sábado, 31 de diciembre de 2016

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

Como Juan el Bautista que era testigo de la luz nosotros hemos de dar verdadero testimonio de la Buena Nueva de Luz y Salvación que celebramos en el misterio de la Navidad

1Juan, 2, 18-21; Sal. 95; Jn. 1,1-18
Llegamos al día de fin de año y vamos concluyendo la semana de la octava de la Navidad que los cristianos seguimos celebrando con toda solemnidad y contemplando sin cansarnos el misterio de Belén. Pero contemplar el misterio de Belén no es quedarnos en un lugar geográfico ni en unos hechos que nos pueden sonar a anécdotas y curiosidades, sino que es contemplar el misterio de Dios encarnado, que si lo señalamos como misterio de Belén es por ser el lugar donde tuvo lugar tan maravilloso acontecimiento para toda la humanidad.
Durante la semana hemos ido meditando esos diversos momentos en torno al nacimiento y la infancia de Jesús, y ayer mismo queríamos contemplar el hogar de Nazaret donde quiso hacerse hombre el mismo Hijo de Dios. Contemplar la Sagrada Familia como ayer lo hacíamos era contemplar ese ejemplo y modelo para nuestras familias y para nuestros hogares queriendo aprender de sus valores, queriendo impregnarnos del espíritu de paz y de amor que brillaría en aquel hogar de Nazaret.
Hoy la liturgia nos presenta la primera página del evangelio de San Juan que en su altura y profundidad teológica nos viene a ayudar en ese misterio de Dios que se nos manifiesta y que quiso plantar su tienda entre nosotros.  El Verbo de Dios, el Hijo de Dios que se hizo carne, que se nos presenta como luz y como vida aunque no siempre nosotros sabemos acogerla y aceptarla.
Es la Palabra origen de la creación porque por la Palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. La luz brilló en la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, se resistió a la luz. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, que continuará diciéndonos. Pero todo es ofrecernos gracia y regalarnos vida, de manera que quiere Dios hacernos partícipes de su vida, de manera que en el Hijo nosotros seamos también hijos.
Es la Palabra que nos salva y nos hace entrar en el misterio de Dios, porque nos revela a Dios. De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia, que continuará diciéndonos, pero a Dios nadie lo ha visto jamás, sino el Hijo único que está en el seno del Padre que es quien nos lo ha contado.
Es todo el misterio de gracia que venimos celebrando; es todo el misterio de Dios al que decimos si haciéndole la ofrenda de nuestra fe; es todo el misterio de Dios que nos inunda y nos llena de vida, que ningún creyente podrá olvidar y que por supuesto no podemos celebrar de ninguna manera. Es toda una invitación a que consideremos bien lo que hemos celebrado y cómo lo hemos celebrado. Muchas cosas podrán habernos distraído de lo principal y todo lo vivido en estos días pase sin pena ni gloria, como se suele decir, porque no ha repercutido en nuestra vida, porque quizá el mundo ha pasado indiferente ante el misterio de la Navidad o porque nosotros los cristianos no se lo hemos sabido anunciar de verdad a nuestro mundo.
Esa Buena Noticia de Dios y de su amor que le lleva a encarnarse y plantar su tienda entre nosotros tenemos que seguirla proclamando, porque a este mundo hemos de hacer partícipes de la salvación que se nos ofrece en Jesús. Como Juan tenemos que ser testigos de la luz, dar testimonio de la luz. No damos testimonio de nosotros, sino que nuestras obras, nuestra vida tienen que dar testimonio del evangelio que queremos vivir y así hemos de ser mensajeros de evangelio en nuestro mundo de hoy.


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