miércoles, 21 de diciembre de 2016

Atentos y con ojos de fe, como Isabel, tendríamos que estar a la acción del Espíritu Santo que nos inspira, nos guía y nos fortalece en el camino de nuestra vida

Atentos y con ojos de fe, como Isabel, tendríamos que estar a la acción del Espíritu Santo que nos inspira, nos guía y nos fortalece en el camino de nuestra vida

Sofonías 3, 14-18ª; Sal 32; Lucas 1,39-45
Cuántas veces sentimos en nuestro interior deseos de hacer algo bueno que quizá incluso no lo habíamos planeado, sino que nos surgió de improviso allá dentro de nosotros; es la bondad innata de nuestro corazón, quizá pensamos y es cierto porque todos en el fondo tenemos buenos sentimientos aunque algunas veces los maleemos; pero desde una mirada creyente en eso bueno que deseamos hacer y que nos sentimos quizás fuertemente impulsados a hacerlo tendríamos que descubrir la moción de la gracia, la fuerza del Espíritu del Señor que también obra en nuestro interior inspirándonos lo bueno y queriendo apartarnos del camino malo. Atentos tendríamos que estar y con ojos de fe a esa acción del Espíritu Santo en nosotros que a todos  se nos manifiesta e inspira.
¿Por qué Isabel a la llegada de su prima María que ha venido desde la lejana Galilea para atenderla y ayudarla es capaz de prorrumpir en tales alabanzas reconociendo en ella a la madre de su Señor?
Es cierto que es el corazón bueno y agradecido de aquella mujer que ve en la llegada de su joven prima una ayuda inestimable en las circunstancias en que vive en su embarazo en su vejez. Pero ya el evangelio nos sugiera algo más. Con la presencia de María, y nosotros ya podemos decir mucho más porque sabemos a quien María llevaba en su seno, nos dice el evangelista que Isabel se llenó del Espíritu Santo; nos dice más el evangelista porque Isabel luego expresará como sintió en su seno como la criatura se revolvía y daba saltos por la presencia de María, queriendo expresarnos esto también cómo Juan quedaba santificado en aquel momento de gracia.
Es con esa inspiración del Espíritu cómo Isabel podrá proclamar: ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Alaba a María pero reconoce al mismo tiempo el fruto del vientre de María. Reconoce en María a la Madre de Dios y eso en su humildad le hace reconocer las maravillas del Señor. Comienza con Isabel la letanía inacabable de alabanzas y bienaventuranzas en honor de María que se prolongará por todos los siglos. ‘¡Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!’ Es la primera alabanza en honor de María salida de labios humanos llamándola dichosa y bienaventurada por su fe. Es la certeza del cumplimiento de la Palabra del Señor que se le ha manifestado a María, porque en ella esa Palabra se hace carne para hacerse Dios con nosotros.
Cuántas lecciones nos da este episodio del evangelio en este camino de Adviento que estamos haciendo. Comencemos por reconocer la presencia y la acción del Espíritu Santo en nosotros tantas veces en nuestra vida. Es quien nos inspira, nos guía y nos fortalece. Dejémonos conducir por el Espíritu que así actúa en nuestro corazón. Ahora mismo cuando estamos a las puertas de la navidad es probable que en algún momento de interiorización y de silencio en nosotros hayamos sentido el impulso de hacer algo bueno, algo distinto quizá, que nos ayude en esta preparación para la celebración del misterio de la Navidad. No lo echemos en saco roto. Sigamos esa inspiración que hayamos podido sentir del Espíritu aunque nos pueda parecer costosa.
Ojalá nosotros también nos hagamos merecedores de la alabanza de Isabel a María y podamos escuchar en nosotros esa bienaventuranza por nuestra fe. Sintamos, sí, la dicha de la fe; expresemos con alegría, con coraje, con valentía nuestra fe. 

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