sábado, 24 de diciembre de 2016

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle y poder cantar la gloria del Señor

Bendigamos al Señor que viene a visitarnos con su gracia y no cerremos las puertas de nuestra posada para recibirle  y poder cantar la gloria del Señor

2Sam. 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación según lo predicho desde antiguo por la boca de sus santos profetas…’
Así prorrumpió en alabanzas y bendiciones a Dios el anciano Zacarías en el nacimiento de Juan a quien llamaremos el Bautista. Sentía como las promesas se cumplían. ‘Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Llegaba la hora de la salvación. Aquel niño era el precursor, la aurora que anuncia la luz del sol de lo alto que va a comenzar a brillar.
Su misión preparar los caminos del Señor. Porque el Señor visitaba a su pueblo; Dios para siempre iba a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y en esa visita de Dios nos venía la salvación, se derramaba sobre nosotros el amor, la misericordia del Señor iba a envolver la tierra para siempre.
Era el momento de un tiempo nuevo. Llegaba la plenitud de los tiempos. El Reino de Dios por fin comenzaría a implantarse sobre la tierra, porque llegaba el tiempo de la liberación anunciada por los profetas. Una luz nueva iba a brillar sobre los hombres de una vez para siempre. Juan no era la luz, sino el testigo que nos señalaba donde está la luz. Juan no era el salvador sino el que iba a señalar al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.
Y nosotros hoy, ya en el último día de nuestro camino de Adviento, sentimos ya cercana esa presencia del Señor. Esta noche contemplaremos ya el resplandor de su luz y podremos comenzar a cantar la gloria del Señor. Viene el Señor, ya está ahí, esta noche contemplaremos su nacimiento y nos gozaremos con toda la Iglesia y con toda la humanidad. El Señor visita a su pueblo y nos llega la salvación, y los hombres de buena voluntad nos sentimos inundados de paz, y comenzaremos a gustar lo que es el amor infinito de Dios que nos entrega a su Hijo.
No nos queda sino escuchar una vez más la voz de Juan que nos invita a preparar el camino del Señor, a convertir de verdad nuestro corazón a Dios. Cuidemos que nada nos distraiga para que estemos atentos a la llegada del Señor a nuestra vida. Viene a nosotros de una forma concreta en lo que es el hoy de nuestra vida y en este mundo concreto en que vivimos.
Pero cuidado que las cosas externas y superficiales nos impidan ver la verdadera luz; cuidemos que vayamos a celebrar Navidad pero no lleguemos a sentir y vivir la presencia del Señor que nos visita y quiere aposentarse en nuestra vida. Cuidado que no andemos con las puertas de la posada de nuestra vida cerradas porque estemos entretenidos en otras cosas y el Señor pueda pasar de largo.
Como dice la liturgia de la mañana del veinticuatro de diciembre: ‘Hoy sabréis que viene el Señor y mañana contemplaréis su gloria’.

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