Pongamos
un hermoso filtro a nuestros ojos para verlo todo de manera distinta y no se
nos atrofie nuestro espíritu sino que crezcamos desde lo más hondo
2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6,
19-23
¿Cuál es la luz que de verdad ilumina
tu vida? No vamos a responder de forma teórica pensando ya de antemano a lo que
nos quiere llevar el mensaje del evangelio de hoy. Vamos a responder desde lo
que es la cruda realidad de nuestra vida, a hacerlo con sinceridad. Es como
preguntarse seriamente, en lo que es la práctica de nuestra vida ordinaria de
cada día, lo que realmente es importante para mi, por lo que sería capaz de
darlo todo, seriamente, los intereses que tengo en la vida.
Ya terminaba Jesús el texto que hoy se
nos ha propuesto diciéndonos unas palabras que van mucho más allá de lo que
literalmente nos dicen porque de alguna manera sienta unos principios de
pensamiento. ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu
cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará
a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la
oscuridad!’ No es referencia a enfermedades del cuerpo o de los ojos sino
algo así como suele decirse que veremos según el color del cristal con que se
mira. Y en esos filtros que ponemos es donde encontramos la respuesta.
Actuamos según esos intereses que
tenemos y no podemos negar que lo material o lo sensual son lentes de enfoque
habituales en nuestra vida. Queremos tener y queremos pasarlo bien, que
tengamos de todo y de todo podamos disfrutar; por ahí andan nuestros esfuerzos
y hasta nuestras luchas porque pronto aparecerán nuestras ambiciones y nuestras
envidias, que irán corroyendo la base de nuestra vida entrando en un estado de
corrupción de nuestro espíritu; es más, como el espíritu no lo tenemos en
cuenta aquello que no se usa al final termina atrofiándose y muriendo por
inacción. Algo que nos está sucediendo, que se van perdiendo todos esos valores
espirituales y nos vamos embruteciendo en lo material y en lo caduco.
¿Dónde tenemos puesto nuestro corazón?
¿Cuáles son, entonces, nuestros tesoros? Con aquello de que hemos creado todo
un mundo económico para ese necesario intercambio entre unos y otros para luego
poder obtener aquello que básicamente necesitamos para nuestra vida, hemos
terminado convirtiendo esa posesión de lo material en lo que parece que es el único
objetivo de nuestra vida. Nos creamos unos dioses para depender de ellos en
esos bienes materiales. Seremos tan avaros en la posesión de lo material que
por una parte nos quitarán la verdadera libertad interior y por otra no seremos
capaces ni de utilizarlos para mejorar nuestra vida. La avaricia nos hará mirar
solo el brillo del oro pero no sabremos utilizarlo para buscar camino de una
mayor dignidad en nuestra vida. El ojo enfermo que no nos permitirá ver la luz.
‘No atesoréis para vosotros tesoros
en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren
boquetes y los roban’, nos dice Jesús. Es lo caduco y lo efímero que tan
fácilmente podemos perder. Y no solo es porque en lo efímeros que son pronto se
pueden acabar, o por la ambición codiciosa de otros los podemos perder porque
nos los roban, sino que somos nosotros mismos los que estaremos perdiendo la
verdadera grandeza de nuestra vida.
Pensando que solo lo material nos da
felicidad nos olvidamos de disfrutar de la presencia de los demás, disfrutar de
la amistad y la compañía de los amigos y de los que te quieren, disfrutar del
buen corazón que se vuelve generoso, sentirte en verdad satisfecho cuando haces
el bien a los demás, gozarte en lo que es la sinceridad de la vida, elevar
nuestro espíritu para disfrutar de lo espiritual y poder entrar en la sintonía
divina que nos envuelve con su amor.
‘Haceos tesoros allí donde no hay
polilla ni carcoma que los corroan, ni ladrones que abran boquetes y roben.
Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón’. ¿Entraremos en esa nueva sintonía de la vida?
¿Sabremos poner un hermoso filtro en nuestros ojos para ver la vida de una
manera distinta? Que no se nos atrofie nuestro espíritu, que seamos capaces de
crecer desde lo más hondo.
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