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domingo, 1 de febrero de 2009

Una Palabra valiente de vida y salvación hoy


Deuter. 18, 15-20;

Sal. 94;

1Cor. 7, 32-35;

Mc. 21-28

‘Cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no enseñaba como los letrados, sino con autoridad….este enseñar con autoridad es nuevo…’ decían las gentes.

Escuchaban una palabra nueva y llena de vida. Una palabra que sana y que salva. Palabra irresistible ante la que hay que decantarse. Es una Palabra que arrebata el corazón, ante la que tienen que surgir actitudes nuevas.

‘Suscitaré un profeta de entre sus hermanos… pondré mis palabras en su boca y dirá lo que yo le mande…’ Así escuchamos que se anunciaba proféticamente en el Deuteronomio. Y Jesús hablaba con autoridad. Palabra de Dios que había plantado su tienda entre nosotros. Palabra que era Vida, era Luz, era Salvación. Recordamos el primer capítulo del Evangelio de san Juan.

Podemos fijarnos en algunos pasajes del evangelio. Una Palabra que tiene fuerza en sí misma: ‘Basta una Palabra tuya y mi criado quedará sano’, reconocería un día el Centurión.

Una Palabra que levanta y que transforma: ‘Levántate, toma tu camilla, y vete a tu casa’, le había dicho al paralítico y fue suficiente.

Una Palabra que sana y que salva: ‘¿Qué quieres que haga por ti?... Tú puedes limpiarme… quiero, queda limpio’, le dijo al leproso, o en la otra ocasión a los diez leprosos del camino: ‘Id a presentaros a los sacerdotes… y mientras iban de camino quedaron limpios…’

Una Palabra que perdona: ‘Tus pecados quedan perdonados…’ le dijo al paralítico que bajaron desde el techo hasta sus pies. ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’, exclamaría mientras lo crucificaban.

Una Palabra que resucita y da nueva vida: ‘Lázaro, sal fuera!’, gritó ante su tumba y Lázaro volvió a la vida y salió de la tumba con sus manos y sus pies envueltos en los sudarios.

Una Palabra que invita a seguirle: ‘Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres…’ diría a los pescadores que estaban con sus redes en Galilea, o a Leví junto a su mostrador de impuestos, o a Felipe en su primer encuentro.

Una Palabra que señala metas y abre sendas y caminos de vida nueva: ‘Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo y vente conmigo…’ que señaló al joven rico y a tantos que querían seguirle.

Una Palabra que suscita esperanza de dicha y felicidad para los que nada tienen: ‘Dichosos los pobres… los sufridos… los que tienen hambre y sed… los que lloran… los perseguidos…’ y en todos comenzó a brillar una luz en el corazón.

Esa Palabra de Cristo quiere seguir resonando en nuestra vida y en nuestro corazón. Una Palabra que tenemos que saber escuchar y acoger. Una Palabra que también nosotros tenemos que dejar que nos sane y que nos salve, que nos perdone y nos llene de vida. Una Palabra que también a nosotros nos llena de esperanza y nos traza caminos de vida nueva y resurrección.

Palabra sigue resonando aquí cada vez que solemnemente es proclamada en nuestra celebración, pero que también tenemos que saber escuchar en lo hondo de nuestro corazón cuando la rumiamos en nuestra oración, cuando la convertimos en vademécum del camino de nuestra vida en nuestra lectura diaria personal.

Pero es la Palabra que sigue resonando hoy en nuestro mundo en la voz de la Iglesia, y que tenemos también que saber escuchar y acoger. Una Palabra de vida y salvación para nuestro mundo que la Iglesia tiene que proclamar con valentía aunque muchas veces no sea entendida o incluso mal interpretada. No nos importe que el mundo la rechace mientras la Iglesia la proclame con fidelidad, porque quizá ese mismo rechazo es señal de que es palabra profética trasmitida como el Señor quiere. Lo que importa de verdad es la fidelidad de la Iglesia al mandato del Señor en esa trasmisión del mensaje de la salvación para todos los hombres.

Sí. La Iglesia tiene que pronunciar una palabra profética frente al mundo que nos rodea. Y profética significa fidelidad a la Palabra misma del Señor. Y profética es no nadar a favor de la corriente de lo que puedan ser los deseos del mundo. Algunas veces nos encontramos con el sinsentido de quienes pretenden que la Iglesia se adapte a nuestros tiempos para que haga oír una voz que halague los deseos y aspiraciones del mundo. Nos dicen que tiene que adaptarse en la cuestión de los matrimonios o las familias, en la cuestión del aborto y de la vida, de la eutanasia, y así en tantas cuestiones más. No puede la Iglesia, en virtud de las acomodaciones que se nos piden, renunciar al mensaje íntegro del Evangelio.

Pero la Palabra que anuncia la vida no se puede acallar ni disimular. La Palabra de salvación que ofrece la Iglesia tiene que ser siempre clara y valiente. No puede pretender halagar oídos. Busca llevar la luz y la vida, la salvación y la gracia de Dios a todos los hombres por encima de todo. El Evangelio siempre tiene que ser luz y vida. Y ya sabemos que desde el principio las tinieblas rechazaron la luz. ‘La luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió… Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’, que nos dice el Evangelio de san Juan.

‘¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar de nosotros?’, hemos visto que le gritaba el hombre que tenía un espíritu inmundo en la Sinagoga de Cafarnaún. ‘Cállate y sal de él’, lo increpó Jesús. ‘El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió’.

Es la Palabra salvadora y transformadora de Jesús que sigue resonando en la Iglesia. El mundo muchas veces se retorcerá también porque no agrada esa palabra de vida y pretenden meter a la Iglesia en la catacumba de la sacristía. Pero la Iglesia tiene el mandato del Señor y el derecho también de proclamar ese mensaje de salvación a todo el mundo.

Que no falte nunca el Espíritu de fortaleza del Señor para realizar esa misión.

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