viernes, 2 de septiembre de 2016

En la novedad del evangelio no nos valen remiendos ni podemos encerrar la fuerza del reino de Dios en un odre viejo y debilitado

En la novedad del evangelio no nos valen remiendos ni podemos encerrar la fuerza del reino de Dios en un odre viejo y debilitado

1Corintios 4, 1-5; Sal 36; Lucas 5, 33-39

Las novedades casi siempre nos desconciertan. Nos acostumbramos a unas determinadas cosas, a una manera de actuar, a unas costumbres, a un estilo de hacer las cosas que cuando viene alguien y nos dice que las cosas pueden ser de otra manera, que quizá haya costumbres que cambiar, que hay una nueva manera de actuar que es mejor nos sentimos desconcertados porque nos habíamos acostumbrado a aquella manera de hacer y de vivir y nos parece que era la mejor. ¿Para qué vamos a cambiar si con lo que hacíamos o como lo hacíamos nos iba bien? Tenemos algo de conservadores dentro de nosotros mismos.
Nos sucede en los ámbitos de la vida social, en las costumbres de los pueblos, en la vida política, y nos sucede hasta en nuestros planteamientos religiosos. Cuántas veces añoramos otros tiempos, viejas costumbres, estilos de la vida social. Nos queremos en ocasiones quedar estancados en viejas costumbres que se han convertido quizá en rutinas de nuestra vida. El esfuerzo de ver las cosas de distinta manera, romper la rutina de lo que ya hacíamos casi sin esfuerzo, nos cuesta, nos ponemos reticentes, desconfiamos. Casi preferiríamos ir haciendo algunas acomodaciones y no hacer rupturas que nos parece que no sabemos a donde nos van a llevar.
Fue lo que significó la novedad de la Buena Noticia del Reino de Dios que anunciaba Jesús. Había gente con el corazón abierto porque realmente estaban deseando otra cosa y le seguían entusiasmados, pero había gente que se resistía y todo eran objeciones, dudas, reticencias, desconfianzas. De cualquier cosa nueva que planteara Jesús hacían un problema; todo querían discutírselo; ese estilo nuevo que Jesús quería darle a la vida para vivir el Reino de Dios no les parecía que era lo adecuado.
Preguntaran de manera reticente cual es el mandamiento principal o preguntarán por qué sus discípulos no ayunan como ha sido siempre la costumbre del pueblo, como hacen los discípulos de Juan, o como cumplen a rajatabla el grupo de los fariseos. Pero Jesús viene a decirles que no pueden andar con remiendos; que la Buena Noticia exige una conversión, un cambio profundo del corazón. Y habla de vino nuevo, pero de odres nuevos, porque la fuerza del vino nuevo no la puede aguantar un odre que ya está viejo y medio corroído. Así tiene que ser el nuevo corazón que tiene que haber en nosotros.
Son cosas que se nos siguen planteando en el hoy de nuestra vida. Hemos de saber escuchar en todo momento esa novedad del Evangelio del Reino con todo lo que tiene que significar de cambio, de renovación profunda en nuestro corazón. Pero muchas veces seguimos con nuestras rutinas y no nos abrimos a la novedad del Evangelio; cuando se nos ofrecen nuevos caminos, cuando nos damos cuenta de nuevas exigencias también nos ponemos reticentes y predominan quizá posturas negativas en nuestra vida. Y aparece un conservadurismo en nuestra vida y hasta en la vida y la marcha de nuestra Iglesia; y habrá gente que hace oposición y nos querrán dar mil razones para que las cosas sigan como siempre y no tengamos que hacer el esfuerzo del cambio. Y comenzamos a hacer nuestras interpretaciones particulares muchas veces interesadas para que no tengamos que salir de las rutinas de siempre.
No olvidemos que Jesús nos dice que con el evangelio no valen remiendos, ni podemos encerrar toda su riqueza y toda su fuerza en la debilidad de unos odres viejos.

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