domingo, 26 de junio de 2016

Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva

Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva

1Reyes 19, 16b. 19-21; Sal 15; Gálatas 4, 31b - 5, 1. 13-18; Lucas 9, 51-62
El evangelio no lo podemos escuchar simplemente como una historia bonita que nos agrada por su riqueza literaria o por los hechos que nos cuenta de la vida de Jesús pero mirándolos en la distancia casi como algo ajeno a nosotros a nuestra vida. El evangelio es confrontación con nuestra vida, porque nos hace reflexionar, nos hace mirarnos a nosotros mismos, revisar nuestras actitudes y comportamientos y preguntarnos hasta donde llega nuestro seguimiento de Jesús.
No podemos olvidar que evangelio es buena noticia, y el evangelio es la buena noticia de Jesús, una buena noticia que llega a nuestra vida con anuncios salvadores, es cierto, pero con mensajes que enriquecen nuestra vida y nos plantean ese seguimiento de Jesús si en verdad no solo nos llamamos sino en verdad queremos ser cristianos, discípulos de Jesús. El evangelio además nos ayuda a ese ir a los demás que tenemos que vivir como discípulos de Jesús, aunque quizá muchas veces en ese ir a los demás con nuestro mensaje encontremos dificultades o nos encontremos en ocasiones un mundo muy adverso. Nos enseña cuales son esas verdaderas actitudes que hemos de tener y nos ayuda a encontrar la manera de hacer ese anuncio.
No es fácil hoy el anuncio del evangelio; y no me refiero a la dificultad de ir a lugares lejanos, sino a ese anuncio con nuestra vida y también con nuestras palabras que hemos de hacer en el día a día de nuestra vida y ahí de manera concreta donde estamos haciendo nuestra vida. Las noticias nos hablan de mucha gente que de una forma o de otra se manifiesta en contra del hecho religioso y constatamos cómo de alguna manera se quiere borrar todo lo que huela a religioso, todo lo que suene a Iglesia o todo aquello que desde el nombre cristiano queríamos hacer. Algunas veces andamos un tanto asustados por eso que oímos o que constatamos.
Pero yo diría que no es solo en ese nivel sino que si miramos nuestro entorno nos encontramos un mundo de indiferencia ante lo religioso cuando no de manipulación en otros casos. Como decíamos, no es fácil el anuncio que hemos de hacer del evangelio. ¿Nos sucederá a nosotros como a los hermanos Zebedeos que cuando no fueron acogidos en aquella aldea de Samaria, por el hecho de ir a Jerusalén, sintieron deseos de hacer bajar fuego del cielo contra todos aquellos que consideraban infieles? Bien sabemos que en la historia muchas veces quizá los cristianos hemos actuado así a la manera de los Zebedeos.
En la actitud paciente de Jesús estamos encontrando un mensaje y una lección. Quizá al final si no nos reciben en un sitio hayamos de marchar a otro sitio para hacer ese mismo anuncio, pero nunca la violencia ni la imposición tiene que acompañar de ninguna manera el anuncio del evangelio. ‘Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?’, se preguntaban los discípulos, pero ya vemos la respuesta de Jesús. ‘El se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.’
Y es que tanto el anuncio del evangelio como el seguimiento de Jesús hemos de hacerlo desde la libertad total. Nada nos debe condicionar. Pero hemos de ser conscientes también de lo que entraña seguir a Jesús. Cuando uno se ofrece a seguirle a donde sea Jesús le recuerda que ‘las zorras tienen madriguera y los pájaros, nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. No queremos seguir a Jesús desde unos intereses humanos o buscando, por así decirlo, unas ganancias terrenas. Nos es necesario disponibilidad, generosidad de corazón, decisión firme, ponernos en camino para saber ir a la par de los pasos de Jesús. ‘No es el discípulo mayor que se maestro’, nos recordará Jesús en otra ocasión.
El evangelio nos dice que Jesús iba camino de Jerusalén. Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén’. Ponernos en camino, decimos, y no necesitamos demasiados pertrechos, porque como decíamos, no son seguridades humanas las que buscamos. Nuestra confianza está en el Señor, nuestra fuerza será la fuerza de su Espíritu que nos acompañará siempre. Ni miramos atrás con añoranzas ni nos entretenemos en cosas de muerte. Es un mensaje de vida para vivir la vida, pero no una vida cualquiera porque estaremos llenos de la vida de Jesús. Todo lo que sea muerte o nos conduzca por caminos de muerte hemos de arrancarlo de nuestra vida.
Muerte son nuestros apegos, nuestra mentalidad tan materialista y tan interesada, las violencias que nos dominan en tantas ocasiones o la forma con que quizá avasallamos a los demás queriendo imponer nuestras ideas o nuestras maneras de ver las cosas, las pasiones que nos hacen perder el control, todo lo que merme nuestra libertad, lo que nos llene de sombras y haga turbia nuestra mirada y ennegrezca nuestro corazón en los malos deseos o las malas querencias hacia los demás.
‘Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios’, le dice a uno. ‘El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios’, le responde al otro.
Y nosotros, ¿cómo andamos? ¿Estaremos poniendo también condiciones o buscando disculpas cuando se trata de hacer el anuncio del Reino? Cuando confrontamos nuestra vida con el evangelio ¿qué actitudes, qué posturas, qué maneras de hacer las cosas tendríamos que corregir? Dejémonos impregnar por la novedad del evangelio que nos lleva a un sentido y estilo de vida nueva.

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