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viernes, 2 de marzo de 2018

Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión, siempre los frutos del amor



Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, los frutos de nuestra conversión,  siempre los frutos del amor

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43

Asumir la propia historia algunas veces nos puede resultar difícil o doloroso según desde la perspectiva que la miremos. Toda vida tiene sus luces y sus sombras, sus aciertos y sus errores; quizá con el paso del tiempo y mirándola desde el ahora no hubiéramos querido que fuera así, pero cuando fuimos viviendo cada uno de sus momentos había sus circunstancias, teníamos nuestras luces o nuestras confusiones, habían cosas que nos impulsaban a hacer algo que luego nos dimos cuenta que fueron un error, o también conscientemente hicimos lo que hicimos por los motivos que entonces tuviéramos.
Podemos sentirnos apesadumbrados y quizás arrepentidos cuando nos damos cuenta del mal que hicimos o los errores que cometimos y nos pueda entrar una cierta tristeza o amargura por no haber sabido hacerlo mejor; pero  hay otra perspectiva desde la que tendríamos que mirarla, sobre todo si  nos sentimos creyentes y somos capaces de aceptar que Dios va interviniendo y haciéndose presente en nuestra vida aunque algunas veces tengamos tan cerrados los ojos del alma que no lo percibimos.
Tras la historia de toda vida yo creo que hay una historia de amor, la historia del amor que Dios siempre nos ha tenido y que mantenido en nosotros a pesar de nuestros errores y hasta de nuestras pecados e infidelidades. Eso nos tiene que hacer sentir de alguna manera la paz en el alma y llenarnos de esperanza, porque si ahora sabemos descubrir esa acción amorosa de Dios en nosotros sabemos que podemos cambiar, que podemos en verdad mejorar nuestra vida. Es la fe que tenemos que poner para llenarnos del amor de Dios y tratar de responder nosotros con amor.
Ahí está esa continua llamada de amor de Dios, aunque no siempre sabemos reaccionar. De muchas maneras llega esa voz de Dios a nosotros. Ojos atentos y oídos abiertos hemos de tener para ver y escuchar las señales que Dios va poniendo a nuestro paso en el camino de la vida.
La parábola que hoy escuchamos en el evangelio fue esa llamada de atención que Jesús hacia a los judíos de su tiempo recordándoles su historia, pero queriendo hacerles comprender que siempre había estado presente esa solicitud de Dios por su pueblo al que enviaba continuamente profetas que les llamaban a convertir su corazón a Dios. Ahora los judíos, los sumos sacerdotes y los principales del pueblo que le están escuchando una vez más se hacen los oídos sordos para no escuchar, para no comprender aunque sabían bien que Jesús hablaba por ellos.
Cuando nosotros hoy en este camino de cuaresma, que es un camino continuo de llamamiento a la conversión de nuestro corazón hemos de saber estar atentos a esa llamada del Señor. No nos podemos hacer odios sordos. Descubramos las señales que Dios pone a nuestro lado. Cada uno tiene que abrir los ojos y estar bien atento. Porque las señales que Dios nos pone están muy personalizadas para nuestra vida concreta. Es nuestra historia, que como decíamos nos cuesta asumir, pero miremos con la perspectiva del amor de Dios y descubramos su amor, su llamada, su presencia. Esa viña de nuestra vida que Dios tanto ha cuidado tiene que comenzar a dar frutos, primero que nada los frutos de nuestra conversión, y siempre los frutos del amor.



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