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domingo, 26 de marzo de 2023

Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre para poder vivir el verdadero sentido de resurrección y de pascua

 


Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre para poder vivir el verdadero sentido de resurrección y de pascua

Ezequiel 37, 12-14; Sal 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

¿Qué hacemos, cómo reaccionamos si en un momento determinado por algunas circunstancias que consideramos grave mandamos aviso a quien sabemos que nos aprecia y nosotros apreciamos también pero parece no dar respuesta y no acude a nuestra llamada? ¿Seguimos esperando? ¿Seguimos confiando? De diversas maneras podemos reaccionar, ¿disculpando quizás que no haya captado de verdad la señal de alarma de nuestras palabras? ¿Dando por rota esa relación ante la respuesta negativa? ¿Seguir esperando y confiando porque siempre habrá una respuesta o una razón?

Esto puede parecer un caso hipotético pero situaciones en la vida así nos encontramos, ya sea en nuestras relaciones con los demás, o allá en lo más hondo de nosotros mismos en lo que son nuestras esperanzas, es lo que es esa trascendencia con que queremos vivir la vida, lo que es la situación de angustia de un mundo que sufre con guerras, con hambre y miseria, con tanta pobreza, con tantas situaciones que nosotros consideramos injustas y por las que clamamos a Dios en nuestra oración y en nuestra esperanza.

¿Será que Dios no nos escucha? Nos atrevemos a aventurar desde esa misma angustia en la que vivimos muchas veces. ¿O acaso nuestra relación con Dios está solo motivada porque esperamos el milagro que todo nos lo solucione? ¿Llegaremos a vislumbrar algo más sobre el sentido de la vida ante ese aparente, vamos a decirlo así, silencio de Dios?

¿Será de algo de todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio? Jesús no acudió ante el aviso y súplica de aquellas dos hermanas; su llegada a Betania tendríamos que decir que fue tardía porque ya habían pasado incluso cuatro días de que Lázaro había sido enterrado. Pero Jesús está allí. Le había dicho a los discípulos que aquella enfermedad no era mortal, sino para que se manifestara la gloria de Dios y hasta entonces no habían comprendido. Todo parecía tinieblas, oscuridad. Y allí está el dolor y la queja de las hermanas. ‘Si hubieras estado aquí…’

‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. Y la esperanza de aquella mujer habla de la resurrección al final de los tiempos. Pero Jesús quiere decirnos algo más. Porque Jesús habla de resurrección y de vida que ahora tenemos que hacer realidad en nuestra existencia. Es algo más que un cuerpo no muera, o que un cuerpo vuelva a la vida. Jesús nos está hablando de una vida permanente, de una vida para siempre, de una vida que en todo momento hemos de vivir. Y Jesús nos habla de creer en El, porque quien cree en El no muere.

Nos está abriendo Jesús a un nuevo sentido de la fe y de la vida. Nos habla de un nuevo vivir que solo en El podemos encontrar. Nos habla entonces de una nueva forma de vivir que tiene que haber en nosotros. Desde la fe en Jesús lo podemos descubrir. Esa vida nueva que de Jesús recibimos es el milagro que nosotros estamos llamados a hacer dándole un nuevo valor a nuestra existencia, dándole un nuevo sentido a lo hacemos, sintiendo que somos nosotros los que vamos a hacer que haya esa nueva vida en nuestro mundo porque vamos a actuar de una manera nueva.

Nuestra espera no será un cruzarnos de brazos para que todo nos lo den hecho, sino ponernos manos a la obra. Jesús nos está diciendo que quitemos esas lozas de sepulcro, de muerte que vemos por todas partes en esas personas que sufren, en esas situaciones difíciles que vivimos, en ese mal que contemplamos a nuestro alrededor. Tenemos que hacer salir a nuestro mundo de ese sepulcro de muerte en que nos hemos metido. Tenemos que ir desatando vendas que nos han atado y siguen atando de pies y manos a tantos a nuestro lado.

Cuando Lázaro a la voz de Jesús salió del sepulcro aun salio atado de pies y manos con los sudarios y vendas de la muerte y Jesús les mandó que se los quitasen. Es lo que con Jesús tenemos que aprender a hacer. Fijémonos que cuando Jesús resucitó, se encontraron las vendas por el suelo y el sudario doblado en sitio aparte; ya Jesús resucitado no estaba atado con aquellas vendas ni envuelto en aquel sudario. Es lo que tiene que realizarse en nuestra vida desde nuestra fe en Jesús y es lo que tenemos que realizar nosotros con los demás, con nuestro mundo.

Estamos ya a punto de celebrar la Pascua y será lo que tendrá que realizarse en nosotros si vamos a vivir de verdad la Pascua. Es el anuncio de resurrección que entonces haremos a nuestro mundo, pero es la tarea que nosotros tenemos que comenzar a realizar en nuestro mundo. Esa es nuestra verdadera esperanza. Esa es nuestra verdadera tarea. Esa es la manera en que llegaremos a proclamar nuestra fe en Cristo resucitado que a nosotros nos resucita y nos da vida. Comencemos a desatar vendas y ataduras y a despojarnos de sudarios de muerte ya para siempre.


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