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jueves, 4 de octubre de 2012


Veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán

Job. 19, 21-27; Sal. 26; Lc. 10, 1-12
‘Ojalá se escribieran mis palabras… se grabaran en cobre…se escribieran para siempre en la roca…’ Importantes tenían que ser esas palabras, mensaje que había de durar para siempre. Es que el paciente Job comienza a ver luz en medio de sus tormentos que le habían hecho perder la esperanza.
Cuando uno se ve acosado por situaciones que se le hacen difíciles, ya sea desde problemas personales o ya sea de causas externas parece como que está buscando a quien agarrarse, en quien apoyarse como su salvador que le haga sostenerse y mantenerse en pie frente a esos vendavales de la vida. Es terrible sentirse solo en medio de dificultades y problemas sin tener quien le ayude, le apoye o le dé la mano para salir adelante.
Era la situación en que se veía Job después de verse desposeído de todo, perdido a sus hijos y su cuerpo lacerado por cruel enfermedad. Aunque la situación era tan dura como para perder la esperanza él seguía confiando en el Señor y el Señor le escuchó. ‘Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo… al final veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán…’
Si emplea la palabra ‘vengador’, hemos de entender su sentido, porque no es en el sentido de venganza contra quien te haya hecho el mal, sino en el sentido de que con su salvación se verá libre de cuanto le acosaba en la vida. Es el redentor que lo saca y lo redime de todo el mal que ha pasado y que al final lo llenará de luz y de vida, como escucharemos en el final del relato del libro de Job.
Se expresa así la fe y la confianza total que él ha puesto en Dios porque solo en El encontrará la salvación. En estas palabras podemos ver un anuncio prefigurado de Cristo que es nuestro Salvador y nuestro Redentor y de alguna manera es anuncio de resurrección, de la resurrección de Cristo vencedor de la muerte y del pecado y de nuestra propia resurrección porque en Cristo nosotros estamos llamados también a la vida para siempre.
Fijémonos que en párrafos anteriores había expresado Job cómo no podía alcanzar a Dios, conocer sus designios ni palpar su presencia - ‘si cruza junto a mí, no puedo verlo, pasa rozándome y no lo siento’ - y ahora dirá que ‘veré a Dios, yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo verán’. Cuando su vida estaba llena de oscuridad en medio del sufrimiento le era difícil poder ver a Dios, sin embargo porque se mantiene siendo fiel a Dios un día la luz aparecerá de nuevo sobre su vida y podrá contemplar a Dios. ¿No es motivo todo esto para que se graben sus palabras de forma indeleble y permanezcan como testimonio vivo para siempre, como decíamos al principio?
Es el mensaje que tenemos que escuchar para nuestra vida. Pasamos por momentos de oscuridad, de dudas, de rebeldías interiores, como hemos dicho estos días, pero si mantenemos nuestra fe, nuestra confianza en el Señor, al final encontraremos la luz, porque nos vamos a encontrar con el Señor que ahí está junto a nosotros en ese dolor o en ese sufrimiento.
No tendrían que cegarse los ojos de nuestra fe, sino que en nuestra fidelidad habrían de mantenerse siempre bien abiertos para encontrar la luz. La luz está ahí, aunque nos cueste verla, porque siempre el Señor estará a nuestro lado en su cruz y en nuestra cruz. Miremos a Cristo en lo alto del Calvario y démonos cuenta de que ahí está en el calvario, en la cruz nuestra de cada día. Tomemos esa cruz, caminemos tras Jesús, sabiendo que El está ahí y será siempre nuestro Salvador. Con toda razón podemos decir ‘espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida’.

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