buena Noticia para todos los pueblos con el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida

Hechos 1, 1-11; Sal. 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20
‘Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios’. Así comienza Lucas el libro de los Hechos de los apóstoles haciendo un resumen en pocas líneas de lo que fue el tiempo pascual. Estaba vivo, había resucitado, les hablaba una vez más del Reino de Dios. Había sido la Buena Noticia a lo largo de su vida pública; era la razón de ser de su vida y de su entrega.
San pablo nos decía que ‘el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cual la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros…’
Necesitamos, si, ese espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Sabiduría para comprender todo ese misterio de Dios que se nos revela y manifiesta en Jesús, pero no es una sabiduría que adquiramos por nosotros mismos; por eso nos habla de revelación. Es Dios que se nos revela en Jesús, que nos manifiesta el misterio de su ser. Como ya decía el principio del evangelio de Juan nadie conoce el misterio de Dios, ‘el Hijo único que esta en el seno del padre es quien nos lo ha dado a conocer’. Jesús les hablaba una vez más del Reino de Dios.
Llegaba el momento de la Ascensión. ‘Sali del padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y vuelvo al padre’, había dicho en la ultima cena en la despedida. ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?’ se preguntan y le preguntan los discípulos. Era, si, la hora del Reino de Dios. Expresión de ello era su muerte y su resurrección. El volvía al padre, pero no los dejaba solos. Les insiste que permanezcan en Jerusalén, se ha de cumplir en ellos la promesa del padre.
‘No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo… Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’.
Son sus últimas recomendaciones. Dejaron de verle, como hasta entonces le habían visto. ‘Lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista’, nos dice Lucas. Y como confesamos en nuestra fe ‘subio al cielo y esta sentado a la derecha de Dios padre todopoderoso’. O como nos decía hoy san pablo ‘la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro’.
Es lo que hoy estamos celebrando, la Ascensión del Señor al cielo. Vamos culminando la pascua. La obra de Jesús esta realizada y ahora la deja en nuestras manos. Tenemos que ser sus testigos, hemos de ir a todo el mundo a anunciar esa buena noticia. ‘Id y haced discípulos de todos los pueblos…’ nos confía Jesús. Nos da su espíritu, estará para siempre con nosotros. El camino nuevo que emprendemos y que nos lleva por todo el mundo no lo hacemos solos.
Hemos recibido una misión. Ese evangelio tenemos que convertirlo de verdad en buena noticia para todos los hombres. Convencidos del evangelio, convencidos de la salvación que hemos recibido de Jesús porque nos sentimos inundados de su amor, convencidos de la fuerza del Espíritu del Señor en nosotros nos tenemos que lanzar por el mundo, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, nada nos ha de hacer temer.
Se han de acabar las cobardías que nos encierran; el próximo domingo con Pentecostés en verdad nos vamos a sentir hombres nuevos llenos del espíritu del Señor. Como hicieron los discípulos que se fueron al cenáculo porque Jesús les había dicho que permanecieran en Jerusalén, nosotros vamos a quedar también en oración en la espera de la fuerza del espíritu. Lo renovaremos en nosotros cuando celebremos Pentecostés, pero somos conscientes de que en nuestro bautismo y nuestra confirmación hemos recibido ya el don del espíritu.
Vivamos ahora el gozo de esta fiesta grande de la Ascensión del Señor; cantemos también nosotros la gloria de Dios. Como cantamos en el salmo de la celebración de este día ‘Dios asciende entre aclamaciones, el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad. Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado’.




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