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lunes, 10 de marzo de 2014

Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón de amor para ver a Dios y heredar su Reino



Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón de amor para ver a Dios y heredar su Reino

Lev. 19, 1-2.11-18; Sal. 18; Mt. 25, 31-46
Una forma de manifestar nuestra condición de creyente es el deseo de unirnos a Dios para, viviendo su misma vida, hacernos una cosa con El. Creer en Dios no es meramente aceptar su existencia, sino que creyendo en El sentimos esos deseos de unirnos a El. Es la profundidad a la que llegan los místicos en su unión con Dios, en las que Dios mismo, una vez purificados, se les manifiesta de manera especial para hacerles sentir y disfrutar de su presencia.
Queremos ver a Dios; es un deseo que todos llevamos dentro desde nuestra fe en El. Queremos ver a Dios y sentir su presencia junto a nosotros para disfrutar también de su gracia y de su amor.  Es el deseo que sentimos en ocasiones cuando leemos el evangelio de haber podido estar allí donde acaecían aquellas cosas que nos cuenta el evangelio.  Algunas veces soñamos cómo podríamos alcanzar esa visión de Dios, pero hay algo maravilloso en nuestra fe cristiana y es que sí podemos ver y sentir su presencia, porque El de muchas maneras nos la hace sentir. Es la presencia de Dios que podemos sentir y vivir en la celebración de los sacramentos, porque sabemos bien que ahí está Dios, ahí se nos manifiesta y ahí podemos descubrirle y vivirle cuando de su gracia llenamos nuestra vida con los sacramentos. 
Pero Jesús ha querido hacerse presente para nosotros no solo en los que llamamos los siete sacramentos,  sino que hay otra presencia en cierto modo también sacramental que es la presencia de Cristo, la presencia de Dios que podemos ver y experimentar también en los hermanos. Es de lo que nos habla hoy en el Evangelio. ‘Os aseguro,  nos dice, que cuanto hicisteis con uno de estos humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’. Luego ahí, en el  hermano, en el pobre, en el hambriento o en el sediento, en el que está enfermo o abandonado, en el que está en la cárcel o en el que aparece junto a nosotros, venga de donde venga, ahí tenemos que estar viendo a Cristo.
Queremos ver a Dios, decíamos, gozar de su presencia; pues tendríamos que decir que lo tenemos fácil, porque en el hermano hemos de saber descubrir a Cristo por la fe. Lo tenemos fácil, pero bien sabemos que se nos hace difícil; tenemos que abrir los ojos de la fe y haber llenado el alma de verdad del amor de Cristo y eso no siempre lo conseguimos.
En este camino cuaresmal que estamos haciendo éste quizá tendría que ser una de las cosas que nos propongamos; a eso nos está invitando la Palabra de Dios que se nos proclama, este evangelio que hoy hemos escuchado. ¿No nos gustaría cuando llegue ese momento final de la historia que Cristo nos dijera a nosotros también lo que hoy hemos escuchado en el evangelio? ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’.
Ya sabemos lo que tenemos que hacer. Jesús nos lo dice claramente. ‘Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y fuisteis ya verme’. Ahí tenemos el programa. Ahí tenemos el medio de encontrarnos con el Señor y poder vivir y disfrutar de su presencia.
Eso tenemos que aprender a traducirlo a hechos muy concretos de nuestra vida. No será necesario hacer grandes cosas, sino en esos pequeños detalles que podemos tener cada día con los que están a nuestro lado estaríamos cumpliendo esta bienaventuranza de Jesús. Podemos partir el pan para dar de comer  al hambriento, pero son muchas las cosas que podemos compartir en cada momento con el que está a nuestro lado. Esos detalles de comprensión, de respeto, de valoración de toda persona; esos detalles en los que nos manifestamos con total sinceridad alejando de nosotros toda falsedad e hipocresía; esa palabra de ánimo y de consuelo, esa sonrisa que podemos provocar en el alma del que tiene el corazón amargado o atormentado por muchas cosas.
Muchas oportunidades tenemos de realizar lo que Jesús nos está pidiendo  hoy en el evangelio y de tener el gozo en el alma de, a través de ese amor con que nos relacionamos con los que están a nuestro lado, sentir y vivir la presencia del Señor. Podemos ver a Dios, podemos sentir la presencia de Cristo a nuestro lado. Abramos los ojos de la fe y llenemos nuestro corazón del amor de Dios.

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