viernes, 9 de septiembre de 2016

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

No podemos ser ciegos que quieren guiar a otros ciegos, sino hermanos que caminamos juntos para ayudarnos a no tropezar una y otra vez en la misma piedra

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Sal 83; Lucas 6, 39-42

Cuántas veces a pesar de tener todas las posibilidades de la luz se nos nublan los ojos para no ver lo que realmente sería interesante que nos viéramos. Sí, ya no se trata solamente de esa luz que necesitamos para ver nuestro entorno o ver a las personas que nos rodean – que muchas veces andamos ciegos y tampoco las vemos cómo tendríamos que verlas – sino que se trata de esa luz interior que nos hace ver lo más profundo de nosotros.
Nos cuesta mirarnos, no queremos mirarnos, rehuimos muchas veces tener una visión realista de nuestro interior y nos creamos fantasías. Ya decía un filósofo de la antigüedad que la verdadera sabiduría está en conocerse a uno mismo pero la mirada que nos hacemos a nosotros mismos muchas veces es interesada para no ver la realidad de lo que somos.
Ver la realidad de lo que somos significa, sí, auto estimarnos, valorando también lo bueno que hay en nosotros, tomando en consideración nuestros valores y virtudes, nuestras capacidades que muchas veces son más de las que aprovechamos, pero significa también ser realista para que vuestros defectos, nuestros fallos, esa piedra en la que tropezamos no solo dos veces sino muchas veces, ver eso que hemos de corregir y lo que hemos de mejorar.
Ni queremos hundirnos a causa de nuestros defectos, ni queremos ponernos sobre pedestales porque tengamos unos valores y cualidades, sino mirarnos con sinceridad para ver lo que somos y que eso sirva para seguir construyendo nuestra vida y para ayudar también a la construcción de un mundo mejor.
Si nos miramos a nosotros mismos con sinceridad, seguro que la mirada que tengamos sobre los demás será más clara y luminosa. Muchas veces tenemos la tendencia de tener una mirada negativa de los otros, fijándonos quizá primero que nada en sus defectos o en aquellas cosas que no nos gustan. Viendo la realidad de nuestra vida seguro que nuestra mirada se vuelve más positiva.
Es cierto que para el amigo y el hermano siempre queremos lo mejor y por supuesto no nos gusta verle caer en errores o que se deje arrastrar por sus debilidades. Pero es ahí donde tiene que estar la delicadeza y la humildad de nuestro amor. Si nos acercamos al hermano y queremos corregirlo vamos con la conciencia humilde de que no somos perfectos y también tendremos nuestros fallos y por eso con la delicadeza más exquisita queremos ayudarles a superar sus fallos. Nunca desde la prepotencia de la soberbia y el orgullo, sino siempre desde la humildad de quien se sabe también pecador, pero con la delicadeza del que ama de verdad.
Es lo que viene a enseñarnos hoy Jesús en el evangelio. Es la manera en que en verdad podemos ser luz y llevar luz a los demás. Es la forma en que nos convertiremos en ciegos que guían a otros ciegos, sino en hermanos que queremos caminar juntos y nos damos la mano para no tropezar una y otra vez en los mismos errores.

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