viernes, 26 de agosto de 2016

No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida


No dejemos para después el cultivo de nuestra vida interior para que podamos estar preparados para el encuentro con Dios y con los demás que llegan a nuestra vida

1Corintios 1,17-25; Sal 32; Mateo 25,1-13

Cuántas veces nos ha sucedido. Tenemos una serie de cosas que hacer, pero nos decimos, bueno, mas tarde lo hago, aun tenemos tiempo, eso lo hago yo luego en un momento, pero llegó el momento de tenerlo realizado y no lo habíamos hecho, o nos vimos en apuros para terminarlo corriendo porque el tiempo apremia o porque nos surgieron problemas que no preveíamos y luego no encontrábamos solución para poder tenerlo todo a punto. Nos creíamos capaces de resolver todas las dificultades, porque aquello nos parecía fácil, pero luego no fue tan fácil o nos complicamos con tantas cosas que no lo pudimos tener a tiempo.
Experiencias así habremos tenido quizá muchas y luego nos lamentábamos, y nos prometíamos que eso no nos volvería a suceder, pero tropezamos una y otra vez en la misma piedra y no terminamos de tener la sensatez de hacer las cosas bien y en su tiempo, sin dejarlo para más tarde.
Esto que estoy comentando de las cosas ordinarias de la vida que nos suceden cada día nos puede suceder en los ámbitos de la vida interior, de la vida espiritual y de la vida cristiana. Sabemos que tenemos que superarnos en esto o en aquella otra cosa que tantas veces me hace tropezar, pero nos creemos fuertes y que sabemos como hacerlo y que ya en otro momento lo vamos a hacer. Y no nos cuidamos por dentro, y no cultivamos nuestra vida interior, y hay una serie de valores a los que quizá damos poca importancia, pero que luego su falta va hacer que nos demos cuenta de la debilidad de nuestra vida interior.
Sabemos las cosas, sabemos lo que tenemos que hacer y hasta quizá nos atrevemos a querer enseñárselo a los demás en nuestra tarea educadora como padres o en otra cualquier función que desempeñemos en nuestra sociedad y en la que podríamos influir pero luego para el crecimiento de nuestra vida interior no hacemos nada o al menos todo lo que tendríamos que hacer.
De eso y de muchas cosas más nos está hablando Jesús hoy con la parábola que nos propone en el evangelio. Las jóvenes amigas de la novia que tenían que salir al encuentro del novio que venía para la boda y que tenían que esperar con lámparas encendidas, tanto para iluminar el camino como luego también la sala del banquete. Pero la mitad de ellas no fueron previsoras, no llevaron aceite de reserva porque pensaban que con el que tenían en la lámpara sería suficiente, pero las cosas se complicaron con la tardanza de la llegada del novio. Se les apagaron las lámparas, no les valía el aceite de sus compañeras sino que tenían que afanarse el propio y cuando llegaron la puerta estaba cerrada. Se quedaron fuera, como tantas veces nos sucede a nosotros en tantas cosas.
Que no se nos apaguen las lámparas; que tengamos la suficiente previsión; que cultivemos en verdad nuestra vida interior para que tengamos esa fuerza que necesitamos en la camino de cada día; que haya esa verdadera sensatez en nuestra vida.

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