Una buena noticia que no hemos de olvidar y que hemos de hacer vida en nosotros para ser luz en medio de las tinieblas
Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32
Parece como si algunas veces
olvidáramos las palabras que nos dice Jesús en el evangelio, o quizás olvidamos
el verdadero sentido de esa palabra, evangelio; es una nueva noticia y una
noticia buena, pero una noticia transformadora, que nos inquieta, que nos lleva
a descubrir algo siempre nuevo; nos hemos acostumbrado a decir evangelio y ya
no gustamos de su sentido, de lo que nos ofrece, de aquello a que nos llama.
Por algo Jesús desde el principio nos
pide un cambio profundo dentro de nosotros para poder creer en esa buena
noticia que nos ofrece y que nos está hablando del Reino de Dios; la palabra
que se emplea y que medio hemos endulzado es conversión; y conversión es una
vuelta total del corazón. De lo contrario no podríamos llegar a entender
páginas como las que se nos ofrecen hoy, y me refiero tanto al evangelio como también
al profeta.
Parece que se sale de todos los limites
el que Jesús llame precisamente para que le siga como discípulo a un publicano;
eran personas muy minusvaloradas en la sociedad judía de entonces, en
consecuencia no tendría el prestigio – cuanto hablamos hoy también de los
prestigios incluso dentro de la Iglesia – para formar parte de aquellos más
cercanos a Jesús que El un día constituiría como el grupo de los apóstoles, el
fundamento, podríamos decir, de aquella nueva comunidad.
Pero otra cosa que podría parecer
discordante para aquella sociedad es que precisamente Jesús se siente a la mesa
con todas esas personas que son despreciadas por su entorno, publicanos y
pecadores. ¿Podría quitar eso el brillo de la santidad y rectitud de quien se
presentaba como profeta en medio de ellos? Pero esa es la voz del profeta que
solo quiere transmitir lo que es el mensaje de Dios, es la garantía
precisamente de que Jesús es aquel que había anunciado el profeta como lleno
del Espíritu de Dios que venía a traer una buena noticia a los pobres, a los
oprimidos, como se había proclamado un día allá en la sinagoga de Nazaret. Es
el estilo de Dios que así se nos manifiesta en Jesús. En ese sentido iban las
palabras del profeta.
Hermosas las palabras del profeta. ‘Cuando
alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al
hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las
tinieblas, tu oscuridad como el mediodía’. Así Jesús se convierte en luz de
nuestra vida en medio de tantas tinieblas y oscuridad. Claro que como nos dice
el evangelio de Juan al principio la luz vino a iluminar las tinieblas pero las
tinieblas rechazaron la luz.
Pero la palabra del profeta es aliento
para nuestra vida, un impulso para que seamos siempre luz con la luz de Jesús. ‘Tu
gente reconstruirá las ruinas antiguas, volverás a levantar los cimientos de
otros tiempos; te llamarán “reparador de brechas”, “restaurador de senderos”,
para hacer habitable el país’. ¿No será eso lo que nosotros también tenemos
que ser? Como dice el profeta ‘reparador
de brechas… restaurador de senderos…’ Cuántos corazones rotos hemos de
sanar, cuántas soledades que acompañar, cuántas manos que tender, cuántos
caminos de hacer junto a los demás. ‘Brillará tu luz en las tinieblas…’ No
olvidemos lo que dice Jesús que ‘no necesitan médico los sanos, sino los
enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se
conviertan’.
Es el camino que se abre ante nosotros
en esta cuaresma que estamos comenzando a vivir. Es el ayuno y la penitencia
que el Señor nos pide. Son esas actitudes nuevas que han de brillar en nuestra
vida. Son los signos de vida nueva que han de ser evangelio también para los demás.
Es la misión que Jesús a nosotros también nos ha confiado.
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