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lunes, 13 de febrero de 2012


Que el colmo de vuestra dicha sea pasar por toda clase de pruebas

Sant. 1, 1-11; Sal. 118; Mc. 8, 11-13
A todos nos gustaría vivir la vida como en un camino de rosas. Todo fácil, todo placentero, sin dificultades, siempre llenos de dicha y de felicidad. Pero las rosas tienen espinas y los caminos de la vida no están exentos de dificultades y problemas. Pero aún así creo que tendríamos que aprender a disfrutar del perfume de las cosas buenas de la vida como disfrutamos del perfume de la rosa, a pesar de que debajo de las hojas, en su tallo hay espinas. Pero quizá las espinas nos harán tomar con cuidado la rosa, que es tan delicada que si la tomáramos de cualquier manera estropearíamos su belleza. Esa delicadeza de la flor y de su perfume nos ayuda a preservarla el cuidado con que hemos de tomarla para no dañarnos con las espinas.
Hoy hemos comenzado a leer en la primera lectura la carta de Santiago, que leeremos en parte en los días que nos quedan del tiempo ordinario. Y precisamente comienza hablándonos de las pruebas que nos darán aguante y fortaleza a nuestra fe. ‘Que el colmo de vuestra dicha sea pasar por toda clase de pruebas. Sabed que al ponerse a prueba vuestra fe, os dará aguante. Y si el aguante llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna’.
Nos podría parecer no muy comprensible el que nos habla de que el colmo de la dicha sea pasar por toda clase de pruebas. Las pruebas no nos gustan. Si podemos quitarnos ese peso de encima ya intentaríamos evitarlo. Nos gustaría el camino de rosas, como decíamos al principio. Pero nos dice que en la prueba se aquilata y fortalece nuestra fe. Y que el pasar por la prueba nos llevará la perfección y la integridad.
Si nos detenemos un poquito a reflexionar nos daremos cuenta. Cuando se nos pone a prueba sacamos a flote lo mejor de nosotros mismos. Y en la prueba es donde se va a manifestar nuestra fortaleza y nuestra madurez. Al encontrar dificultad para nuestra fidelidad o para hacer el bien, tratamos de superarnos, de mejorar lo mejor que llevamos dentro de nosotros y sacaremos toda nuestra fortaleza y todos nuestros valores.
Las pruebas pueden ser diversas como diversa es la vida misma. Nos vienen de dentro de nosotros mismos cuando tratamos de superarnos, de corregirnos, de no dejarnos arrastrar simplemente por la pasión. Nos vienen desde el exterior en los contratiempos que nos va ofreciendo la vida, o en los contratiempos que puedan surgir en la convivencia con los demás. Nos puede venir desde la enfermedad, el fracaso o muchas cosas adversas que nos afectan.
Pero el hombre que quiere ser maduro no se deja llevar simplemente, no se acobarda ni se echa para detrás, sino que luchará, se esforzará, querrá crecer en su vida y así es prueba que va encontrando en la vida le hará ver lo que verdaderamente es importante, donde merece la pena en verdad poner todo su esfuerzo. Así al final irá perfeccionando su vida.
No temamos la prueba; no es que nos las busquemos, porque ellas irán apareciendo, pero sepamos aprovechar la ocasión para descubrir el verdadero valor de nuestra vida, el verdadero perfume y entonces la delicadeza y cuidado con que tenemos que enfrentarnos a todo lo que nos va ofreciendo la vida.
En el camino de la fe y de la vida cristiana nos vamos encontrando muchas pruebas pero que con la gracia y la ayuda del Señor podremos superarlas y nos llevarán siempre a un camino de mayor perfección, de mayor fidelidad, de mayor entrega. Siempre sentiremos la fuerza del Señor. ‘Si el aguante llega hasta el final seréis perfectos e íntegros, sin falta alguna’, que nos decía el apóstol Santiago. Brillará la belleza de la santidad, daremos el buen perfume de la santidad que es el buen olor de Cristo. 

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