domingo, 26 de octubre de 2014

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

Ex. 22,21-27; 1Ts. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
Se suceden los distintos grupos entre los judíos para hacerle preguntas a Jesús; los fariseos, los herodianos, los saduceos unos tras otros no sabiendo como coger a Jesús en sus palabras para poder acusarlo vienen con preguntas capciosas y llenas de trampa, aunque aparentemente ingenuas y archisabidas. Hoy vienen poco menos que a examinar a Jesús a ver si se sabe los mandamientos, porque lo que le preguntan era algo que todo judío conocía muy bien y repetía muchas veces al día como una oración. Con esas palabras del Deuteronomio y del Levítico les responde Jesús.
Pero creo que a nosotros nos viene bien porque nos ayudará a que reflexionemos y sepamos encontrar lo que verdaderamente es fundamental, pero no solo como palabras aprendidas de memoria, sino encontrando la forma de plasmarlo plenamente en nuestra vida. La pregunta hoy de los fariseos por el mandamiento principal y con la respuesta de Jesús del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos nos hace centrarnos de verdad en lo que viene a significar ese amor a Dios y en lo que se ha de traducir en nuestra vida cristiana.
Ser cristiano es vivir el amor que Dios nos ha regalado en la vida, las actitudes y valores, el camino nuevo que Jesús ha recorrido. Partimos de ahí, de ese amor que Dios nos ha regalado y con el que nosotros hemos de amar también. Y es que me atrevería a decir que el amor de Dios nos llena de humanidad. El amor de Dios,  y es el amor que El nos tiene y el amor con que nosotros hemos de responder, nos tiene que hacer más humanos, porque va a mejorar nuestra manera de vivir, nuestras actitudes, nuestra relación con los demás.  Cómo ha de ser ese amor en lo que podríamos llamar su doble dimensión, pero que podríamos decir que es única, lo aprendemos de Jesús.
Sería un error pensar que el amor de Dios nos espiritualiza tanto que nos hace olvidar a los demás. De ninguna manera podemos pensar eso, cuando además al preguntarle a Jesús por el primer mandamiento responde hablándonos del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, y a continuación sigue diciéndonos que el segundo es semejante y el segundo es amar al prójimo como a uno mismo. No se puede separar uno del otro porque no podría haber amor verdadero a Dios.
El amor que Jesús nos está enseñando, podríamos decir, que entraña una experiencia nueva. Alguien ha escrito que ‘Amar tiene que ver con poner la vida al lado de Jesús, centrarla en él para ser, vivir y pensar la vida, en los demás y las cosas como él las ve y las piensa. Amar es sentir el amor de Dios y el amor por los hombres, viviendo en continuo agradecimiento por la vida, por lo bueno, lo grande y bello que nos rodea; es ponernos al lado del defensor de la vida y la dignidad de sus hijos (nuestros hermanos); es tener y optar por una actitud, aprendida de Jesús, de sensibilidad por el dolor y sufrimiento que causamos, una actitud de ponernos al servicio de la humanización de nuestro entorno; es regirnos por mirar lo que es más humano y no por las ganancias; es aparcar nuestras actitudes intolerantes ante los demás’.
El amor que recibimos de Dios se hace amor a los demás. El amor de Dios mismo, sus mismos sentimientos se reflejan en nosotros. Como fue la vida de Jesús. Por eso nos ponemos a su lado para aprender a amar con un amor como el suyo, para aprender a amar con su mismo amor. Manifiesta su misericordia y su compasión, por eso acoge a los débiles, a los pecadores, está al lado de los que sufren, hace suyo el sufrimiento de los demás. Lo fue toda su vida; lo vemos de una forma sublime en la cruz, donde está cargando con todos nuestros sufrimientos y dolores, con todas nuestras angustias y vacíos. Y eso lo hace el amor. Por eso decíamos antes que es como una única dimensión.
Y esto es muy serio y muy comprometido, porque no son sentimientos pasajeros, compasión de un día. Es envolver toda nuestra vida en ese amor de Dios que se va a traducir, como ya hemos dicho, en un sentido de vida distinto, en unas actitudes profundas que nos van a llenar de una inquietud desde lo más hondo de nosotros de manera que ya no podemos ser insensibles ante lo que le pase a los demás. Vamos a sufrir en nuestra carne lo que son los sufrimientos de aquellos a los que amamos, los sufrimientos de todos nuestros hermanos. Decimos ponernos en su lugar, pero con un amor como el de Jesús todavía es mucho más. No pasaba Jesús al lado de los que sufrían simplemente diciendo palabras bonitas, sino que su presencia daba vida, llenaba de vida, transformaba la vida de cuantos se acercaban a El. Para eso terminó dando su vida.
Y ahora todo eso lo tenemos que ir manifestando en el día a día de nuestra vida, allí donde estamos, con las personas con las que convivimos todos los días pero también con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir caminando con zombis que no vemos, no oímos, no nos queremos enterar de lo que pasa a nuestro lado, lo que está pasando quizá delante de los ojos.
Caminamos insensibles, quizá absortos en nuestros pensamientos, y ahí a nuestro lado en la acera de la calle hay alguien que sufre y no somos capaces de mirarle a los ojos, quizá para que no nos haga daño su mirada, para que no despierte nuestra sensibilidad. Esa no era la manera de caminar de Jesús porque fue capaz de darse cuenta de aquel inválido que estaba allá en un rincón sin que nadie hiciera por él, o por el ciego que estaba a la vera del camino o en la calle de Jerusalén pidiendo limosna.
Así tendría que dolernos en el alma esa familia que está ahí cercana a nuestra casa y lo está pasando mal y quizá no puede alimentar debidamente a sus niños; o dolernos aquel enfermo o aquel anciano que está solo y que nadie escucha; o ese inmigrante que con un cartelito está tratando de llamar nuestra atención y nosotros quizá queremos pasar de largo, tratando de justificarnos con nuestras sospechas y desconfianzas. Tenemos que confesar que muchas veces nos hacemos insensibles y no queremos complicarnos la vida, pero decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas. ¿Es de verdad que lo amamos y podemos tener actitudes o posturas así?
Amamos a Dios y tenemos que amarlo de verdad sobre todas las cosas, pero ese amor nos humaniza, nos tiene que hacer surgir actitudes nuevas hacia los demás, nos hace tener una mirada distinta, nos hace caminar de una manera solidaria sintiendo como propio lo de los demás. Algunas veces nos cuesta; quizá querríamos en ocasiones refugiarnos en un mero cumplimiento; pero nos damos cuenta de que cuando amamos a Dios aprendemos a amar con el amor de Dios, nos hemos puesto al lado de Jesús y estamos queriendo amar con su mismo amor.
El Espíritu de Dios que es espíritu de amor está con nosotros, se ha derramado en nuestros corazones. Dejémonos conducir por El.


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