lunes, 16 de enero de 2017

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Necesitamos algo más que una ropa nueva que nos disfrace exteriormente de buenos si no hacemos que el corazón sea ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo del evangelio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22
Aunque quizá algunas veces queramos dar la impresión de que somos un tanto anárquicos que nos molestan las normas, los reglamentos, las leyes y todo lo que nos quiera imponer una conducta determinada, sin embargo en el fondo, aunque nos cueste confesarlo, sí estamos buscando en cierto modo la regla que nos diga hasta donde podemos llegar y desde donde no debamos de pasarnos, o qué es lo mínimo con lo que podemos contentarnos para ya sentirnos satisfechos porque ya hemos cumplido.
Tenemos nuestros ritos en la vida, y no es solo en el ámbito de lo religioso que también, con los que cuando los realizamos ya decimos que hemos cumplido, que hemos hecho lo bueno que tendríamos que hacer. Claro que en el ámbito de lo religioso esto se manifiesta muchas veces de forma más acusada. Nos dicen, o queremos que nos digan, cuales son las cosas básicas que tenemos que hacer, tratamos de cumplirlas y ya nos damos por satisfechos de que somos unas personas muy religiosas y no tenemos ni queremos complicarlo la vida más.
¿No es en cierto modo lo que hacemos cuando decimos que cumplimos porque vamos a misa en algunas ocasiones por determinadas circunstancias, pero luego ya no hacemos nada más? ¿No se nos convertirá en un rito que hacemos porque sí, porque hay que cumplirlo, pero sin que eso tenga una repercusión en nuestra vida, en nuestro comportamiento o en nuestros compromisos? ¿No es en cierto modo también lo que hacemos cuando decimos que ya cumplimos porque no comemos carne los viernes, pero quizá nos regalamos otros manjares más suculentos y lujuriosos? ¿No será algo así lo de nuestros rezos repetitivos y rutinarios en los mientras nuestros labios van recitando rezos y rezos aprendidos de memoria, nuestra mente y nuestro corazón están muy lejos porque andamos en otras preocupaciones? Así podríamos fijarnos en muchas cosas en las que simplemente nos contentamos con cumplir pero nada más. Cuantos reglamentos, normas, protocolos como se les llama hoy nos encontramos en muchas instituciones, organizaciones, grupos eclesiales. Disfraces muchas veces que ponemos en la vida.
Es lo que le estaban planteando hoy a Jesús aquellos que vinieron a decirle a Jesús que por qué sus discípulos no ayunaban si ahora lo estaban haciendo los discípulos de Juan o los fariseos. Pero Jesús viene a señalarles que las cosas hay que entenderla de otra manera. El estilo del Reino de Dios, el estilo y el sentido de sus seguidores tienen que ser bien distinto. No es el cumplimiento por el cumplimiento. Algo más hondo tiene que haber en la vida cuando decimos que optamos por el Evangelio, por el Reino de Dios.
Recordamos la palabra que Jesús empleaba desde el principio de su predicación, conversión. Y conversión era una vuelta total a la vida para creer y para poder aceptar esa buena nueva del Evangelio, esa buena nueva del Reino de Dios que Jesús nos estaba proclamando. Nuestra relación con Dios debe ser de otra manera, no la podemos basar en cumplimientos rituales. Algo nuevo hemos de sentir en nuestro corazón que se manifieste en nuestras acciones, en nuestras actitudes, en una nueva relación con Dios, en una nueva y distinta relación con los demás que para siempre serán mis hermanos.
Por eso hoy nos habla de que no podemos basar la vida del discípulo en puros remiendo, sino que tiene que ser una vestidura nueva, un odre nuevo para que el vino nuevo del Evangelio no se desparrame y pierda. Una alegría nueva hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos llenos de Dios porque en verdad es el Señor de nuestra vida. Una nueva felicidad vamos a sentir en nuestro corazón cuando aprendamos a tener hambre de justicia, sed de amor, deseos de paz, pureza de corazón, desprendimiento generoso para no dejar que se nos apeguen las cosas en el corazón.


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