Nos sentamos poco a la vera del camino para simplemente hablar con los que pasan, a la puerta de la casa para charlar amigablemente del Reino de Dios con los que en ella habitan
Hechos 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9
¿Cuál va a
ser en definitiva nuestra reacción final si nos hemos ofrecido voluntarios para
hacer una tarea que nos parecía, por decirlo así, interesante, pero que cuando
nos la confían nos hablan de que no es una tarea fácil, que no vamos a contar
con demasiados medios o recursos para llevarla a cabo y ya de antemano nos
dicen que vamos a toparnos con una oposición bien encontrada? ¿Tiraremos la
toalla si tan difícil nos lo ponen? ¿Intentaremos seguir adelante? ¿Buscaremos
por nuestra parte nuevas iniciativas, recursos, lo que sea necesario para que
realmente se realice y no quede por cuenta nuestra, por nuestra dejadez, el
posible fracaso?
Realmente la
cuestión es inquietante. ¿Cómo se sentiría aquel grupo de discípulos a los que
Jesús les está confiando una misión en la que les dice que además de que hay
mucho trabajo y son pocos los que se comprometen con ese trabajo, los envía
como corderos en medio de lobos?
Tenemos que
pensar que esa es la tarea y la misión que Jesús nos está confiando a los que
creemos en El, la misión que le confía a la iglesia que tiene que quitar de sí
toda imagen de triunfalismos para darnos cuenta que el anuncio del evangelio en
el mundo en que hoy vivimos no es tan fácil. Además Jesús nos está pidiendo por
parte nuestra una disponibilidad total pero también la conciencia de que no
hemos de actuar a la manera de cómo actúan los hombres de este mundo. De
entrada nos está diciendo que vayamos con nuestra pobreza, vacíos y liberados
de todo signo de grandeza o de prepotencia para, a partir solo de unos medios o
recursos humanos, realicemos esa tarea y esa misión cuya efectividad no va a
surgir de esos más o menos importantes medios humanos con los que podamos
contar.
De mucho
tenemos que aprender a despojarnos. Porque Jesús incluso se quitó el manto para
ceñirse solo con una toalla cuando se puso a lavar los pies de los discípulos.
Y es lo que hoy tenemos que hacer, es la misión de la Iglesia hoy en medio de
nuestro mundo. No podemos aparecer rodeados de esplendores de grandezas o de
riquezas cuando vamos a anunciar el evangelio; sería una imagen que no casa con
el espíritu del Evangelio que tiene que ser anunciado, tiene que ser buena
noticia para los pobres.
Tenemos que
aprender a sentarnos humildemente en una pobre silla o banqueta con los de la
casa para hablar sosegadamente, amigablemente, para hacer el anuncio del
mensaje que llevamos.
Nos sentamos
poco en el camino para simplemente hablar con los que pasan, nos sentamos poco
a la puerta de la casa para charlar amigablemente con los que en ella habitan.
Es lo que nos está diciendo Jesús, que entremos allí donde nos abren la puerta,
comamos lo que nos ofrecen y a ellos, teniendo en cuenta lo que es en verdad
sus vidas, le hagamos el anuncio del Reino de Dios. No nos pide discursos, sino
conversaciones, no nos pide grandes recorridos, sino que seamos capaces de
detenernos a la vera del camino con quien pasa o con quien nos encontremos o
simplemente nos sentemos a tomar un café.
¿Será eso lo
que verdaderamente está haciendo la Iglesia, estaremos haciendo nosotros o andaremos
más preocupados de organizaciones y de planes de trabajo cuando el trabajo es
eso que nos va saliendo cada día al paso? Hoy hablamos mucho de una nueva evangelización
pero nos preocupamos poco de esos encuentros personales, organizamos muy bien
nuestros horarios de culto y celebraciones de nuestras fiestas, pero nos
olvidamos del caminar del día a día, a pie de calle, o sentados alrededor de la
mesa del comedor para tener una amigable charla donde trasmitamos esa paz que
nos viene a traer el evangelio.
Y ya sé que
no es una tarea fácil, porque no siempre habrá quien nos escuche o en muchas
ocasiones sintamos el rechazo, como ovejas en medio de lobos que nos dice hoy
Jesús. Pero eso no tiene que impedir que sigamos haciendo el camino porque
tenemos que seguir haciendo el anuncio de la buena nueva de Jesús.
Amén
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