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jueves, 10 de febrero de 2011

Evangelio y salvación para todos que hemos de recibir con fe humilde


Gén. 2, 18-25;

Sal. 127;

Mc. 7, 24-30

La historia de la salvación y la revelación de Dios al hombre se fue realizando en la historia de un pueblo concreto, el pueblo elegido del Señor al que le iba confiando sus promesas de salvación y de Alianza eterna de amor. En el seno de ese pueblo elegido, en la plenitud de los tiempos Dios quiere hacerse hombre, se encarna en las entrañas de María y nace en medio de ese pueblo, Dios y hombre verdadero para ser nuestro Salvador y Redentor. Es todo el misterio de Dios que contemplamos en Jesús y que vamos conociendo más y más a través del Evangelio.

Aunque habiéndose hecho hombre en un pueblo concreto y realizándose así todo el misterio de la Redención lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Así se nos va manifestando en las páginas del Evangelio en la vida y en el actuar de Jesús. Enviado por el Padre en un pueblo concreto, luego El enviará a los discípulos por todo el mundo para que el Evangelio sea anunciado a toda la creación y todo el que crea en El pueda salvarse.

En diversos momentos del evangelio, decimos, aparecen esos signos de apertura universal de la salvación que es para todos. Igual curará al siervo del centurión, alabando incluso su fe porque en Israel no ha encontrado en nadie una fe igual, como curará al endemoniado en la región de los gerasenos que supera los límites de Israel. Es lo que hoy también contemplamos.

‘Jesús fue a la región de Tiro’, una región fenicia fuera ya de las fronteras de Palestina. ‘Trata de pasar desapercibido, pero no lo consiguió’. Allí aparece una madre que tiene una hija enferma, ‘poseída por un espíritu impuro’, dice el evangelio. Y ahí vienen las súplicas de esa madre. Súplicas llenas de fe y de humildad; súplicas insistentes y llenas de confianza total. Podrá parecer un rechazo por parte de Jesús con palabras que nos pudieran parecer hirientes, pero que era el lenguaje habitual de los judíos para referirse a los gentiles. Y allí persiste la insistencia de la madre. ‘También los perros debajo de la mesa comen las migajas que tiran los niños’. Y se produce el milagro. ‘Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija’.

El evangelio, la actitud confiada, llena de fe de aquella mujer nos da pautas y nos enseña muchas cosas. ¿Cómo tenemos que acudir a Jesús? ¿Cómo ha de ser nuestro seguimiento para ser sus verdaderos discípulos? Aprendamos de aquella mujer cananea. Acudió llena de fe. Tenía la seguridad de que Jesús tenía el poder para liberar del mal a su hija, poder para curarla. Se sentía pobre y humilde delante de Jesús, por eso desde su pobreza suplica una y otra vez.

Es necesario creer en Jesús. Con una fe firme. Con una fe llena de confianza. Con la seguridad de que Jesús en verdad es nuestro salvador. Con humildad reconociendo nuestra indigencia; en nosotros no vamos a tener la salvación, porque la salvación nos viene de Jesús; no hay otro nombre en quien podamos salvanos. Con humildad, porque los corazones engreidos los detesta el Señor; un corazón que está lleno de sí mismo tiene los ojos enturbiados para poder descubrir a Dios, para poder conocer a Jesús; por eso humildemente tenemos que vaciarnos de nosotros mismos, de nuestras autosuficiencias y de nuestro amor propio. Y finalmente tenemos que ser perseverantes; aunque nos cueste ver la luz sabemos, tenemos la certeza de que la luz está en Jesús y nos iluminará con su salvación.

Y otro breve comentario. No nos creamos que la salvación es solo para nosotros, que no identifiquemos el evangelio solo con nuestra cultura o nuestro mundo. De esto podríamos sacar muchas consecuencias. Que la salvación de Jesús es para todos los hombres; a todos hemos de hacer el anuncio del evangelio.

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