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jueves, 23 de febrero de 2012


El Señor quiere que nos llenemos de amor y de vida

Deut. 30, 15-20; Sal. 1; Lc. 9, 22-25
¿Qué quiere el Señor para nosotros? ¿Qué quiere de nosotros? Quiere para nosotros amor y vida. Quiere de nosotros que nos llenemos de amor y de vida. Y pensar en el amor es pensar en algo luminoso. Pensar en la vida es pensar en la luz. Lejos, pues, de nosotros oscuridades y negruras de muerte o que nos llenen de muerte.
Ayer comenzábamos el tiempo de Cuaresma y tenemos la tentación de llenar este tiempo de muchas negruras. Pero yo me atrevo a decir que es un tiempo luminoso, es una senda luminosa y llena de vida que vamos recorriendo en la que día a día nos vayamos llenando de más luz hasta la explosión luminosa de la noche pascual, en esa bellísima y rica liturgia de la luz, en que contemplaremos la luz verdadera, donde querremos ser iluminados para siempre por esa luz verdadera que es Jesús.
Las oscuridades y las negruras de muerte las tenemos en nosotros, en nuestra condición pecadora. Pero si queremos hacer este camino cuaresmal es para arrancarnos de esas tinieblas, para llenarnos de la luz y de la vida. Pero, a pesar de nuestra condición pecadora, no tenemos que cargar los tintes de las negruras y de las sombras sino que en la paleta de colores tenemos que buscar los más luminosos, los que más nos llenen de vida.
Dios quiere llenarnos de bendiciones y de vida. Recibir la bendición de Dios es sentir sobre nosotros esa mirada luminosa del amor, como es siempre la mirada de Dios. Recibir la bendición de Dios es sentir su fuerza y su vida en nosotros para llenarnos de vida  y de la misma manera nosotros llenemos de vida a los demás.
El libro del Deuteronomio nos ponía delante de nosotros la vida y el bien, la muerte y el mal. Lo que quiere el Señor es que tomemos caminos de vida, caminos de amor, caminos que nos llenen de las bendiciones de Dios. Tenemos el peligro muchas veces de errar el camino, confundirnos y escoger caminos que nos pueden parecer buenos. Miremos si están llenos de luz y de vida, que seguro que serán caminos que nos acercan a Dios.
Es a lo que nos invita Jesús en el evangelio. No quiere Jesús la cruz por si misma, ni la muerte por lo que pueda ser la muerte. Lo que quiere es el amor y la vida; quien ama y se da, quien es capaz de entregarse por otro para hacerlo feliz y llenarse de vida, quizá tenga que olvidarse de sí mismo. Pero seguro que cuando uno ve feliz al que está a nuestro lado, no nos importa lo que nos haya podido costar, pero a la larga nos sentiremos nosotros con una dicha y una felicidad mejor.
Se es feliz haciendo feliz a los demás. Por eso nos dirá Jesús que el que solo se mira a si mismo no estará caminando por un camino de vida y de luz. Las palabras de Jesús pudieran asustarnos porque nos puedan parecer duras, pero lo que realmente quiere Jesús es que seamos capaces de vivir la vida en la mayor plenitud, que es la plenitud del amor. Fue su camino que le llevó a lo alto del Gólgota, pero lo que El quería para nosotros era la vida.
Es el camino de nuestra vida cristiana, que todo cristiano ha de vivir en todo momento, pero que ahora en la cuaresma queremos intensificar de manera especial. Es lo que nos decía el Papa en su mensaje para la Cuaresma. La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad’.
Como sigue diciendo el Papa: ‘El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe», de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos», con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras». Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios’.
Así queremos ir realizando este camino. La Palabra de Dios que cada día vamos a ir escuchando nos irá iluminando y haciéndonos descubrir caminos. Que nos ayude la gracia del Señor.

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