viernes, 30 de diciembre de 2016

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y queremos aprender de su madurez humana y creyente para afrontar los problemas de hoy de nuestras familias

Ecl. 3,2-6.12-14; Sal 127; Col. 3,12-21; Mt. 2, 13-15. 19-23
En el marco de las fiestas navideñas, normalmente el domingo siguiente a la navidad aunque este año por no haber un domingo intermedio en la octava lo celebramos el viernes, tenemos la solemnidad de la Sagrada Familia. No podemos menos que tener como referencia a aquella familia y aquel hogar de Nazaret para nuestra propia vida de familia.
En el seno de aquel hogar de Nazaret quiso encarnarse Dios para hacerse hombre y compartir toda nuestra realidad humana a la que quería ofrecer su salvación. Hacia ese hogar y esa familia volvemos nuestros ojos en estos días que tienen unas especiales connotaciones para nuestras familias por los encuentros que de manera especial tenemos en estos días, pero no solo en estos días sino que todos los días tendríamos que vernos en ese espejo del hogar de Nazaret.
Dios con su presencia santifica toda nuestra realidad humana y al matrimonio y a la familia le ha dado una gracia especial cuando lo ha hecho sacramento de su amor. El amor verdadero del hombre y la mujer vivido en el matrimonio se convierte así en signo e imagen del amor de Dios, al tiempo que en el amor que Dios nos tiene tenemos el ejemplo y la fuerza para nuestro propio amor matrimonial. San Pablo nos hará la comparación del amor del hombre y la mujer que es como el amor que Jesucristo tiene a su Iglesia.
Un verdadero creyente sabrá ver en todas las circunstancias de su vida la presencia amorosa del Señor. En los momentos dichosos y felices se gozará en ese amor de Dios y sabrá darle gracias, y de la misma manera en los momentos difíciles por los que podamos pasar siempre veremos esa presencia de Dios en nosotros dándonos esa fuerza y esa gracia que necesitamos en toda circunstancia.
Es lo que tenemos que aprender a vivir en el matrimonio y en el seno de nuestras familias y nuestros hogares. Creo que podría ser un aspecto al que nos lleva a reflexionar el texto del evangelio de san Mateo que nos ofrece hoy la liturgia de esta fiesta de la Sagrada familia.
 Y un buen paradigma y ejemplo tenemos en san José. Ya habían comenzado los problemas desde el embarazo de María, momentos en los que escuchando la voz del ángel supo aceptar y comprender para acoger a María en su casa. Siguen las dificultades y problemas en el tener que acudir a Belén para empadronarse conforme a aquel edicto romano que les obligaba; con espíritu humilde, viendo en ese caminar peregrino la voluntad de Dios camina hasta Belén no teniendo ni un lugar propicio para el nacimiento de su hijo, que ha de ser recostado entre las pajas de un pesebre. Y José en silencio sigue diciendo sí a Dios desde su corazón.
Ahora surgen nuevos problemas, y es de lo que nos habla hoy el evangelio, y porque Herodes busca al recién nacido para matarlo tendrá que emprender un camino de huida que le llevará hasta Egipto. Pero José ha escuchado también la voz de Dios que le habla en sueños a través del ángel del Señor. No perdió José la paz de su corazón ni dejó que se desestabilizara su hogar. Serían momentos difíciles como un emigrante, como un refugiado, como un desterrado de su tierra, pero su seguridad la tenia en el Señor en quien tenia puesta su fe.
En nuestros hogares, en nuestras familias, en los matrimonios se pasa en muchas ocasiones por momentos difíciles. Son muchos los problemas que pueden surgir.
Problemas de convivencia y de entendimiento pueden surgir con facilidad; dificultades para afrontar todas las responsabilidades y poder vivir una vida digna son muchos los que las pasan; egoísmos y ambiciones que provocan rupturas, insolidaridad entre sus miembros que crean división y enfrentamiento, vida alocada e irresponsable que nos puede llevar a despilfarros que puedan poner en peligro incluso la subsistencia, desplazamientos originados en ocasiones por las necesidades y los deseos de buscar algo mejor pueden crearnos desestabilización en el encuentro con nuevas realidades y costumbres… son muchos los peligros que pueden acecharnos por un lado y por otro y que nos pueden hacer perder el norte de nuestra vida y debilitar el verdadero amor que ha de haber en el matrimonio y en la familia como base de una autentica convivencia.
Y es aquí donde ha de resplandecer la madurez de la persona y también la madurez de nuestra fe. Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret, con esos múltiples problemas que allí de una forma o de otra también surgían o podrían surgir.
Hoy he querido fijarme de una manera especial en la actitud y en la postura de san José, el padre de familia de aquel hogar – podríamos fijarnos también en la grandeza de alma de María, la Madre del Señor -; supo José mantener el ritmo y el rumbo de aquel hogar porque siempre supo dejarse guiar por el Señor. Nos lo expresan esas imágenes de los diversos sueños de José para indicarnos como sentía la presencia del Señor que le guiaba y en quien se confiaba.
¿Sabremos hacerlo en nuestros hogares? ¿No tiene el evangelio una palabra de luz para nuestros matrimonios en dificultades? ¿No estamos viviendo también en nuestro entorno esos desplazamientos de tantos y tantos que van buscando una vida mejor para los suyos? Muchas más amplias reflexiones podríamos hacernos contemplando aquel sagrado hogar de Nazaret donde se hizo presente el Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.

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