martes, 11 de octubre de 2016

Lo que vivimos hay que hacerlo con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos para acercarnos a los demás

Lo que vivimos hay que hacerlo con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos para acercarnos a los demás

Gálatas 5,1-6; Sal 118; Lucas 11,37-41

Las buenas costumbres nacen en la persona y en la colectividad de esos hábitos repetitivos que hemos ido adquiriendo desde una educación que hemos recibido donde se nos ha tratado de enseñar unos buenos principios y unos valores que serán los que irán marcando nuestra vida. Esas buenas costumbres tratarán de reflejar esos principios de nuestra vida, esas normas de conducta. Nunca tendrían que convertirse en actos rutinarios que hiciéramos sin sentido y sin conexión con esos verdaderos valores de nuestra vida. Cuando convertimos nuestras costumbres en un absoluto que podría parecer que están por encima de todo en la vida y nos convertimos en esclavos de las cosas que hemos puesto como normas que nos tendrían que ayudar, todo perdería su verdadero sentido y valor.
Es lo que Jesús denunciaba en los fariseos de su tiempo. Los llama hipócritas por doble cara que manifiestan sus apariencias. Aparentemente buenas costumbres, muchas normas que reglamentan la vida, pero sus corazones están llenos de falsedad y de mentira. No hay en ellos unos corazones acogedores y que nos trasmitan paz.
Hoy contemplamos a Jesús en casa de un fariseo donde lo han invitado a comer. Y Jesús, como siempre, va rompiendo moldes. Busca lo que realmente es importante. Allí estaba esa buena costumbre higiénica en si misma de lavarse las manos antes de comer, pero que habían convertido poco menos que en un rito religioso. En cuanto podía convertirse en un signo de hospitalidad por parte de quien recibía a su huésped en su casa estaba bien, pero si lo sacábamos de su verdadero sentido perdería su valor.
Jesús busca el corazón y quienes unos corazones limpios de maldades y verdaderamente puros, mientras otros se preocupaban vanamente más de la limpieza exterior. De ahí la respuesta de Jesús a la reacción que estaban mostrando ante los gestos de Jesús. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Lo que verdaderamente tenéis que ofrecer es lo bueno que llevéis dentro de vuestro corazón, viene a decirles Jesús.  
Preocuparnos solo de la apariencia, de lo exterior es vanidad. Y la vanidad nos hace falsos, increíbles, porque no estamos mostrando lo que verdaderamente llevamos en el corazón. Por eso tenemos que preocuparnos de esa pureza interior quitando esas vanidades, como alejando de nosotros toda clase orgullo, purificándonos de las malicias que nos hacen mirar con malos ojos a los que están a nuestro lado.
Sin con vanidad, con falsas apariencias, con orgullo nos acercamos al otro poco podemos ofrecerle en lo que se sienta acogido de forma agradable. Ese gesto de ofrecer agua al huésped que llegaba a tu puerta era un signo de acogida, de apertura no solo de las puertas de nuestra casa sino verdaderamente de nuestro corazón. Pero si vamos desde nuestra autosuficiencia, desde la altura de los pedestales de nuestros orgullos poco acogido podrá sentirse el que llega hasta nosotros. Por eso las cosas hay que hacerlas con sentido, con sencillez, llenando de amor y de humildad nuestros gestos, poniendo auténtica disponibilidad en lo que hacemos por acercarnos a los demás.
El que acoge no espera a que el otro llegue hasta ti, sino que sabrá adelantarse para llegar pronto a tu encuentro y si estamos subidos en nuestro pedestal pocos pasos podremos dar para llegar hasta el otro. Acogida es abajarnos en el amor, es cercanía con nuestra buena actitud, es ponernos a su lado para hacer que se sienta a gusto, contagiarle de nuestra felicidad ofreciéndole nuestra sonrisa, y recibir con alegría y humildad cuanto de bueno pueda ofrecernos el que llega que siempre será para nosotros como un hermano.

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