lunes, 1 de agosto de 2016

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos exige actuar nosotros con igual amor y misericordia

Jeremías 28,1-17; Sal 118; Mateo 14,13-21

El amor y la misericordia del Señor que experimentamos en nuestra vida nos invitan a actuar nosotros con igual amor y misericordia con los demás. Sería incongruente y en cierta manera casi imposible que cuando hemos experimentado en nuestra vida lo bueno que es Dios con nosotros, no actuemos nosotros de la misma manera.
Todo el evangelio es una manifestación clara y palpable de la misericordia de Dios. El evangelio es el anuncio de la Buena Nueva de que Dios nos ama. Ahí está su mensaje principal. Aquello que san Juan tan bellamente nos resume, ‘tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo’.
Y es lo que los evangelistas tratan de irnos explicando en la medida en que nos relatan los hechos y las palabras de Jesús. Porque no solo son sus palabras, es la vida misma de Cristo, traspasada del  amor de Dios, la que se nos refleja en sus obras, en su actuar, en cómo se acerca a nosotros que nos vemos reflejados en aquellas multitudes que acudían a El, en aquellos pobres, en los enfermos, en todos los aquejados con tantos males que se acercan a Jesús.
Hoy contemplamos en el evangelio uno de esos momentos de Jesús. Se ha retirado Jesús con sus discípulos más cercanos a un lugar solitario y tranquilo, se ha ido en barca atravesando el lago, pero al desembarcar se encuentra una multitud que le espera. Aparece el corazón misericordioso de Jesús. Sintió lástima de aquella multitud que andaba como oveja sin pastor, y se puso a enseñarles, a curar a los enfermos, pero no se acaba ahí su actuar lleno de misericordia.
Aquella gente ha ido de lejos, están en lugar apartado y en descampado, las pocas provisiones que podían haber llevado se les habrán terminado, hay que darle de comer a aquella multitud. Y Jesús que ha estado mostrando su amor  compasivo y misericordioso quiere actúen ahora sus discípulos. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice. Los discípulos han de actuar con el mismo corazón misericordioso y así han de actuar también con aquella multitud, aunque no saben qué hacer. Están lejos, ellos tampoco tienen provisiones - aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces – pero Jesús les enseña cómo tienen que actuar. Será necesario desprenderse de eso poco que tienen, han de poner mucho amor y con la fe todo se resolverá. Ya hemos escuchado cómo acaba el episodio y toda aquella multitud como hasta hartarse.
‘Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces’ también tratamos nosotros de disculparnos tantas veces cuando nos vemos apremiados por la necesidad o la mayor pobreza de los que nos rodean. ¿No estará sucediendo cada día cuando miramos el bolsillo para buscar esa pequeña moneda que ponemos en la colecta de Cáritas? ¿No será lo que escuchamos en tantos o nosotros quizá hasta llegamos a pensar que no podemos hacer nada por resolver esa pobreza que vemos a nuestro alrededor y han de ser otros los que solucionen los problemas? ¿No será esa la reacción ante el problema de los inmigrantes y de los refugiados que decimos que Europa no puede soportar tanta presión como está recibiendo en tantos que llegan a sus fronteras?
Bien sabemos que no todos piensan así y su actuar es otro porque son capaces de poner sus cinco panes y dos peces a disposición de los demás. Es ese desprendimiento, esa solidaridad desde lo más hondo del corazón lo que irá transformando nuestro mundo. Pero tenemos que dejarnos nosotros transformar, llenar nuestro corazón de misericordia, abrir de verdad nuestro espíritu para aquello que el Señor nos va pidiendo en cada momento. Mucho podemos hacer. Mucho tenemos que hacer. Experimentemos en nuestro corazón ese amor de Dios y nos sentiremos transformados y aprenderemos a actuar también con la misma misericordia para con los demás.

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