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miércoles, 21 de octubre de 2009

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Rom. 6, 12-18
Sal. 123
Lc. 12, 39-48


‘Estad en vela, preparados porque a la hora que menos pensáis, viene el Hijo del Hombre’. El que no espera nada ni a nadie, no tiene nada que preparar. El que tiene esperanza se prepara debidamente para aquello que espera, que es su esperanza. ¿Tendremos nosotros esperanza? ¿Qué esperamos? ¿Esperamos algo o a alguien?
En el tiempo litúrgico que se prolonga ahora hasta el Adviento, e incluso, iniciado el mismo Adviento será algo que se nos irá repitiendo. ¿Qué esperamos? La segunda venida del Señor, como El nos lo anunció en el evangelio y como es parte fundamental de nuestra fe. Vendrá el Señor al final de los tiempos. ¿Cuándo será ese final? ‘¿Cuándo sucederá todo eso?’ le preguntaban los discípulos cuando Jesús les habla de esos momentos finales. Pero Jesús no nos dio respuesta. Sólo nos invita a estar vigilantes.
Viene el Señor cuando nos llegue la hora de nuestra muerte, porque también así hemos de verla. Una llamada del Señor, una venida del Señor a nosotros para llevarnos con El. Y viene el Señor a cada momento, en cada instante de nuestra vida hemos de saber descubrir esas venidas, esas llamadas que el Señor nos va haciendo.
Como decíamos es parte de nuestra fe. Así lo confesamos en el Credo. Creemos en la vida eterna, creemos en la resurrección de los muertos, creemos y esperamos esa venida del Señor Jesús, que murió, resucitó y ‘está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso; y de allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’.
Jesús nos lo había anunciado. ‘Veréis venir al Hijo del Hombre con gran majestad y gloria entre las nubes del cielo’. Pero son otros los momentos en que nos habla de esa venida, como lo ha hecho hoy mismo para decirnos que estemos preparados. ‘A la hora que menos esperéis viene el Hijo del Hombre’.
Y en la liturgia lo proclamamos y celebramos en distintos momentos, por ejemplo, de la celebración de la Eucaristía. ‘¡Ven, Señor Jesús!’, aclamamos como una profesión de fe también tras la consagración. Pero será también en el embolismo del Padrenuestro, esa oración que lo prolonga, donde decimos ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, y queremos que nos libre de todo mal y tentación, que nos libre de toda perturbación.
Sin embargo, aunque esto lo vamos repitiendo cada día, muchas veces parece que viviéramos sin esperanza del mundo futuro, como si todo se redujera al momento presente y fuera la único importante. Y entonces no nos preparamos, ni estamos vigilantes para evitar aquello que nos pueda distraer o apartar de ese encuentro con el Señor en su segunda venida; estamos con las lámparas apagadas como las vírgenes necias de la parábola, porque dejamos agotar nuestro aceite; no tenemos conciencia de la trascendencia que tiene los actos de nuestra vida.
A esto nos está invitando el evangelio de hoy. A mantener viva nuestra esperanza, a vivir con esperanza, a tomarnos en serio y con gran responsabilidad nuestra vida. Una vida que decimos es nuestra pero de la que sólo somos administradores de todos esos dones que Dios nos entregó empezando por la vida misma, con todos sus valores, sus cualidades, con tanto con lo que el Señor nos ha enriquecido.
Y este no caer en la cuenta que somos administradores de la vida que Dios nos dio tiene muchas consecuencias, porque a veces nos creemos dueños absolutos que podemos hacer con ella lo que queramos, ya sea nuestra vida o la de los demás, ya sea un anciano o un enfermo terminal o en una criatura en gestación en el seno de su madre, al que pretendemos eliminar desde nuestra sinrazón.
Estemos, pues, vigilantes y preparados, que viene el Señor y al que hemos de recibir con las lámparas encendidas de nuestra fe y nuestro amor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

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