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martes, 14 de febrero de 2012


Misioneros de Cristo el Señor y sembradores de la semilla del evangelio

2Cor. 4, 1-2.5-7; Sal. 95; Mc. 41-9
Misioneros que anunciamos que Cristo es el Señor y sembradores de la semilla de la Palabra de Dios. Es el mensaje que recibimos y al mismo tiempo anunciamos desde la Palabra de Dios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los Santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa a quienes hoy celebramos.
Decir que Jesús es el Señor es el centro y meollo de nuestra fe. Cuando así lo proclamamos estamos manifestando que no hay otro nombre en el que podamos encontrar la salvación. Le pondrás por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados, le dijo el ángel a José. Y recordamos cómo los apóstoles y los primeros discípulos hacían este anuncio continuamente. Jesús es el Señor, y en su nombre alcanzamos la salvación y el perdón de los pecados.
Como nos dice el apóstol Pablo en la carta a los corintios ‘porque nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, predicamos que Cristo es el Señor, y nosotros siervos vuestros por Jesús’. Nos recuerda lo que san Pablo nos dice en otra carta cuando habla de que predica a Cristo y a Cristo crucificado.
Y es la semilla que tenemos que ir sembrando, la semilla de la fe, la semilla de la Palabra de Dios que nos hace conocer a Jesús, la semilla de la gracia que nos llena de la vida de Dios. El evangelio nos ha hablado de la parábola del sembrador. Y con hondo sentido nos la propone la liturgia en esta fiesta de los santos que evangelizaron grandes regiones de Europa y cuyo ejemplo y testimonio nos impulsa a que nosotros seamos sembradores también de la semilla del evangelio.
Cuando escuchamos la parábola del sembrador siempre recogemos el mensaje por la parte de la tierra que está o no está preparada para recibir la semilla y entonces dará o no dará fruto. Nos miramos a nosotros mismos y tratamos de ver si somos esa tierra buena y fértil o qué abrojos, malas hierbas o pedruscos hay en nosotros que arrancar, que limpiar.
Pero también podemos detenernos a reflexionar en el sentido de que a nosotros también nos envía el Señor como sembradores de esa semilla. Envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra para anunciar el evangelio. Y nosotros, testigos de Jesús, recogemos ese testigo de que hemos de ser esos sembradores de la semilla. A nosotros el Señor también nos envía.
Y eso es tarea de todo cristiano. Dentro de la Iglesia el Señor ha querido escoger y llamar con una vocación especial a quienes elige para ser sus pastores o los que se consagran al Señor radicalmente en la vida religiosa. Pero es misión de todo cristiano el ser testigo, el ser anunciador con su vida y con su palabra del Evangelio. La fuerza del Espíritu nos consagra a todos en el sacramento de la confirmación para hacernos esos testigos de Cristo resucitado. Todos recibimos esa misión del Señor.
Como nos dice san Pablo en el final del texto de hoy ‘este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros’. Nos sentimos pequeños y débiles, pero si el Señor nos confía la tarea de ser anunciadores del evangelio, aunque seamos frágiles como vasijas de barro, con nosotros está la fuerza y la gracia del Señor.
Que la fuerza del Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca.

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