La palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que cura sobre nosotros porque va despertando nuevas esperanzas, y abriendo nuevos caminos en la armonía del amor
Eclesiástico 15, 15-20; Salmo 118; 1
Corintios 2, 6-10; Mateo 5, 17-37
Los caminos, por supuesto, pretenden
llevarnos a alguna parte, pero bien sabemos que algunos caminos se nos hacen pesados, parece que estuvieran llenos
de dificultades, detrás de cada curva pareciera que se nos presenta un nuevo
obstáculo o dificultad; claro que si pensamos en caminos antiguos por una parte
no estaban pensados para los vehículos o los medios de los que hoy podemos
disponer, y también hay que tener en cuenta las circunstancias que podían
tenerse en el momento de su construcción que de alguna manera condiciona trazados
y no solventa siempre las dificultades que podamos encontrar. La visión de lo
que ha de ser el trazado hoy de una vía nos da nuevas perspectivas y busca de
alguna manera aliviar nuestro camino.
¿Estaremos esperando un ingeniera que
echara abajo todo lo hecho para inventarse algo totalmente nuevo? Claro que en
la materialidad de las vías y caminos para nuestro transito eso es posible,
pero ahora cuando estamos hablando de caminos estamos refiriéndonos a algo más
que una senda que cruza una geografía. Queremos ir a algo más hondo que la
materialidad de un camino porque estamos queriendo hablar de la vida, de
nuestra vida.
¿Era Jesús ese ingeniero esperado, y
válganos la imagen y el ejemplo, que venía a echar abajo todo como si nada de
lo vivido hasta entonces hubiera valido o no tuviera un sentido? La aparición
de un profeta abría siempre la esperanza a nuevas perspectivas, y más en aquel
pueblo que se sentía oprimido, y no era ya solo la opresión que pudiera ejercer
sobre ellos un pueblo extranjero, los romanos, que dominaban aquellos
territorios; eran también muchas las influencias que iban recibiendo de las
culturas de los pueblos vecinos, y aquí podríamos pensar en todo lo relacionado
con la filosofía griega referencia para la cultura de aquellos pueblos; pero
era otra opresión o manipulación interior en las mismas corrientes que iban
surgiendo en el judaísmo, cada uno en su momento pretendía imponer sus
criterios y de ahí había surgido una cantidad de normas y preceptos que de
alguna manera enturbiaban la autenticidad de la ley de Moisés y la predicación
de los profetas.
¿Pensaban quizás que con la novedad que
Jesús anunciaba como buena noticia del Reino de Dios todo aquello había de
cambiar? Es por lo que Jesús es tan tajante en el Sermón del Monte. El no ha
venido a abolir la Ley y los Profetas sino a darles plenitud. Lo que Jesús
querrá purificar es la hojarasca en la que hemos envuelto la Ley de Dios y que
de alguna manera en lugar de ayudarnos nos ha puesto más difícil el camino,
para que vayamos a lo que es lo fundamental, lo esencial que tiene que estar en
el amor y en consecuencia en el respeto y la valoración de la persona, de toda
persona por encima de cualquier condición con que queramos revestirla. Jesús
quiere ayudarnos a reencontrar el camino verdadero y auténtico que es lo que
nos viene a ofrecer la novedad del evangelio.
Es lo que nos irá desgranando en toda
esa seria de sentencias o principios que nos va proponiendo a lo largo del
Sermón del Monte y que ha comenzado con la proclamación de las
Bienaventuranzas. Se había congregado en su entorno una gran multitud nos
detalla el evangelista con gente venida de todas partes. Quiero poner un poco
de imaginación en mi mente y en mis palabras para ver cómo Jesús va
desparramando su mirada sobre toda aquella gente y El que conoce bien el corazón
de todos e irá viendo tras aquellos rostros esas diversas situaciones por las
que cada uno está pasando y la palabra de Jesús va dando respuesta a esas
angustias que van surgiendo de aquellos corazones.
Corazones desbordados en esperanzas
fallidas, en violencias y contrariedades de todo tipo, por los mil problemas de
la vida en las relaciones entre unos y otros, por las tormentas que van
surgiendo en el interior de las personas cuando los conflictos no se resuelven
y se van creando abismos de incomprensión y acaso muchas veces de odio,
corazones heridos porque se sienten oprimidos y tratados injustamente y a los
que les falta paz porque quizás no tienen seguridad para sus vidas, corazones
envueltos quizás muchas veces por la vanidad y por la falta de autenticidad y
de verdad en sus vidas… y la palabra de Jesús va llegando como un bálsamo que
cura sobre cada una de aquellas personas porque va despertando nuevas
esperanzas, porque es posible que se vayan abriendo caminos, porque sienten que
es posible una nueva armonía si en verdad comenzamos a amarnos más los unos a
los otros.
Es la Buena Nueva de Jesús, que no solo
fue para aquella gente de su tiempo, sino que es Buena Nueva de Jesús para
nosotros hoy que también estamos envueltos en nuestros problemas y en nuestros
desencantos, que también nos vemos arrastrados por un materialismo que nos
ahoga cada vez más y por una sensualidad de la vida que le hace perder la
perspectiva de cosas grandes y más nobles. Entremos en la sensibilidad del
Evangelio que es entrar en la sensibilidad del amor, pero un amor que nos eleva
y que al mismo tiempo nos hace más espirituales. Escuchemos en lo hondo de
nosotros mismos el verdadero sentido de las palabras de Jesús.
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