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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Somos dichosos en nuestras luchas porque el Señor es nuestra fuerza y nuestro descanso


Is. 40, 25-31;

Sal. 102;

Mt. 11, 28-30

La vida del hombre creyente tendría que ser la vida de un hombre feliz y lleno de dicha. El cristiano es el que se siente amado de Dios con un amor intenso y pleno por lo que tiene que estar dándole gracias a Dios continuamente por tanto amor como el Señor le manifiesta, como tantas veces hemos expresado. Cómo no va a sentir esa dicha y felicidad en su corazón, pues, cuando se sabe tan amado de Dios que nos ha enviado a su Hijo único para conducirnos precisamente a esa dicha, arrancándonos de la muerte y del pecado.

Es lo que vivimos cada día y que ahora con gran intensidad queremos vivir en la celebración de la navidad que se acerca. Para eso nos preparamos en el camino del Adviento y vamos dejándonos guiar por la luz de la Palabra del Señor que cada día escuchamos.

En esa respuesta que damos al amor del Señor el cristiano siempre está en actitud de superación y crecimiento en su vida espiritual, en su santidad, en el testimonio que ha de dar de su fe y del amor del Señor. Esa actitud de superación es algo importante porque no nos podemos dejar dormir. Si aflojamos la intensidad de nuestra lucha y de nuestros deseos de superación fácilmente el tentador nos puede arrastrar de nuevo por la pendiente del pecado. De ahí esa tensión espiritual en que hemos de vivir.

Sin embargo hemos de reconocer que somos débiles y muchas veces podemos acusar el cansancio de nuestra lucha. Los problemas que nos rodean nos llenan de agobios y puede ser que algunas veces nos pueda aparecer la tentación del preguntarnos por qué tanta lucha o si merece la pena todo eso que hacemos cuando quizá nos comparamos con los que nos rodean.

El Señor que nos conoce bien nos da respuesta a esos interrogantes o cansancios que nos puedan aparecer en la vida. Es lo que nos decía por una parte el profeta y luego también la invitación que Jesús nos hacía a ir hasta El.

Nos decía el profeta: ‘El Señor da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido – del que se siente débil e incapaz -; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, les nacen alas como de águila, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse…’ Es hermoso el mensaje y nos llena de ánimos y de esperanza. Es una invitación a poner toda nuestra confianza en el Señor porque El es nuestra fuerza.

Como expresábamos en el salmo, aunque caigamos en nuestra debilidad, el Señor está siempre buscándonos para levantarnos y para darnos vida. ‘El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades – todas tus debilidades -; El rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura…’ Cómo nos vamos a bendecir al Señor cuando vemos así su ternura y su amor que nos llena de vida y de fortaleza.

Y está, como decíamos, la invitación que Jesús nos hace en el Evangelio. ‘Venid a mí todos los que estáis cansado y agobiados, y yo os aliviaré… y encontraréis vuestro descanso’, nos dice el Señor. Vayamos, pues, con confianza hasta Jesús; aprendamos de El, de su humildad, de su bondad, de su mansedumbre, de su amor. El es nuestra fuerza, nuestra vida. En El, como decíamos al principio, nos sentiremos dichosos y felices, aunque en nuestras luchas, porque nos sentimos amados, porque sentimos su presencia en nuestro corazón que no nos falta nunca con su gracia.

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