lunes, 27 de junio de 2016

Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme

Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

‘Maestro, te seguiré donde quiera que vayas’, escuchamos hoy de nuevo decir al escriba que quería ir con Jesús. Ayer domingo leíamos este texto en el evangelio de san Lucas, hoy en la lectura continuada lo hacemos con san Mateo.
Parece una buena disponibilidad. Y nos recuerda a Pedro cuando en la cena le promete a Jesús que está dispuesto a ir con él incluso a la muerte si fuera necesario. Entonces le dirá Jesús a Pedro que no valen solo las buenas promesas, que habrá que prepararse interiormente para en verdad estar fuerte, pues ya le anuncia Jesús que incluso le va a negar esa noche antes de que el gallo cante.
Ahora a aquel que se ofrece a seguirle a ser su discípulo le recordará el desprendimiento que tiene que haber en su vida para vivir una vida de pobreza. ‘Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nido, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. La vida de Jesús es itinerante, ha dejado Nazaret y ahora andará de un lugar para otro anunciando el Reino de Dios. Es el anonadamiento del que siendo de condición divina se hizo hombre y pasó por uno de tantos; es el que nació pobre en Belén no teniendo por cuna sino el pesebre de un establo de animales; es el que desprendido de todo le despojarán de sus vestiduras para morir desnudo en una cruz.
Si a éste que ahora se ofrece a seguirle le habla de este desprendimiento y de esta pobreza, recordamos que cuando envíe de dos en dos a sus discípulos a predicar los enviará pobres y desprendidos también; no han de llevar ni siquiera túnica de repuesto, solamente un bastón para el camino, pero ni dinero en la alforja. El discípulo ha de estar siempre en camino y el caminante no necesita llevar alforjas pesadas que sean pesos muertos que le impidan la libertad de movimiento.
Cuantos apegos nos quedan en el corazón; en cuantas cosas queremos apoyarnos para caminar en la vida olvidando quien ha de ser nuestro único y principal apoyo; cuantas cosas que nos hacen volver la vista atrás añorando otros tiempos u otras cosas y no sabiendo aceptar el momento y las condiciones que ahora tenemos y que es donde tenemos que estar; cuantas veces nos volvemos a lo que nos lleva a la muerte, porque despertamos de nuevo malos sentimientos en nuestro corazón reavivando cosas que nos hacen daño.
Finalmente podríamos recordar que en las condiciones que le pone al verdadero discípulos está el olvidarse de si mismo, el negarse a si mismo y cargar con la cruz de cada día. Será siempre el camino del amor porque el amor es darse, el amor es olvidarse de si mismo para darse a los demás sin ninguna reserva ni condición, el amor es vivir cada día con intensidad siempre capaz de poner en ello todo lo mejor que llevamos en el corazón, y por amor somos capaces de aceptar aquellas cosas que quizá puedan ser duras o difíciles pero con las que somos capaces de hacer una ofrenda de amor.
Te seguiré, Señor, a donde quiera que vayas, a donde quieras llevarme, en lo que quieras pedirme; todo mi corazón para ti.

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