jueves, 15 de diciembre de 2016

Que no se frustre el plan de Dios en nosotros preparándonos solo para una navidad superficial y consumista de la que hayamos desterrado la presencia salvadora del Señor

Que no se frustre el plan de Dios en nosotros preparándonos solo para una navidad superficial y consumista de la que hayamos desterrado la presencia salvadora del Señor

Isaías 54,1-10; Sal 29; Lucas 7,24-30
‘¿Qué salisteis a ver en el desierto?’, pregunta Jesús tras marchar la embajada que había venido de parte de Juan. Y es que Jesús comenzó a hablar de Juan el Bautista. ‘ Él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti’. Y habla de él como el mayor de los hombres nacido de mujer, nos dice que es profeta y más que profeta, reconoce como se hace pequeño pero es grande porque grande fue su misión. Y nos comenta el evangelista que los publicanos y los pecadores que lo habían escuchado y se habían bautizado con Juan en el Jordán se llenaron de alegría, mientras que los fariseos y los maestros de la ley que no habían aceptado su bautismo, frustraron el plan de Dios en sus vidas.
Aquí nos viene bien preguntarnos cuando ahora estamos haciendo este camino de Adviento, de preparación también de la venida del Señor, cómo acogemos y aceptamos en nuestra vida la Palabra del Señor. La figura de Juan va apareciendo delante de nosotros al ritmo de la liturgia de estos días como mensajero del Señor que viene a preparar sus caminos en nuestra vida.
Sí, en nuestra vida, porque somos nosotros los que hemos de preparar nuestro corazón para acoger al Señor en nuestra vida. Cada uno ha de pensar en este sentido en si mismo cuando escuchamos la Palabra del Señor. Y cada uno ha de mirar su corazón, su vida, sus actitudes, sus apegos, sus tropiezos concretos que retrasan ese actuar de la gracia de Dios en nosotros.
Que no se frustre el plan de Dios en mi vida. Y lo frustramos cuando seguimos con nuestras superficialidades, cuando simplemente nos dejamos arrastrar por el ambiente y por lo que todos hacen, por esos falsos oropeles de vanidad que nos presenta el mundo y que nos encandilan, por esas luces engañosas en las que creemos que tenemos la luz y el sentido de nuestra vida pero que realmente nos conducen a la oscuridad. 
Estos días en nuestros ambientes todo suena a navidad, todo nos quiere hablar de navidad, pero ¿de qué navidad nos habla? ¿Nos habla en verdad de la navidad como nacimiento del Señor, como llegada del Emmanuel a nuestra vida para dejarnos transformar por su gracia?
Puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas buenas en lo que se vive en estos días, porque es bueno que se viva con alegría, que las personas nos encontremos, que las familias se reúnan, que tengamos buenos deseos de paz y de felicidad para todos, que en el fondo deseos un mundo distinto y muy lleno de vida. pero cuidado nos confundamos porque por ahí anda rondando también el consumismo y el materialismo, por ahí anda rondando una navidad muy ecléctica y que se puede quedar en superficial, por ahí puede andar rondando una navidad muy laica de la que se quita todo sentimiento religioso y al final puede ser una navidad sin Jesús, una navidad sin Dios.
Que todas esas cosas buenas que afloran en estos días en nuestras relaciones humanas las hagamos brotar de donde tiene que brotar la verdadera alegría de la navidad y es el hecho de que Dios se haya querido hacer hombre, se haya encarnado en el seno de María y haya querido nacer hombre entre los hombres para ser nuestra salvación.
No lo podemos perder de vista. Es lo que tiene que dar verdadera profundidad a nuestras celebraciones festivas, porque es ahí donde tienen su origen y su fundamento. Es así como nos vamos a llenar de la gracia del Señor. Es así como daremos pasos para que no se frustre el plan de Dios en nosotros. Escuchemos al mensajero que viene a preparar el camino para que en verdad nos encontremos con el Señor.

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