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martes, 9 de agosto de 2011

Queremos que su luz ni se merme ni se apague nunca


Os. 2, 16-17.21-22;

Sal. 44;

Mt. 25, 1-13

¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Cuando eschamos la parábola nos puede parecer absurdo lo que le sucedió a aquellas doncellas que habían de tener encendida la lámpara para cuando llegara el novio a la boda. Esa era su tarea. Su misión. Para eso las habían enviado al camino con aquellas lámparas que iluminasen la llegada del esposo. Pero se durmieron. No fueron previsoras. Cuando necesitaron la luz no tenían aceite suficiente para alimentar las lámparas.

Cuando Jesús nos propone una parábola no pretende solamente contarnos un episodio de un cuento muy bonito que nos agrade y nos entretenga. Jesús no es un simple narrador de cuentos. Con las parábolas El nos hablaba del Reino. La función de la parábola es enseñarnos y hacernos pensar. Hacer que intentemos vernos reflejados de alguna manera en los personajes de la parábola.

Por eso las preguntas que nos hacíamos al principio. ¿Seremos capaces nosotros de mantener encendidas las lámparas? ¿Cómo podremos hacer para mantenerlas encendidas? Claro que tenemos que pensar de qué luz se trata, cuales son esas lámparas que tenemos en nuestras manos y cuál es el combustible, el aceite que las haga mantener encendidas.

Ya lo decíamos, Jesús con las parábolas nos hablaba del Reino. ‘Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo’. Costumbres de la época que le valen a Jesús para darnos un mensaje de cómo hemos de vivir el Reino de los cielos, el Reino de Dios.

Continuamente nos está hablando Jesús del Reino de Dios. Nos pedía desde el principio creer y convertirnos porque el Reino de Dios estaba cerca. Ha venido Jesús a instaurarlo, a inaugurarlo en nuestra vida. Cuando le hemos dado nuestro sí a Jesús, el sí de nuestra fe, hemos entrado en el Reino; cuando nos hemos unido a El por el Bautismo, hemos recibido el don del Reino de Dios plantándolo en nuestro corazón.

El Reino de Dios es vida. Reconocemos a Dios como nuestro Rey y Señor y El nos da el don de su vida por la fuerza del Espíritu y en virtud de la salvación, de la redención de Cristo. Y comenzamos, entonces, a vivir una vida nueva. Como una luz que hemos plantado en nuestro corazón y ya las cosas las vemos y las vivimos de manera nueva. Digo las cosas, lo que es nuestra vida, nuestro ser, lo que hacemos o lo que deseamos. Todo es distinto porque ya Dios ocupa el centro de nuestra existencia.

No nos importan luchas o trabajos, no tememos tentaciones o peligros, porque tenemos a Dios en el centro de nuestra vida. Ya hay un nuevo sentido, un nuevo existir, porque ya para siempre vivimos desde el amor. Y queremos que eso sea para siempre. Queremos que esa luz no merme ni se apague.

Decíamos que no nos importan luchas ni trabajos y no tememos tentaciones ni peligros, pero sabemos que ahí están. Que habrá cosas que nos distraigan, nos quieran alejar del rumbo que hemos querido darle a la vida, que nos adormecen para hacernos olvidar lo que es importante, que nos quieren arrastrar por otros caminos que no son precisamente los de la vida y del amor, sino los del mal y del pecado. Y todas esas cosas ponen en peligro la luz.

Tenemos que saber buscar donde alimentar esa luz; tenemos que tratar de que esa luz no se apague. Tenemos que saber buscar esa gracia de Dios que nos alimenta, que nos fortalece, que nos previene contra el mal y el pecado. Y esa gracia la encontramos en Dios, es un regalo de Dios que hemos de saber valorar y aprovechar.

Canales de gracia los tenemos en los sacramentos; canales abundantes de gracia encontramos en nuestra oración, en nuestra unión con el Señor; canales de gracia y de vida los tenemos en la Palabra que el Señor nos dice cada día, y que tenemos que saber escuchar, plantar en nuestro corazón. Si nos fallan esos canales, si rompemos esa conexión con la gracia del Señor porque abandonamos nuestra oración, porque no vivimos los sacramentos con toda hondura, porque no escuchamos su Palabra, esa luz se nos extinguirá. Sabemos donde podemos alimentarla, acudamos confiados al Señor. No nos durmamos para que podamos mantener encendida esa vida en nosotros.

Que un día podamos entrar en el banquete eterno de las Bodas del Reino de los cielos. Que el Señor nos reconozca porque hemos sabido tenerle como centro de nuestra vida y a pesar de nuestras debilidades siempre hemos sabido acudir a El; muchas veces quizá para pedirle perdón por nuestras infidelidades, nuestros olvidos y abandonos; muchas veces invocándole para obtener su gracia; siempre queriendo cantar sus alabanzar, queriendo cantar desde lo más hondo de nosotros la gloria del Señor.

Tenemos hoy el testimonio de quien un día encontró esa luz, porque la buscaba y porque el Señor la llamó y la iluminó, y ya nunca se apagó esa luz y esa vida en su corazón siendo capaz incluso de dar su vida a causa de su fe, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir.

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